Un siglo y medio después de la muerte del poeta y del pintor aún existen lagunas documentales y episodios donde la leyenda y el mito se mezclan con la realidad histórica. El manuscrito de las Rimas, la autoría del álbum satírico Los Borbones en pelota o el truncado lugar de la tumba de Gustavo Adolfo siguen siendo misterios biográficos aún no resueltos.
Fue un día de herrumbre, lluvia y penumbras. Según el calendario, el día que los hermanos Bécquer regresaron a Sevilla era jueves. Los féretros venían cargados de poesía y silencio después de varias décadas de reposo en el cementerio de la Sacramental de San Lorenzo en Madrid donde hasta entonces se encontraban los restos del poeta y del pintor. La noticia se anunciaba en la prensa de la época enmarcada como si fuera una esquela, con el aire de mausoleo, mármoles sucios y flores corrompidas. En ella se podía leer que la inhumación en el Panteón de los Sevillanos Ilustres tendría lugar a las tres de la tarde. Era un día de luto, pero feliz para los que habían luchado para que los Bécquer volvieran a su ciudad natal como los hermanos Serafín y Joaquín Álvarez Quintero, José Gestoso y otros intelectuales sevillanos.
Con nuestra herramienta de Google Time nos asomamos justo a ese momento. Son las tres de la tarde del jueves 10 de abril de 1913. Sin embargo, a esa hora solo reina el silencio en el panteón que tendría que haber acogido los restos de los Bécquer. Con un receptor de infrasonidos acaso podríamos registrar susurros, pasos, conversaciones de ultratumba. Quizás es el último vestigio de los que allí reposan, otros hijos ilustres de la ciudad como Arias Montano, Rodrigo Caro, Alberto Lista, Félix José Reinoso, Cecilia Böhl de Faber o Amador de los Ríos.
"Allá adentro todo era ya indiferencia y olvido", escribirá años más tarde otro poeta sevillano refiriéndose a esa cripta que se encuentra bajo la Iglesia de la Anunciación, entonces capilla de la vieja Universidad. Luis Cernuda, el poeta de la estirpe de Bécquer, será quien escribirá sobre ese silencio frío y viscoso al descubrir cómo contrastaba la muerte con la felicidad de las voces jóvenes de los estudiantes arriba, en el patio soleado donde seguía sucediendo la vida.
Pero regresemos a ese 10 de abril de 1913. Es extraño este silencio cuando aquí tendría que escucharse el murmullo de los asistentes al entierro de Gustavo Adolfo y Valeriano Bécquer. Vemos además que sus tumbas están vacías. ¿Qué ocurrió realmente para que exista este hueco, esta nada de cementerio? Si consultáramos las características meteorológicas de ese día, veríamos que cayó una gran tormenta sobre Sevilla. De hecho, encontramos la respuesta a este silencio: la lluvia impidió que tuviera lugar la ceremonia fúnebre. Los restos habían llegado a la estación de Córdoba a las diez menos veinte de la mañana, pero la intensa lluvia obligó a que los féretros —en un catafalco rococó— se trasladaran a la capilla de la Universidad. Los Bécquer tuvieron que pasar la noche en la cercana capilla de las Siete Palabras de la iglesia de San Vicente, muy cerca del barrio de San Lorenzo donde habían nacido. Hasta la mañana siguiente del 11 de abril no pudieron ser trasladados.
Gustavo Adolfo Bécquer en su lecho de muerte, por Vicente Palmaroli.
Habría que imaginar esa noche velando los restos de los hermanos Bécquer en la iglesia de San Vicente. El escenario sugiere una atmósfera de leyenda escrita por Gustavo Adolfo y dibujada por Valeriano. ¿Quién sabe si sus espectros pasearían una última vez por su barrio? ¿Qué sentirían al reencontrarse con la torre color canela de la plaza de San Lorenzo? Decía Gustavo Adolfo que cuando era pequeño y apagaban la luz del cuarto en las noches de luna, su hermano Valeriano dibujaba aquella claridad dudosa.
El poeta niño descubrió en la biblioteca familiar los cuentos de Hoffmann. Por eso se asustaba al ver la sombra oscura de la torre de San Lorenzo cuando sonaban las dos de la madrugada, "la hora misteriosa de fantasmas y hechiceras, de espectros y quimeras que nos inspiran terror". Esta plaza de San Lorenzo de 1913 sigue siendo muy similar a la de la infancia de los Bécquer. También la recorre una densa niebla, niebla de poema germánico, como la que poblaba muchos de sus versos.
Esa niebla de poema romántico se cuela por la ventana de la que fue la casa de los Bécquer. Primero en la calle Conde de Barajas y luego en otros lugares que habitaron en ese mismo barrio de San Lorenzo. En un viejo escritorio encontraron el Libro de cuentas del padre José Domínguez Bécquer —muerto cuando eran unos niños— y que rescató el escritor Rafael Montesinos gracias a un compañero de su tertulia, el bibliófilo Antonio Rodríguez Moñino, su último propietario.
MADRID, 1860. Pero saltemos en el tiempo para viajar por otro álbum en el que está retratada la memoria de los Bécquer. Nuestra herramienta virtual de Google Time nos lleva ahora a Madrid, en algún día de 1860. Estamos en la calle de la Justa, donde se encontraba la casa del músico Joaquín Espín, padre de Julia, la joven a la que la tradición romántica convierte en amor platónico de Gustavo Adolfo y musa de las Rimas.
Superponiendo mapas cronológicos descubrimos que la casa de los Espín —en el segundo piso de los números 21 y 23 de la antigua calle de la Justa— estaría en el número 5 de la actual calle de los Libreros. Allí debió de estar el supuesto balcón de las golondrinas, aunque es probable que ese espacio no inspirara realmente al poeta al ver allí asomada a su amada Julia Espín sino que sea fruto de la imaginación literaria de Gustavo Adolfo. ¿Por qué buscar lugares reales reconocibles cuando se trata de poesía?
Dejemos que vuelen las golondrinas y que se posen en los balcones que quieran. Es probable que sea primavera dentro de esta imagen que observamos en nuestro Google Time. Julia Espín está riendo al ver los dibujos que realiza Gustavo Adolfo. Su hermano Valeriano también sonríe al ver las bizarrerías que pinta el poeta: esqueletos ridículos que bailan como en una danza de la muerte medieval y juegan con calaveras convertidas en pelotas. Veamos con detalle este álbum ilustrado que responde a la moda decimonónica que seguían las damas que celebraban veladas culturales en sus casas. Este álbum, aunque en realidad son dos, se puede consultar en línea en la Biblioteca Nacional. El primero está encuaderno en piel roja y el segundo en cuero negro con adornos dorados. En este último cliqueamos en el repositorio de esta gran biblioteca virtual y llegamos a la página ochenta donde aparecen dibujos con el título Les morts pour rire. Bizarreries dediées à mademoiselle Julie por G. A. Becker. Gustavo Adolfo acaba de dibujar una escena del Día de Difuntos en la que un caballero visita el cementerio y al llegar a un nicho toca con los nudillos como si llamara a una puerta. La lápida se abre y responde un esqueleto: "No recibo". Y el visitante: "Pues hai queda la targeta" (sic).
"Allá adentro todo era ya indiferencia y olvido", escribirá años más tarde el poeta Luis Cernuda refiriéndose a esa cripta que se encuentra bajo la sevillana Iglesia de la Anunciación
Cinco dibujos con esqueletos. Les morts pour rire. Bizarreries dediées à mademoiselle Julie por G. A. Becker.
Estos dibujos de humor negro nos llevan a otro álbum también extravagante y sobre el que aún existe el misterio. Se trata de Los Borbones en pelota, una colección de acuarelas satíricas contra la corte de Isabel II, la reina castiza de la que escribiera Valle-Inclán. Estos dibujos están firmados por SEM, un seudónimo colectivo que escondía a los hermanos Bécquer y a otros personajes como Francisco Ortego. Hay investigadores que dudan de que los Bécquer estuvieran tras esa firma porque las ilustraciones son claramente republicanas, anticlericales y atacaban a González Bravo, el político conservador y protector de los hermanos. Pero este argumento es solo una hipótesis sin apoyo documental. Así que imaginemos —¿por qué no?— que los Bécquer formaron parte de esta divertida y pornográfica sátira antiborbónica. ¿Dibujarían los Bécquer las orgías de la reina castiza con su amante Marfori, sor Patrocinio y el rey Francisco de Asís sodomizado por el padre Claret ante la atenta mirada de González Bravo, jefe del Gobierno? Si no fue cierto, bien merece la pena fantasear con esa transgresión.
LAS RIMAS. Lo cierto es que sobre los hermanos Bécquer aún se ciernen nieblas de poema germánico, veladuras que impiden confirmar buena parte de sus vidas. Un siglo y medio después de sus muertes —Valeriano falleció en octubre de 1870 y Gustavo Adolfo en diciembre del mismo año—, los especialistas intentan desvelar con documentos buena parte de lo que se ha convertido en leyenda o en mito. Por ejemplo, el misterio del manuscrito de las Rimas. La versión más aceptada ha sido que el único manuscrito de los poemas de Gustavo Adolfo desapareció cuando en la revolución de septiembre de 1868 saquearon e incendiaron la casa de González Bravo. El político guardaba la obra en su residencia porque iba a escribir el prólogo. Sin embargo, varios investigadores apuntan otras posibilidades sobre el paradero del manuscrito. Google Time nos plantea varias opciones que podrían servir como posibles ucronías históricas acerca de lo ocurrido con esas páginas perdidas.
En primer lugar, según algunas teorías y crónicas de prensa, parece que no hubo ningún asalto en la casa de González Bravo que se encontraba en la calle Lope de Vega. Por otro lado, otra posibilidad histórica señala que en esos días aparecieron varias cajas propiedad del político en un almacén del barrio de Salamanca donde había encargado unos muebles para decorar su lujosa residencia. ¿Llevó allí González Bravo alguna de sus pertenencias para despistar a posibles saqueadores? ¿Estaría el manuscrito en alguna de las cajas? Esta ucronía pierde posibilidad de realidad histórica cuando descubrimos que la Junta Revolucionaria hizo un detallado inventario de los objetos y que las cajas se devolvieron a la familia del político. Es lógico que si entre los papeles hubieran estado los poemas, habrían aparecido citados en esa catalogación.
Otra posibilidad histórica se esconde en los papeles que se encontraban en el despacho de González Bravo. Como plantea Joan Estruch Tobella en su reciente biografía sobre el poeta, parece verosímil que el político guardara el manuscrito en su despacho del palacio de la presidencia de la calle de Alcalá. Aunque habría que tener en cuenta que además de presidente del Gobierno, González Bravo era ministro de la Gobernación por lo que contaba con otro despacho que se encontraba en la Puerta del Sol. ¿Estaría el manuscrito en un cajón de alguno de los dos despachos?
Añadamos un nuevo camino en esta misteriosa encrucijada histórica. Hay noticia periodística de que el manuscrito de González Bravo no era el único, sino que podría existir un ejemplar en la imprenta que preparaba la edición. También podríamos plantear la posibilidad de que el político se lo llevara a su exilio francés donde, por cierto, murió. Ante nosotros se abren múltiples caminos ucrónicos. Todos ellos están envueltos en una niebla de poema germánico que nos impide confirmar la realidad de lo sucedido. Lo único que sabemos es que Gustavo Adolfo tuvo que reescribir las Rimas de memoria. Pero nos queda la secreta esperanza de que quizás ese manuscrito aparezca algún día gracias a esos múltiples azares.
Retrato de Gustavo Adolfo Bécquer, por Valeriano Domínguez Bécquer.
Después de tanta agitación revolucionaria y misterios de manuscritos perdidos conviene que descansemos en nuestro viaje por la historia de los hermanos Bécquer. Ahora nos encontramos en el monasterio cisterciense de Veruela en Zaragoza, a los pies del Moncayo. Este monasterio desamortizado alquilaba estancias a viajeros que querían aspirar el aire puro. Allí se instalan Gustavo Adolfo, su esposa Casta y su hijo Gregorio, y Valeriano y sus hijos Alfredo y Julia. El sugestivo lugar inspira al poeta Cartas desde mi celda y a Valeriano hasta dos álbumes que titulará Expedición de Veruela y Spanish Sketches. Algunos de esos dibujos se publicaron en El Museo Universal donde descubrimos que se insertan en la corriente de la pintura al aire libre, el au plein air que por entonces iniciaban en Francia los pintores impresionistas.
Echemos un vistazo a la Carta III de Desde mi celda. Ahí leemos un hermoso y nostálgico texto de Gustavo Adolfo que nos devuelve a la Sevilla de su juventud y, en realidad, al inicio de este Google Time. El poeta habla de la orilla del río Guadalquivir, que conduce al convento de San Jerónimo donde de niño paseaba: "Soñaba que la ciudad que me vio nacer se enorgulleciese con mi nombre añadiéndolo al brillante catálogo de sus ilustres hijos, y cuando la muerte pusiese un término a mi existencia, me colocasen, para dormir el sueño de oro de la inmortalidad, a la orilla del Betis, al que yo habría cantado en odas magníficas. (...) Una piedra blanca con una cruz y mi nombre serían todo el monumento".
"Una piedra blanca con una cruz y mi nombre serían todo el monumento…". ¿Dónde está ese lugar? ¿Por qué nadie tuvo en cuenta esa tumba fluvial deseada por el poeta? Existe un grabado de Antonio Cabral Bejarano titulado El sueño del poeta que representa a Bécquer escribiendo odas al Guadalquivir en ese espacio poetizado. E incluso hubo un proyecto para realizar un monumento dedicado a su memoria en ese lugar y que se había encargado al escultor Antonio Susillo.
Al abrir la pestaña virtual "Imágenes" nuestro navegador nos suministra una fotografía actual y descubrimos con sorpresa que ese lugar existe y que fue una iniciativa ciudadana la que impulsó que se creara como símbolo de su memoria en la ribera del Guadalquivir, enfrente del monasterio de San Jerónimo, como él quería. Hoy podemos ver una cruz blanca con el nombre de Bécquer rodeada de rosales. Un lugar sencillo y sincero que contrasta con la verdadera tumba del poeta, en la cripta del Panteón de Sevillanos Ilustres, con su parafernalia colosal de mausoleo histórico.
Gustavo Adolfo no descansa junto al Guadalquivir como deseaba en esa carta. Una enfermedad venérea complicada con un enfriamiento lo condenan a un final propio del Romanticismo que, aunque tardío, él simbolizó. Fue enterrado en el nicho nº 470 del Patio del Cristo, en la Sacramental de San Lorenzo y San José en Madrid. Su hermano se había adelantado en el camino de la muerte un par de meses antes. Hasta 1913 no fueron trasladados sus restos a Sevilla, ese día de intensa lluvia que obligó a que pasaran una noche en la iglesia de San Vicente antes de llegar con pompa fúnebre al Panteón de Sevillanos Ilustres.
Allí en el silencio viscoso y frío del panteón donde descansan, los hermanos Bécquer siguen soñando como sonámbulos, caminando por una memoria de veletas y espadañas, de torres color canela, de esquinas de niebla. La herramienta de ficciones históricas de nuestro Google Time nos abre un inesperado paisaje. Vemos a Valeriano que vuelve a pintar la torre de San Lorenzo casi borrada por una niebla de poema germánico y a Gustavo escribiendo de nuevo: "De que pasé por el mundo ¿quién se acordará?".
El mundo de los hermanos Bécquer ha sido tradicionalmente un campo de minas para muchos investigadores que han caído en los falsos mitos, el abuso de la leyenda y la trampa de los apócrifos. Probablemente el más célebre sea Fernando Iglesias Figueroa, el escritor que engañó a los especialistas haciendo pasar textos suyos como becquerianos. Un ejemplo son las leyendas La fe salva y La voz del silencio, en realidad escritas por Iglesias Figueroa.
El caso más llamativo fue el poema que escribió a su esposa, Elisa Pérez Luque, y que simuló como escrito por Gustavo Adolfo y dedicado a una supuesta Elisa Guillén. Otro gran poeta sevillano que dedicó buena parte de su vida a la obra becqueriana fue Rafael Montesinos. El escritor fue quien desveló en un artículo publicado en 1970 en la revista Ínsula que ese poema era otro truco más del falsario Figueroa. Advertencia para incautos: en internet aún siguen vivas las trampas del impostor Figueroa.
Valeriano Bécquer. Romántico y andariego (1833-1870).
Diputación de Sevilla, 1994.
Bécquer. Vida y época.
Cátedra, Madrid, 2020.
La semana pasada murió Bécquer. Ensayos y esbozos (1970-1991).
Ediciones El Museo Universal, Madrid, 1992.
La construcción del mito de Bécquer. El poeta en su ciudad, Sevilla, 1871-1936.
Ayuntamiento de Sevilla, 2011.
Pintura y literatura en Gustavo Adolfo Bécquer.
Fundación José Manuel Lara, Sevilla, 2006.