Alistado al grupo Mediodía y a la Generación del 27, el escritor firmó una producción breve pero de extraordinaria calidad, fijada entre la tradición barroca andaluza y la vanguardia de raíz onírica. Profundamente religioso, aquerenciado con la ciudad de Sevilla, levantó una obra de temática sagrada y profana capaz de las mayores audacias imaginativas y formales.
Vive aún Juan Sierra?", preguntó Jorge Luis Borges, quien alguna vez imaginó el paraíso como una especie de biblioteca. Había regresado en 1984 el autor de El Aleph a Sevilla, allí donde había revoloteado alrededor de los jóvenes ultraístas y donde había publicado en las páginas de la revista Grecia su primer poema: Himno al mar (1919). "Sierra es el mejor escritor de esta ciudad", añadió para desconcierto de quienes habían acudido a la apertura de unas jornadas sobre literatura fantástica organizadas por la Universidad Internacional Menéndez Pelayo (UIMP). Pocos allí sabían a quién se refería. Y, aún más, casi nadie lo había leído. Ciego como el argentino, el poeta andaluz vivía desde tiempo atrás apartado en su residencia familiar, situada en las casitas blancas del Barrio León, en Triana. "Supongo que voy muy retrasado en mi muerte", reconocería él por aquellas mismas fechas en el verso final de su poema Un corto paseo.
Este episodio —con tintes de leyenda, como la instantánea que tomó en esos días el fotógrafo Juantxu Rodríguez del encuentro de Borges con Gonzalo Torrente Ballester en la terraza del hotel Doña María, a pocos pasos de la Giralda— proporciona un rastro exacto de la cilindrada literaria de Juan Sierra (1901-1989). En él es posible hallar a un poeta hondo y elegante, dueño de una voz que hunde sus raíces en la tradición lírica sevillana y en la vanguardia, porque ésta, cuando él se echó a escribir, colgaba del aire como el farolillo de lo necesario. También explica su progresivo olvido, justificado acaso en una producción editorial realmente breve —cuatro libros de poemas y un buen número de prosas periodísticas que dieron forma al volumen Sevilla en su cielo (1984)— y en una acusada predilección por la discreción y el silencio, junto —hay que decirlo— cierto descuido o negligencia cultural. En buena medida, es uno de esos escritores que en su tiempo siempre llegaron a destiempo.
De Juan Sierra se sabe que tuvo una infancia bien acolchada —hijo de una joven de alta cuna y de un capitán de artillería que llegaría a alcanzar el rango de general de brigada—, que pronto aprobó las oposiciones para auxiliar del Ministerio de Hacienda y que hizo pie en las letras por las amistades que gastaba desde muy joven. "Comencé a escribir porque frecuentaba un mundillo literario, por los amigos que me rodeaban", confesaría él mismo en una entrevista fechada el 4 de noviembre de 1977, cuando apenas quedaban supervivientes entre los miembros del grupo de poetas y prosistas agrupados en torno a la revista sevillana Mediodía. Él siempre llevó a gala esa militancia estética; su pertenencia desde primera hora a uno de los faros de costa de la modernidad en España. "Tomé parte en la fundación de Mediodía el año 1926", reivindicó en varias ocasiones al final de sus días.
MEDIODÍA. El testimonio de Sierra es, en este sentido, de enorme importancia para reconstruir el nacimiento y el devenir de la publicación, altavoz de la joven literatura y espejo de las artes y de las ideas de vanguardia. Animada por el mismo espíritu que la malagueña Litoral, la granadina Gallo, la gaditana Isla y la onubense Papel de Aleluyas, los pliegos de Mediodía eran una réplica de ese mundo inédito que comenzaba a reventar por las costuras y establecía otra forma de vivir, sentir, compartir y entender la cultura.
"El grupo tuvo gran trascendencia, con colaboradores nacionales e internacionales de la más alta calidad. Pero en Sevilla nos llamaban los manicomiables", recordaría el poeta, quien dejaría huella en su testimonio de la discreta acogida de la revista, cuando no directamente del rechazo y la intransigencia de sus paisanos. Nunca disfrutó de largos periodos de continuidad; siempre le acechó la frialdad y la ruina económica.
A Mediodía cabe juzgarla como la aventura colectiva de unos jóvenes literatos —Alejandro Collantes de Terán, Eduardo Llosent, Joaquín Romero Murube, Rafael Porlán, Juan Sierra, Antonio Núñez de Herrera, Rafael Lafón, Manuel Díez-Crespo…— que vivieron en la realidad de la capital periférica y en el simulacro de la pasión liberada.
Juan Sierra, en una fotografía de juventud.
Juan Sierra ataviado con abrigo y sombrero, en una tira fotográfica.
Gastaron, además, una propensión lúdica en medio del grisú ambiental de la dictadura de Primo de Rivera y la monarquía de Alfonso XIII, cuyo derrape más jocoso fueron las llamadas "cenas superrealistas", una mezcla de soirèe vanguardista y velada castiza con flamenco, cafés de recuelo y manzanilla bajo la luz vieja de los quinqués. Ellos eran los nuevos poetas, la tropa de Mediodía. Instalados a distancia de los canales literarios de Madrid y del gabinete de las maravillas de la Residencia de Estudiantes. Fuera de foco y fuera de sitio. Pero atentos. Festivos y alejados. Alerta y despiertos.
"De esta revista alguien ha dicho que vivió en Sevilla como en una concha: embriagada de su ambiente, lejos, muy lejos de la luz de afuera y apartada, con gesto sevillano, vital y enigmático, del mundo extraño. Nada más inexacto. El movimiento que supuso en nuestra patria la revista Mediodía fue más allá de una interpretación de nuestra ciudad limpia y ordenada; más lejos de lo que se entiende por un puro sevillanismo netamente discernido y, si bien se propuso en primer término airear la consciencia que muy pocos tenían de las gracias y valores esenciales de la ciudad, este propósito derivó en un alcance mucho más amplio y profundo en relación con la literatura de aquella época en España. Sin proponérselo, pues, influyó de manera decisiva, no sólo como movimiento purificador de lo sevillano, sino como antena receptora del eco universal de Sevilla", anotó Juan Sierra en el artículo La fundación de Mediodía.
Pero, además, la publicación —que vivió tres épocas, de 1926 a 1929, en 1933 y en 1939, con un total de diecinueve números— tuvo su tiempo de cocción previo en un ambiente creativo de alta intensidad, donde coincidieron escritores, artistas y pensadores para alentar lo nuevo. Es muy revelador al respecto el testimonio de Romero Murube en el prólogo a la edición homenaje de las poesías de Collantes de Terán, administrador e impulsor de la revista, quien falleció prematuramente a causa de una enfermedad renal. Allí, el autor de Sombra apasionada destaca "el clima universitario sevillano" y cita de forma expresa la labor realizada en las aulas por Ramón Carande, Francisco Murillo Herrera, Jorge Guillén y Pedro Salinas, de quien afirma que, "más que obeso y aún casi adolescente, entre rubores y primores, reducía a tres clases magistrales y deliciosas, todo el farragoso programa acostumbrado de la Historia de la Literatura Española".
Y añade: "Por aquellas fechas disertaban en la cátedra del Ateneo, don José Ortega y Gasset y don Eugenio d'Ors. Falla dirigía los ensayos del Amor brujo, Bacarisas pintaba para la Ópera de Estocolmo, y cuando pasaba Juan Ramón Jiménez por Sevilla, vestido de negro, lento y destocado por las aceras del sol de agosto, los que le reconocíamos, le seguíamos llenos de admiración y temor, sin atrevernos a abordarlo". Aquel derrape generacional que abanderaba en la capital andaluza la revista Mediodía tuvo su coronación en 1927 con la presencia de los "jóvenes literatos de vanguardia" en la apertura del curso de literatura del Ateneo, donde se hicieron tres instantáneas casi idénticas —la de los fotógrafos Serrano y Dubois, y otra más anónima, de la que Pepín Bello se atribuyó, acaso con razón, la autoría— para abrochar uno de los episodios culturales más brillantes de la historia reciente de España: la Generación del 27.
ESTRENO EN EL VERSO. Es, precisamente, en este caldero donde Juan Sierra empieza a publicar. En el número ocho de Mediodía, de agosto y septiembre de 1927, ve la luz su primer poema, Romances, que incluye en su tercer libro, Claridad sin fecha (1947), con el título Despertar: "Un vendavalito blanco/ se asoma por mi ventana...". Tenía entonces 26 años y él venía a estrenarse para el verso con la cabeza llena de vientos.
Gastaron una propensión lúdica en medio del grisú de la dictadura de Primo de Rivera y la monarquía de Alfonso XIII, cuyo derrape más jocoso fueron las llamadas "cenas superrealistas"
Divertida fotografía burlesca del grupo Mediodía, con Juan Sierra (tercero, der.) llevando una servilleta en la cabeza.
"So pretexto de cantar a la Virgen de los Evangelios, tal vez sin darse cuenta o puede que muy consciente de ello, canta aquí a la mujer con encendido arrebato", anotó la crítica mexicana
Aún posaba como poeta sin libro, pero era un ciudadano de nervios modernos, con una inteligencia sin cortinas, de sensibilidad despierta. Casi un vanguardista que aún daba forma a su vanguardia. Así, en el número once, de mayo de 1928, saca cuatro sonetos, dos clásicos —Reclamo de otoño y Carmen Vargas, recogidos también en Claridad sin fecha— y dos rupturistas, Soneto y Conductora de auto. Ya en marzo de 1933, en el número 15, da a conocer tres poemas de aire surrealista: Como siempre, Isla de Panay y Tenía que ser una deformación.
Alrededor de esos años emergió un poeta que ardía en todas las direcciones. Publicó en Papel de Aleluyas. Y en Verso y prosa. Y en Isla. También en Nueva poesía y en Hojas de poesía. En todas ellas manifestó una sed de algo nuevo. Un ansia de novedad no a la manera de lo que ocurría en los centros de poder del primer tercio del siglo XX, sino al modo propio de una Sevilla que estaba revelándose como un epicentro de cosas por hacer.
Subido a esta ola, no tardó en dar a la imprenta su primer libro de poemas, María Santísima (1934). "Comencé a escribirlo mientras velaba a un hermano enfermo, en las noches interminables. En el tono del libro me influyó un poco el Viacrucis de Gerardo Diego", confesaría Sierra, si bien hay diferencias notables: donde el santanderino pone gravedad y trascendencia, el andaluz apuesta por la mirada popular y festiva en las décimas dedicadas a las distintas advocaciones de la Virgen.
"Juan Sierra, so pretexto de cantar a la Virgen de los Evangelios, tal vez sin darse cuenta o puede que muy consciente de ello, canta aquí a la mujer con encendido arrebato", anotó la crítica mexicana ya en 1970, con motivo de la salida de la tercera edición de María Santísima en la colección El Candil. El volumen, confeccionado lujosamente en México D.F., iba acompañado por cinco ilustraciones: la Soledad de Oaxaca, la Virgen del Rosario de Puebla, la Virgen del Refugio de Pontevedra, la Virgen del Rocío, en Almonte, y la de Guadalupe. Estos grabados iban firmados por Elvira Gascón, artista española en el exilio a causa de su compromiso con la República y su labor en la Junta de Incautación, Protección y Salvamento del Tesoro Artístico, junto a su marido, Roberto Fernández Balbuena, subdirector del Museo del Prado desde 1938, coincidiendo allí con el mandato (simbólico) de Pablo Picasso.
Con respecto a la primera aparición de María Santísima, en 1934, las décimas de Sierra solo recibieron indiferencia e incomprensión. "Recuerdo que llevé el libro al Palacio Arzobispal para pasarlo por censura. Cuando volví al tiempo que me habían fijado, me respondieron que allí no entendían aquello", recordaría el poeta.
Como dato revelador, la primera mención del libro en los periódicos asomó casi cinco años después de su salida, el 6 de octubre de 1939. Pero, por entonces, habían cambiado los tiempos. Y también el voltaje de los poemas. Porque, entre una fecha y otra, pasó la Guerra Civil para deflagrar la galaxia vitalísima de los poetas, de los artistas, de los creadores, de casi todo lo que se generó con una espontaneidad de ánimo constructivo. Franco y su soldadesca iban arrasando España abanicando fascismo y los chicos de Mediodía se fueron instalando —con más o menos fervor, según el caso— al lado de los sublevados.
Justo en ese carril aún indefinido que acabaría cuajando con los años en un franquismo de obispo, picatoste, imperio y Escorial, los poetas de Mediodía definieron un estilo, ejercieron cierta camaradería intelectual y apostaron por una definida imagen pública, convencidos de ser una almena literaria en la muralla de la nueva España. Afilan su conservadurismo político, apuestan por el tradicionalismo religioso y revitalizan el idealismo y la divagación, género que haría fortuna en Sevilla. Así, Sierra participó en la Corona de sonetos a José Antonio Primo de Rivera (Ediciones Jerarquía, 1939), instaló firma en la revista Vértice y en el periódico F.E., el órgano de prensa de Falange Española en Sevilla, y lanzó su nuevo libro, Palma y cáliz de Sevilla (1944).
Caricatura de Juan Sierra, firmada por Alejandro Collantes de Terán.
Cargado de atrevimientos formales, esta segunda entrega poética vino a atornillar esa visión de la Semana Santa de Sevilla más ortodoxa y espiritual elaborada a raíz de la Guerra Civil.
En un movimiento poco habitual en él, tras Palma y Cáliz de Sevilla, le tocó turno a Claridad sin fecha (1947), "mi libro profano", según la definición acuñada por el poeta, quien asestaba así a toda su producción una clasificación crítica en dos tiempos: el religioso y el pagano. La libertad de escritura que ejerció Juan Sierra está aquí en el instante preciso. Mecida de referencias, pero proponiendo a lo lejos una voz personal que hallaba su contrapunto en una búsqueda sin fondo, a la vez que concretaba el interés y el encanto de una época. Se lee en el poema Bombardeo de poblaciones abiertas (Sevilla, 1937): "El silencio ha vuelto del cloroformo / Una soledad de geranios fracasados ya tomó nota de la venganza / La Cruz Roja vuela entre teléfonos y calles desiertas / La sirena final anuncia que el día ya ha envejecido / Y nosotros por esta vez hemos tenido suerte". Por ese mismo precipicio irracionalista, cosido a un onirismo que no tenía por qué ser estrictamente surrealista, se iba haciendo el poeta sorpresivo y el hombre lírico de una manera misteriosa.
A la salida de Claridad sin fecha, la biografía y la escritura de Juan Sierra se fueron curvando poco a poco. Empujado quizás por el desengaño y la autoexigencia ("Mi obra tiene, a mi parecer, algunos aciertos, pocos. En general, padece defectos. Quiero decir que la mayor parte de mis producciones no están cumplidamente conseguidas"), optó por adentrarse en un largo silencio editorial que acabaría por hacer de él uno de los poetas principales menos conocidos. Alguien muy bien acondicionado para propiciar asombro con las palabras, para lanzarlas más lejos que la vida, pero con una obra breve y difuminada, inagotable también, lejos de esa otra de oferta que la moda aúpa y tira después al suelo. "Sinceramente, creo que mi obra poética no es ni será enteramente agradable sino a pocas personas", llegaría a confesar en 1968, cuando prácticamente tenía culminados sus dos últimos libros —las poesías de Álamo y cedro y las prosas de Sevilla en su cielo—, que no verían la luz hasta la década de los ochenta.
En los últimos años a Juan Sierra se le fueron gastando con rapidez la salud y la vista, aunque intentaba mantener el ánimo en alto. Leía ya muy poco. Vivió entre los jóvenes que lo buscaban y acudiendo en soledad al largo recuerdo de sus amigos muertos. En ese exacto centro de dos mundos, el del hombre renacido para los que vienen y el de la tristeza de ser superviviente de los que se fueron, Juan Sierra fue haciendo camino, atento a los nuevos valores literarios que pasaban por su casa en busca de consejo. Y escribía. Despacio, con su pulso de moderno en otras prisas, iba escribiendo. "Debo darle gracias a Dios porque de vez en cuando puedo escribir algún poema", diría en una de las últimas entrevistas que concedió. Porque el poeta vivía ya del recuerdo de lo vivido. De lo amado. De lo perdido. De lo rozado.
Entonces su escritura se volvió más serena y despojada. Más sugerente que militante. Más de memoria que de acción. Pero con un repunte de consciencia del tiempo y de la pasión recordada, que fue su forma de combatir el final de todo. "Cuando todo esto desaparezca / cuando todo termine / envíame señor ese ángel infantil que sostenga mi mano / esa mirada tranquila que compadezca mi firmeza", se lee los versos finales del poema La vejez, incluido entre la artillería lírica de Álamo y cedro (1982). Juan Sierra González falleció el 11 de septiembre de 1989. Tenía 87 años. Era el último en pie del grupo Mediodía, fundado en la década de los veinte, y una de las balizas de la modernidad poética española en un tiempo brevemente moderno (y poético).
Vida y obra de Juan Sierra.
Tesis doctoral inédita, Universidad de Sevilla, 1983.
La Revista Mediodía de Sevilla.
Universidad de Sevilla, 1980.
Revistas literarias españolas del siglo XX.
Ollero y Ramos Editores, Madrid, 2006.
Poesía y prosa (Obra completa)
Edición de José María Rondón. El Paseo-Centro de Iniciativas Culturales de la Universidad de Sevilla, Cicus, Sevilla, 2019.