Desde el primer tercio del siglo XIX se fue haciendo progresivamente visible un movimiento hacia el andalucismo poético, complementario de la forja identitaria regional y con viva expresión en distintos medios periodísticos y académicos. No llegaría a cuajar en la medida y orientación de la Renaixença catalana de Joan Maragall, Víctor Balaguer o Jacinto Verdaguer, o del gallego de Manuel Murguía y Eduardo Pondal, exponentes conocidos de las conformaciones identitarias regionalistas decimonónicas. Carecía de apoyo en el nutriente diferencial que sirvió en el caso de otros dominios peninsulares pues, en contraste con ellos, no disponía de una lengua distintiva, asiento del pueblo y la nación según las teorías de Herder entonces generalmente admitidas. Estas circunstancias hacen especialmente interesante el estudio de los argumentos que se esgrimieron para marcar su condición diferencial, y también el de cómo se planteó su relación con la tradición literaria española.
Para dicho análisis contamos con el espléndido material que proporciona la prensa andaluza del periodo. El Correo literario y económico de Sevilla fue la primera cabecera en difundir a comienzos de la centuria (1806) la concepción de una escuela poética particular, titulada «italo-hispana o sevillana» por el ursaonense Manuel María de Arjona, que la presentaba como continuación y asimilación española de la «primera escuela italo-hispana» de Boscán y Garcilaso; si esta primera se limitó a las «copias de los italianos [...] muy imperfectas y demasiado serviles», la segunda, fundada por el sevillano Fernando de Herrera, valía según Arjona «más que todos sus originales», estuvo nutrida de sus discípulos de la escuela sevillana y constituyó «el mejor tesoro del lenguaje poético español». Esta secuenciación periodológica de la historia de la poesía española, expuesta algunos años antes en la Academia Particular de Letras Humanas y discutida en aquel entorno letrado con Justino Matute y Gaviria, Félix José Reinoso y Alberto Lista, concedía al grupo de poetas renacentistas sevillanos el distinguido papel de haber cimentado el verdadero lenguaje poético de la nación española, lenguaje del que había sido precursor el también andaluz Juan de Mena en el siglo XV. Manuel José Quintana había apuntado ya el papel de este poeta cordobés en el famoso prólogo a las Poesías selectas castellanas desde el tiempo de Juan de Mena hasta nuestros días (1807), donde lo postuló como el precedente del dialecto poético hispánico e iniciador de la lírica española.
Aquella meritoria posición sería confirmada en diferentes artículos del sevillano Alberto Lista, entre los que destaca Del lenguaje poético; en él también afirmaba que todavía en la actualidad «nuestro lenguaje poético está reducido al que nos legó Herrera», sobre lo que insistió en otro artículo titulado De la moderna escuela sevillana de literatura (1838), para remarcar el papel de los poetas andaluces en la historia literaria española y reivindicar su «distinción». Esta había consistido en un particular «carácter poético de los andaluces, heredado de los árabes, más propio para sentir y para expresar sus propias ideas y pasiones».
¿Cómo podía una región sin lengua propia reclamar para sí una identidad literaria distintiva? En la Andalucía del siglo XIX, el novedoso fenómeno de la prensa periódica hizo suya la respuesta y, a través de biografías de poetas, sonetos rescatados de archivos, retratos de hombres ilustres, proyectos de monumentos y homenajes, llegó a defender para la historia andaluza el origen más noble de la poesía española. Cabeceras de Sevilla, Cádiz, Granada y Málaga tejieron en torno a la escuela sevillana y sus clásicos del Siglo de Oro una genealogía que, de Juan de Mena a Bécquer, presentaba lo andaluz como cuna y expresión más genuina de la lírica nacional.
Vista de Sevilla, por Antonio Bravo. Fuente: La Floresta Andaluza, 1844.
Primer número de El Cisne, 3 de junio de 1838: “A nuestros suscriptores”. Fuente: Fondo Antiguo, Universidad de Sevilla.