Columnas

Un siglo de ingeniería. El plan Moliní

La colosal obra que modernizó la navegación en el Guadalquivir

A principios del siglo XX, Sevilla enfrentaba un dilema vital: domar las imprevisibles aguas del Guadalquivir o condenar su histórico puerto al declive ante la feroz competencia internacional. La respuesta surgió del ingeniero Luis Moliní, un visionario que comprendió que las pequeñas reformas ya no servían para sostener el crecimiento de la ciudad. En la primavera de 1926, tras más de dos décadas de titánicos esfuerzos e inversiones, se inauguraron tres obras colosales: la corta de Tablada, nuevos muelles y el asombroso puente de Alfonso XIII, pionero en España por ser levadizo. Descubra cómo este ambicioso plan logró vencer a la naturaleza y redefinió por completo el futuro portuario de Sevilla.

Marcos Pacheco Morales-Padrón
Historiador

Fue en este contexto donde surgió la figura de Luis Moliní. Ingeniero de formación y director de la Junta de Obras de la Ría del Guadalquivir y Puerto de Sevilla desde finales del siglo XIX, Moliní no solo fue un técnico, sino también un observador atento de los cambios que estaban transformando el comercio y las infraestructuras en Europa. Conocía bien las limitaciones de los muelles hispalenses, pero también sus posibilidades. Y, sobre todo, tenía claro que el tiempo de las soluciones parciales había pasado.

Hasta entonces, las mejoras en el estuario y su puerto se habían abordado de forma fragmentaria: dragados puntuales, pequeñas obras de encauzamiento o ampliaciones limitadas de las infraestructuras. Eran intervenciones necesarias, pero insuficientes. El problema de fondo seguía sin resolverse. El río continuaba siendo difícil de navegar y las instalaciones portuarias seguían sin responder a las nuevas exigencias del tráfico marítimo.

Moliní planteó una idea distinta: actuar de manera global. Su proyecto, redactado en 1902 y aprobado al año siguiente, proponía una transformación integral que afectaba tanto al cauce del Guadalquivir, como a la propia configuración del puerto. No se trataba solo de mejorar lo existente, sino de crear un sistema nuevo, pensado desde el principio para el futuro. El plan era ambicioso en todos los sentidos. Incluía obras en la ría, en la desembocadura y en el entorno inmediato de la ciudad. Pero, sobre todo, articulaba una estrategia coherente: mejorar la navegabilidad del río, reducir las dificultades del trazado y, al mismo tiempo, dotar a Sevilla de unas instalaciones portuarias capaces de competir con las de cualquier otro puerto moderno.

Entre las actuaciones previstas figuraban dragados para aumentar la profundidad del canal navegable en el abra o broa de Sanlúcar, obras de encauzamiento para estabilizar las márgenes y la adquisición de maquinaria especializada que permitiera mantener de forma constante esas condiciones. Sin embargo, el núcleo del proyecto residía en tres grandes intervenciones que estaban estrechamente relacionadas entre sí: la apertura de un nuevo canal —la futura corta de Tablada—, la construcción de nuevos muelles en sus márgenes y la ejecución de un puente que garantizara la continuidad de las comunicaciones terrestres. Además, el proyecto incorporaba una dimensión que iba más allá de lo estrictamente portuario. La apertura del nuevo canal se vinculaba también a la defensa de la ciudad frente a las inundaciones; una cuestión que preocupaba especialmente a las autoridades y a la población. De este modo, la obra no solo respondía a intereses económicos, sino también a necesidades urbanas y de seguridad.

No faltaron, sin embargo, las resistencias. Como suele ocurrir con los grandes proyectos, el plan Moliní generó críticas y recelos. Algunos lo consideraban excesivo, costoso o incluso innecesario. Otros temían las consecuencias de las expropiaciones o dudaban de que el puerto pudiera alcanzar el nivel de actividad que justificara semejante inversión. El propio Moliní tuvo que defender su propuesta frente a quienes, en nombre de la prudencia, preferían mantener el statu quo.

El plan Moliní respondió al dilema de Sevilla: o modernizar el Guadalquivir o el declive portuario. La Corta de Tablada y el puente levadizo de Alfonso XIII redefinieron el futuro de la ciudad en 1926

Luis María Moliní Ulibarri, ingeniero director de la Junta de Obras del Puerto de Sevilla y Ría del Guadalquivir entre 1895 y 1915: artífice del plan que lleva su nombre, y que no pudo ver terminado por fallecer en 1924. Fuente: Archivo de la Autoridad Portuaria de Sevilla.

imagen
Para acceder al contenido completo es necesario realizar la suscripción