Columnas

La forja de la razón poética

El destierro que iluminó el alma de María Zambrano

«Una señora vestida de negro, con el cabello cortado a la garçon y fumando en una boquilla larga, se me acercó. Su amabilidad me dejó aplastada. Era María Zambrano, la mejor discípula de Ortega y Gasset».

— Elena Garro

¿Puede el destierro encender el pensamiento más brillante de su época? En pleno siglo XX, una mujer se alzó como la voz filosófica más original de España. Discípula de Ortega, María Zambrano desafió el monopolio masculino en las aulas de la Edad de Plata. Tras la guerra, transformó el amargo exilio en una revolucionaria categoría existencial. Frente a una Europa desgarrada y a una razón científica que había olvidado el alma, propuso su luminosa «razón poética». Esta es la fascinante historia de una pensadora indomable que buscó redimir al ser humano sumergiéndose valientemente en las inexploradas tinieblas del desarraigo vital.

Pepa Merlo
Universidad Internacional de Valencia

Esta pensadora veleña, hija y nieta de maestros, nació en abril de 1904, a principios de un siglo que se auguraba en su primera treintena como transformador y cuyo pilar de cambio residía precisamente en la educación. Por lo que rápidamente supo que la política social transformadora debía estar en la educación como base de todo cambio efectivo. Y enseguida fue participe activa en diferentes proyectos educativos, como el Instituto Escuela o las Misiones Pedagógicas. La enseñanza regiría su vida. Y su vida se estabilizaría con los vientos favorables que la Segunda República trajo, sobre todo para la mujer y su recién estrenado posicionamiento social. 

En 1921 María Zambrano, como empezaba a ocurrir con otras tantas mujeres de su tiempo, se matriculó en la Universidad Central, por libre primero, presencial después, y donde al poco sería profesora auxiliar, luego docente de la cátedra de Historia de la Filosofía de Zubiri. A partir de 1935 impartiría clases en la Residencia de Señoritas y en el Instituto Cervantes. A esta época pertenece el retrato que le haría Gregorio Toledo, el pintor canario que venía de ejecutar el que sería el único cuadro pintado en vida de Federico García Lorca. La pedagogía la acompañó también en sus años de exilio, al que se vio abocada al finalizar la guerra incivil española. Países como México, Cuba y Puerto Rico la acogerían igual que acogieron a tantos otros exiliados españoles, en un tiempo en el que, paradójicamente, la palabra exiliado llegó a eliminarse del diccionario español, tal y como puntualizó Carlos Blanco Aguinaga en Ensayos sobre la literatura del exilio español: «Tal vez se deba a la fuerte carga política del término el que no se registre en la edición de 1950 del Diccionario de la Academia Española de la lengua: no convendría a la sensibilidad franquista recordar que había por el mundo cientos de miles de exiliados españoles. El término reaparece en la edición de 1970, cinco años antes de la muerte de Franco».

LA CONQUISTA DEL ESPACIO INTELECTUAL. En 1927 María Zambrano inició su doctorado y su contacto intelectual con Ortega y Gasset de quien aprendería, como discípula aventajada, y de quien sabría independizarse mostrando un pensamiento propio. María se convertiría en la «figura femenina más importante del pensamiento español» del siglo XX tal y como reza en la Enciclopedia Oxford de Filosofía. 

En la Edad de Plata, donde las revistas literarias funcionaban como un escaparate de la nueva voz poética, María Zambrano rompió los moldes y proclamó este nuevo pensamiento filosófico

La mirada de la Edad de Plata. Retrato al óleo realizado en 1935 por el pintor canario Gregorio Toledo, coincidiendo con la fructífera etapa de la filósofa como docente en la Residencia de Señoritas.

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