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El Siglo de Oro en cartel

El triunfo del teatro clásico en la Andalucía romántica

Natalia Fernández Rodríguez
Universidad de Sevilla

Andalucía siempre ha sido tierra de teatro y de teatros. El siglo XVII, la edad de oro de nuestra escena clásica, comenzó con la inauguración de la Casa de Comedias de Córdoba que, justo el día de Navidad de 1602, inició una andadura que abarcó toda la centuria, hasta 1694. Durante las tres últimas décadas del siglo anterior, más o menos desde 1570, se había consolidado la profesionalización de la práctica escénica, un proceso que terminó de cristalizar cuando se construyeron espacios fijos de representación, se instituyó la exigencia de pagar por ver y se entendió que el teatro podía ser un modo de ganarse la vida. Tras la inauguración de los corrales de la Cruz y el Príncipe en el Madrid de 1579, la aparición de teatros comerciales se sostuvo en diversas poblaciones de la Península y, especialmente, en Andalucía con espacios escénicos en Sevilla y Granada. Alcanzado ya el siglo XVII, se abrieron teatros fijos en Málaga, Jaén, Lucena, Écija, Carmona, Cádiz, Osuna, Úbeda, Córdoba, Almería… Los corrales proliferaron prácticamente por toda la geografía andaluza y la comedia nueva, aquel paradigma dramático que Lope de Vega describió y defendió con ironía en su Arte nuevo de hacer comedias en este tiempo (1609), cobró vida en sus escenarios con la prioridad de dar al gran público lo que quería. 

Al fin y al cabo, ya lo decía Lope, el vulgo era quien pagaba. La comedia nueva se reveló como un mosaico de la cultura de la época. Todo podía pasarse por el tamiz del arte nuevo, desde una copla popular, un romance, una leyenda, un hecho histórico, un episodio bíblico, hagiográfico o mitológico… Todo podía mirarse desde el prisma de lo dramático y recrearse como un universo artístico capaz de emocionar al auditorio. Amores y desamores, celos, venganzas, intrigas… Eran los ejes vertebradores del arte nuevo y lo que siguió garantizando aquella moción afectiva del público más allá del siglo XVII, incluso cuando llegaron las polémicas y los luminosos tiempos de la razón. A la altura de 1792, desde el tablado del Teatro del Príncipe, alguien exclamó: «¡Cuánto más valen Moreto, Solís, Calderón y Rojas cuando deliran, que estos otros cuando hablan en razón!». Era un personaje de La comedia nueva o el café, de Leandro Fernández de Moratín. 

CUANDO LA COMEDIA PASÓ DE MODA. Era predecible que, con el despertar de la pasión que supuso el Romanticismo, se volvieran los ojos al drama porque, como dijo Vicente Barrantes a la altura de 1852 en un artículo en que reivindicaba precisamente la grandeza de la comedia áurea, «el teatro hace sentir». Pero, en un mundo muy distinto y que sentía de otra manera, aquella comedia que ya no era nueva no siempre se valoró de forma positiva. En un discurso que Javier de Burgos pronunció en la Granada de 1842, se lamentaba de que Lope, Calderón y otros dramaturgos áureos hubieran desaparecido de los escenarios.

Las letras áureas

Durante el siglo XVII, el teatro se convirtió en un auténtico fenómeno de masas que también llegó con fuerza a Andalucía. La escena se consolidó como actividad comercial y el mundo se reveló, nunca mejor dicho, como un gran teatro. Héroes, santos, villanos, figuras de la historia nacional, puras creaciones de ficción… Todos compartieron tablas y bastidores en aquel banquete de los sentidos que fue la comedia nueva y que, ante todo, aspiraba a gustar. Siglos después, cuando los tiempos cambiaron y las miradas del Romanticismo recorrieron Europa, aquel patrimonio teatral siguió muy vivo en los escenarios andaluces.

Retrato de Lope de Vega, atribuido a Eugenio Cajés (ca. 1627). Museo Lázaro Galdiano.

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Y, a pesar de que aquellas piezas que hablaban de casi todo se hubieran consolidado como teatro nacional, no alcanzaban en los tablados una presencia comparable a la que tenía Shakespeare en Inglaterra o Racine y Molière en Francia. La presencia de comedias áureas en los escenarios románticos no fue un fenómeno sostenido. Y, en todo caso, de la inabarcable nómina de comedias compuestas a lo largo del Seiscientos, solo vieron la luz unas pocas. No podía ser de otro modo. La labor sistemática de recuperación y edición de nuestro patrimonio teatral llegó más tarde. Pero, aun así, un rastreo de las piezas que se representaban en un corte histórico podía decir mucho sobre los gustos de los espectadores de entonces. Cuando una pieza áurea se subía a las tablas románticas, su engranaje afectivo original confluía con el de los nuevos receptores y revelaba un nuevo haz de sentidos. 

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