En toda la literatura española no ha habido un poeta más amado y odiado al mismo tiempo durante siglos que don Luis de Góngora. La difusión manuscrita hacia 1612-1613 del Polifemo y las Soledades abrió el debate literario más vigoroso y extenso de cuantos la modernidad lírica española haya tenido, con entregados defensores y admiradores, pero también con críticos y censores furiosos. Desde que Francisco de Cascales entronizara en sus Cartas filológicas (1634) al poeta como «príncipe de la luz» y «príncipe de las tinieblas», el parecer dividido sobre la poesía del cordobés se prolongó durante mucho tiempo. A finales del siglo XIX Marcelino Menéndez Pelayo continuaba la misma distinción, después de que los ilustrados y críticos del siglo XVIII lo hubieran clasificado con la fórmula, algo ramplona, «el Góngora bueno» y «el Góngora malo».
Esta dicotomía se sustentó en una valoración muy desigual de su obra: mientras la producción de romances, sonetos y letrillas fue siempre muy apreciada, la innovación poética desplegada en el Polifemo y las Soledades suscitó pronto un rechazo muy contundente y visceral. El nuevo estilo poético del cordobés, popularizado por la tradición escolar como «culteranismo», acabó siendo denostado ya desde su época con la más variada ristra de descalificaciones: «jerigonza», «confusión de Babel», «pestífera poesía», etc. Tampoco su autor se libró de lindezas y fue acusado no solo de ser el cabecilla de una «secta poética», sino también el responsable de la corrupción de la poesía española, pues fue seguido e imitado por numerosos poetas durante décadas.
GÓNGORA EN LA PRENSA Y EN LAS IMPRENTAS. Los ecos de la polémica gongorina, o tal vez su prolongación natural, se mantuvieron, con mayor o menor intensidad, durante buena parte del siglo XIX. Sirvan como ejemplo las palabras de Mesonero Romanos en una de las biografías más completas del poeta, publicada en el Semanario Pintoresco Español en 1837: «Entre los eminentes escritores que a principios del siglo XVII elevaron la musa castellana a su más alto grado de esplendor, sobresale por una reunión de circunstancias un hombre singular, en quien vemos reunirse el gusto más delicado y la más lozana imaginación, y luego renunciar por sistema a tan nobles cualidades para fundar una secta literaria, irracional y extravagante, que por largos años hubo de dominar nuestro parnaso». Y ahonda en los dos Góngoras: «Hay que considerar en Góngora dos poetas distintos: el primero dulce, apasionado, correcto, expresando con facilidad y profunda filosofía, los sentimientos más notables y las pasiones más tiernas de un alma juvenil, o bien burlando con festivo donaire y halagüeños matices los vicios y ridiculeces de la sociedad en que vivía».
¿Puede el rescate de unos huesos redimir a un genio incomprendido? Durante siglos, Luis de Góngora fue repudiado como el «príncipe de las tinieblas», un poeta maldito castigado por la insondable oscuridad de sus versos. Sin embargo, en el sofocante verano de 1857, los polvorientos ecos de una cripta en la catedral de Córdoba cambiaron su historia. Impulsado por el fervor romántico, un tenaz descendiente desenterró sus restos mortales para devolverle el honor. Aquella fascinante exhumación, recogida con gran recelo por la prensa de la época, encendió la chispa que terminaría encumbrando al autor más odiado del Siglo de Oro.
Retrato de Luis de Góngora y Argote (copia del siglo XVIII), regalado por el marqués de Cabriñana, en el Museo del Prado.
Retrato de Ignacio María Martínez de Argote y Salgado. Fuente: Hemeroteca Digital de la Biblioteca Nacional de España.