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Dossier

El reflejo de las letras áureas en las aguas románticas

COORDINADO POR:
Jaime Galbarro García
Universidad de Sevilla

Quién decide qué escritores merecen una estatua y cuáles el olvido o, incluso, la censura? Hoy sabemos que las redes sociales, los algoritmos y una inteligencia artificial capaz de fabricar imágenes y reputaciones en cuestión de horas pueden recuperar figuras desconocidas o influir de forma determinante en el juicio sobre otras muchas. Ahora bien, este proceso ya se inició hace dos siglos con el desarrollo de la prensa periódica. Un periódico sevillano de 1837, El Faro del Betis, lo dejaba claro: «La literatura, las ciencias, las artes son otros medios de manejar la opinión». Este dosier explica cómo aquellos primeros medios de masas fueron conformando el canon de nombres y obras del Siglo de Oro que hoy seguimos leyendo.

El caso andaluz tiene un interés muy singular. A diferencia de Cataluña o Galicia, Andalucía no disponía de una lengua distintiva con la que alimentar una identidad regional que el siglo XIX estaba construyendo por toda Europa. ¿De qué materia podía hacerse una patria en literatura? De los poetas. Las cabeceras andaluzas tejieron, con biografías, retratos y versos rescatados de los archivos, una genealogía deslumbrante: Juan de Mena, Fernando de Herrera, Luis de Góngora, que demostraban que la región era la cuna de la mejor poesía española. Imbuido de este entusiasmo, El Cisne (1838) abrió una «suscripción pública para erigir monumentos a los grandes poetas andaluces», porque, si «la estatua del gran Cervantes está erigida ya en Madrid», cabía preguntarse: «¿Por qué, pues, no hemos de hacer otro tanto con Herrera o Rioja?». En este contexto cuajó una etiqueta historiográfica que todavía se usa: la «escuela sevillana», nacida en las columnas del Correo literario y económico en 1806, por Manuel María de Arjona, y que después se asentó en los manuales utilizados por varias generaciones de españoles.

Este proceso de reevaluación de los autores del Siglo de Oro no estuvo exento de problemas, pleitos, modas, ajustes y estafas. Luis de Góngora, el poeta más amado y odiado de nuestra lírica, seguía siendo blanco de chistes por la oscuridad de sus versos, y sus poemas mayores no hallaron respaldo editorial hasta mediados del siglo. Aquella lenta rehabilitación culminó de manera novelesca en 1857, cuando la prensa difundió por toda España el hallazgo de sus huesos en una capilla de la catedral de Córdoba. En cambio, Cervantes padeció el exceso contrario. Su prestigio era tan absoluto que en 1848 el país entero celebró el descubrimiento de un opúsculo perdido, el famoso Buscapié, que prometía explicar de una vez el sentido verdadero del Quijote y que resultó ser la superchería de un jovencísimo erudito gaditano. Como también sucede hoy día, el bulo decimonónico triunfó porque contaba, justamente, lo que el público deseaba oír y el invento circuló en varias ediciones, impresiones de lujo o traducciones.

Y tampoco faltó el espectáculo. Las carteleras de los diarios andaluces demuestran que la comedia áurea seguía viva en los escenarios del Romanticismo, a veces en su versión original, pero a menudo en refundiciones acomodadas al gusto del momento. Lope, Calderón o Tirso volvieron a ser, dos siglos después de los corrales, actualidad periodística y reclamo literario.

Detrás de este despliegue de intereses y nombres había una nómina de periodistas y eruditos locales, hoy muy olvidados o desconocidos, que rastreaban bibliotecas y archivos para devolver a la luz textos literarios, biografías singulares y noticias del parnaso clásico, casi siempre por medio de la prensa y de las revistas. 

Ahora bien, hubo voces que apenas suscitaron interés, como Ana Caro o María de Zayas. Incluso las revistas dedicadas al público femenino omitieron sus nombres, con la sola excepción de Santa Teresa. Reenfocar esa imagen borrosa puede hacerse hoy día de una manera distinta gracias a las humanidades digitales, la estilometría y la inteligencia artificial. Con estas herramientas es posible transcribir y analizar a vista de pájaro el caudal de la prensa andaluza y medir con precisión qué clásicos acapararon sus columnas y de qué manera lo hicieron.

En definitiva, las letras áureas se reflejaron en las aguas románticas de la prensa, y el reflejo embelleció, deformó y conservó a un tiempo el eco de aquellas voces. Las páginas que siguen tratan de explicar cómo nuestros clásicos paulatinamente dejaron de ser un asunto de doctos para convertirse en materia de opinión pública.

Fernando de Herrera, El Divino, por Francisco Pacheco para tres y memorables varones, Biblioteca Digital de Andalucía.

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