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El joven que falsificó a Cervantes

La audaz mentira que engañó a los eruditos del siglo XIX

Ioannis Mylonás Ojeda
Universidad de Sevilla

En una buhardilla oscura, encogida sobre sus papeles, la pluma rasga el papel. Apenas vemos la mano que la guía, la silueta vencida de un bulto humano. La espada apoyada en la escribanía y, junto al tintero, la daga. Tirita de frío, la vela alumbra los colores macilentos del hambre, las ojeras de sus noches interminables. Pero existe un diamante duro en el fondo de sus ojos, una sombra de resistencia entre la miseria, la mandíbula apretada, el bigote inquieto como un gato enfadado. Absorto, algo escribe, cada trazo es un tajo invisible; se debate entre el orgullo herido y la sed de justicia: Miguel de Cervantes. 

Así lo imaginaban —así quisieron imaginarlo— durante los siglos XVIII y XIX: postrado, pobre y humillado, celebrado fuera de su reino e ignorado por sus semejantes. Y, en tal tesitura, surge la leyenda: cansado de que El Quijote fuera reconocido por los que no lo entendían e ignorado por los doctos, habría concebido el despechado proyecto de escribir un folleto donde pusiese a las claras su sentido verdadero: el mítico Buscapié de Cervantes, opúsculo que, sin embargo, se perdería para siempre, y que sería objeto de búsqueda incesante por algunos y considerado absurdo embeleco por otros.

¿UN DESCUBRIMIENTO INAUDITO? Un día de otoño de 1847, un joven de veinticuatro años entra en la redacción de la prestigiosa Revista Médica de Cádiz con un legajo bajo el brazo. Lo protege con el aire desconfiado y furtivo de quien teme un hurto en cualquier momento. Tras inspeccionar los alrededores, no puede resistirse. Su pecho se hincha y declara con orgullo al primer oficial con el que se topa que finalmente lo ha encontrado, y lo ha encontrado él: el auténtico, único y original: el perdido Buscapié de Cervantes. Este joven se llamaba Adolfo de Castro, y el legajo lo componía un opúsculo de apenas sesenta y cuatro páginas de hasta el momento inédita prosa cervantina, acompañadas de un nutrido aparato de notas de casi doscientas. Cuando le interrogaron sus amigos, contó haberlo hallado por azar en un baratillo de la ciudad, acostumbrado —como su admirado Cervantes— a revolver y releer hasta los papeles rotos de la calle: allí lo encontró, siguiendo el hilo de una serie de felices casualidades. El manuscrito procedía de la biblioteca del duque de Lafoes, pero habría sido adquirido por un abogado gaditano, quien habría muerto inconsciente de tener en su biblioteca el codiciado librito. Tras su fallecimiento, sus bienes se dieron en almoneda, y así terminó en un rastro de Cádiz, entre bagatelas, sortijas y antigüedades, y de ahí en sus manos… Esta cadena de hallazgos y transmisiones, sin embargo, era absolutamente falsa.

Las letras áureas

¿Y si el secreto mejor guardado de Miguel de Cervantes fuera, en realidad, la mayor estafa de nuestra historia?  Durante el siglo XIX, el mito del escritor malhadado desató una fiebre por descubrir cualquier reliquia suya. Aprovechando esa devoción, en otoño de 1847, un audaz joven gaditano anunció un hallazgo que dejó sin aliento a España: afirmó haber rescatado el mítico Buscapié, un manuscrito perdido donde el autor revelaba el sentido oculto de El Quijote. Esta es la crónica de una mentira perfecta, un brillante embuste que engañó a los eruditos y desató una feroz contienda en las letras españolas.

Boceto para el óleo La prisión de Cervantes, por Eduardo Cano de la Peña.

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