Catalina de Ribera vivió en Sevilla durante los años de transición entre la Baja Edad Media y el Renacimiento. Y, aunque sus familiares pertenecían a la élite aristocrática de Castilla, ella no disfrutó de título nobiliario con lustre cortesano, más allá de que se convirtiera en señora de Bornos, El Coronil y las Aguzaderas en los últimos años de su vida. Mantuvo relación familiar con los Reyes Católicos y, en una época de matrimonios concertados al servicio de variadas alianzas, ella y su marido antepusieron un amor romántico y tortuoso, que se consolidó en complicidad y acuerdo. Fue una madre atenta y cariñosa. Numerosos testimonios la dibujan como una mujer muy inteligente, piadosa, querida por casi todos sus allegados, paciente, generosa y empática. Sus acciones la definen, además, como una empresaria concienzuda, experta inversora, con objetivos bien definidos, y administradora de un hogar muy numeroso que incluía un centenar de criados, servidores y esclavos.
¿Revisamos el relato tradicional sobre la dama caritativa? A muchas de las personas que viven en Sevilla les resulta familiar el nombre de Catalina de Ribera. Seguramente porque, cuando en los últimos años del siglo XIX se reordenaron los jardines del costado oriental de los Reales Alcázares, surgió un hermoso espacio público donde pasear que recibió el nombre de esta mujer, nacida a mediados del siglo XV y que falleció en 1505.
El propósito de los próceres sevillanos fue homenajear a una de las pocas mujeres del siglo XV perfectamente identificable en la ciudad, que había llevado a cabo una acción digna de aplauso y, sobre todo, apropiada a su género y condición social. Es decir, que utilizó su fortuna para ayudar a los más necesitados, fundando un hospital para pobres y convirtiéndose así en cuidadora no solo de su familia, sino de toda la ciudad.
Una vez sembrada esa idea elogiosa de la caridad, en las décadas siguientes se exaltó a través de la imagen. Pues, en 1921 el arquitecto Juan Talavera diseñó la estructura del monumento central del paseo, reformado en 1965 porque la intemperie había arruinado las pinturas. Más allá de la pertinencia de los símbolos fantasiosos, se pasó a cerámica la representación central de una mujer que nos mira entre laureles, muy seria y ataviada anacrónicamente, que se hace pasar por doña Catalina y cuyos méritos se ratifican con la inscripción: «A la egregia fundadora del Hospital de las Cinco Llagas Doña Catalina de Ribera y Mendoza madre amantísima de los pobres a quienes dio su corazón y sus riquezas».
Los relatos históricos son muy manipulables de por sí y éste muestra un sesgo muy habitual. Al perpetuar los estereotipos se dificulta la incorporación del conocimiento que proporciona la investigación actual, tanto sobre la vida de las mujeres del pasado, como de esta señora en particular, reducido a transmitir el perfil de una dama caritativa ejemplar.
Sin embargo, hoy conocemos las facultades de emprendimiento de esta mujer que trabajó con acierto por conseguir fortuna y posición, quedando muy atrás ese esquemático retrato de compasión. La fundación del hospital fue una iniciativa valiosa entre otras, en las que, al usar el lenguaje artístico y arquitectónico para dar visibilidad política y cultural a sus descendientes, aportó a la ciudad del siglo XXI un patrimonio de valor incalculable.
Ciertamente, doña Catalina obtuvo en 1500 una bula del papa Alejandro VI para fundar un hospital, para lo que compró una casa en la calle Santiago, cercana a su residencia. Después la acondicionó y se preocupó de adquirir los enseres necesarios, dotarlo del personal adecuado y las rentas que mantendrían la institución después de su fallecimiento.
Al perpetuar los estereotipos se dificulta la incorporación del conocimiento proporcionado por la investigación actual, tanto sobre la vida de las mujeres del pasado, como de esta señora en particular
Andrés de Nadales, 1500. Retrato de Catalina de Ribera. Capilla de San Gregorio, Alcalá del Río (Sevilla). ©Ana Aranda Bernal.