Columnas

Álvaro de Bazán, el granadino invencible

La épica historia del marino que jamás fue derrotado

¿Es posible cruzar un océano de batallas y no conocer jamás la derrota? En el siglo de las grandes escuadras, Álvaro de Bazán se alzó como el marino más temido de la Historia. Desde su bautismo de fuego en Muros hasta su decisiva intervención en Lepanto, el granadino invicto demostró que el destino de la Monarquía se decidía en el mar. Esta es la épica trayectoria de un estratega legendario que, armado con galeras y la revolución del nuevo galeón, blindó las rutas americanas y desafió a enemigos para convertirse en el único titán indomable.

Ismael Jiménez Jiménez
Universidad de Sevilla

En la Granada que aún acogía la corte de Carlos I e Isabel tras sus nupcias, en diciembre de 1526, nació Álvaro de Bazán. Hijo de Álvaro de Bazán, el viejo, y de Ana de Guzmán, pronto habría de seguir la recién inaugurada senda familiar: el mar. Su padre fue uno de esos ejemplos de nobles que, en los albores de la Edad Moderna, se especializó en el servicio profesional de las armas y lo hizo como marino, llegando a ejercer de capitán general de las Galeras de España y de las costas de Granada; además de asentista e incluso armador naval.

Con estos mimbres, Álvaro de Bazán, el joven, pronto se familiarizó con el mundo náutico, pues estando a caballo entre Granada y Gibraltar —importante apostadero de galeras— comenzó a conocer sus secretos. Tal es así que a la edad de nueve años, en 1535, bajo la tutela paterna fue nombrado alcaide perpetuo de Gibraltar. Desde esta plaza pudo acompañar a su padre en las patrullas de galeras por las costas del mar de Alborán, adquiriendo sus primeras experiencias a bordo. Lo que sí es seguro es que, tras el traslado paterno al Cantábrico, nuestro protagonista atisbó nuevos escenarios. En el norte de la Península, Bazán el viejo participó de la innovación náutica que llevó al galeón, ejerció el corso y el floreciente comercio con las Indias, y aprendió a navegar en mares abiertos. Un bagaje que le sirvió para ser nombrado capitán general del Mar Océano, con potestad en las costas entre Fuenterrabía y Gibraltar.

BAUTISMO DE FUEGO EN EL ATLÁNTICO. Mientras tanto, Bazán el joven absorbía conocimientos y experiencias, embarcando por primera vez con mando, la ayudantía en la capitanía de su padre, en 1538. Pero su bautismo de fuego se produjo en 1544. Para entonces una escuadra gala corsaria a los mandos de Jean de Clamorgan estaba azotando el litoral gallego, saqueando y extorsionando a las poblaciones costeras. En julio de aquel año, los franceses se apostaron sobre la villa de Muros, en la ría de su nombre, exigiendo un rescate a la población. Fue entonces cuando Bazán el viejo, junto a su hijo, se presentaron en la ría y atacaron sin vacilación a la escuadra francesa, encajonándola y destruyéndola.

Bazán consiguió su primera victoria, pero tras ello hubo de regresar a Gibraltar. En el Estrecho siguió aprendiendo el oficio embarcado en el Atlántico. Así, en 1554 obtendría su primer empleo personal: armar una escuadra y custodiar el regreso de la Flota de Indias. Para ello, Bazán el joven se trasladó a Laredo y desde allí operó en todo el frente atlántico, derrotando y capturando barcos de corsarios franceses, ingleses y berberiscos en el triángulo entre la Península Ibérica, las Azores y las Canarias. Pero no sólo protegía las costas para asegurar el comercio con el Nuevo Mundo, la actividad de Bazán también permitió interceptar envíos ingleses en favor del sultán de Fez o apresar galeazas bordelesas que incorporar a su armada.

Desde su primer bautismo de fuego en Muros hasta la decisiva batalla de Lepanto y las Terceiras, Álvaro de Bazán jamás conoció la derrota y forjó una leyenda totalmente invencible

Retrato de Álvaro de Bazán, Rafael Tegeo (1828). Museo Naval de Madrid.

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