Alhambra-Generalife (primer término) y Albaicín (al fondo en la foto). Fotografía: Celia Martínez Yáñez.
La Convención sobre la Protección del Patrimonio Mundial Cultural y Natural es el instrumento jurídico, de carácter vinculante, de mayor influencia en la protección del patrimonio a escala global. Esta afirmación no solo está refrendada por el hecho de que es el convenio internacional con un mayor número de Estados parte/signatarios (196, por encima incluso de la Declaración Universal de los Derechos Humanos de 1949), sino también por su extraordinario efecto en la ampliación del concepto, tipos de bienes y valores del patrimonio reconocido en todo el mundo.
En el caso español y andaluz, la influencia de la Convención es muy notable, tanto en la normativa de protección estatal y autonómica, histórica y vigente, como por el gran número de bienes inscritos en la Lista del Patrimonio Mundial (50 en total), que hacen de nuestro país y de nuestra comunidad autónoma referentes fundamentales en esta materia.
Andalucía cuenta con ocho lugares incluidos en dicha Lista, siete culturales y uno natural. Su representación en el listado patrimonial más prestigioso en la escala planetaria es, por lo tanto, superior a la de muchos de los Estados parte de la Unesco (por ejemplo, Irlanda cuenta con dos; Filipinas con tres; Egipto, con siete; y Hungría tiene el mismo número que Andalucía).
El carácter territorial del patrimonio mundial andaluz es, sobre todo, urbano. La exuberancia cultural de la comunidad —antigua, profunda y compleja—, no solo ha generado un potente patrimonio urbano, sino también su reconocimiento temprano y universal. El triángulo de las tres ciudades andaluzas más conspicuas por su legado cultural (Córdoba, Granada y Sevilla) es el que primero ha sido incluido en la Lista de Patrimonio Mundial: la Alhambra-Albaicín y Generalife y la Mezquita de Córdoba en 1984 siendo ampliadas ambas inscripciones en 1994; y la Catedral, Alcázar y Archivo de Indias de Sevilla tres años después. En 2003 se unieron los conjuntos monumentales de Úbeda y Baeza y, con un carácter más periurbano, los Dólmenes de Antequera en 2016 y la Ciudad Califal de Medina Azahara en 2018. Por el contrario, la representación de los espacios de dominante natural es escasa, si bien sobresaliente a causa de la inclusión del Parque Nacional de Doñana en 1994 y por el hecho de que buena parte de los 69 abrigos con Arte Rupestre del Arco Mediterráneo de la Península Ibérica situados en Andalucía tienen un entorno de dominante natural. Tal es el caso de los que se ubican en el macizo de Sierra María-Los Vélez (Almería), el Altiplano de Granada, la Sierra Morena jiennense, y las de Segura y Quesada (también en Jaén).
La relación con el paisaje de los ocho lugares del patrimonio mundial es muy variada, tanto en lo que respecta a la determinación de su escenario territorial como, a la inversa, en lo que ellos aportan a la caracterización cultural de los paisajes. Podría establecerse una doble tipología, no excluyente, de la relación con el paisaje de estos sitios.
¿Qué tienen en común la Alhambra, Doñana, la Mezquita de Córdoba o los Dólmenes de Antequera? Más allá de ser iconos andaluces, todos tienen en común el haber sido reconocidos por la Unesco como Patrimonio Mundial. Pero este artículo no trata solo de la belleza de los paisajes. Aborda cómo Andalucía se ha convertido en un laboratorio mundial donde se ensayan nuevas formas de mirar, cuidar y comprender el legado que nos define. Porque el patrimonio —piedra, agua, memoria o territorio— es un mapa vivo que sigue cambiando… y que interpela directamente al futuro. En este artículo emprenderemos un viaje que irá de lo local a lo universal, del urbanismo histórico a los paisajes culturales, de las luces de la Alhambra a las sombras que amenazan Doñana. Andalucía está escribiendo un capítulo decisivo en la historia del Patrimonio Mundial y merece la pena conocerlo.