Vista de la Sacra Capilla del Salvador (Úbeda, Jaén). Fotografía: Juan Carlos Cazalla Montijano. Fuente: Repositorio de Activos Digitales del IAPH.
No podemos hablar de valores culturales sin reconocer que el patrimonio, y el valor que le damos al mismo, son una construcción social. Estos surgen de la relación (práctica, simbólica, emocional, etc.) que establece la sociedad con los bienes heredados de su pasado, así como de la conciencia de pérdida que estimula la necesidad de proteger. Es más, como propuso J. Ballart, «para que se desvele la preocupación por conservar hace falta previamente que se pueda distinguir físicamente entre pasado y presente», lo que es resultado del «desarrollo de la conciencia histórica moderna». Así pues, los valores se generan a partir de la interacción entre los bienes culturales y el contexto social o, mejor dicho, entre sus características sensibles —los atributos— y la percepción que se tiene de ellos. Sin embargo, los valores no son estáticos en el espacio y tiempo, como tampoco lo es la conciencia patrimonial, sino que están condicionados por el contexto social y sus circunstancias. Ello explica que la sensibilidad hacia el pasado, los monumentos o las manifestaciones culturales, varíe de un lugar a otro, de una comunidad a otra, e incluso de un grupo a otro. Asimismo, evoluciona a lo largo del tiempo, integrando nuevos valores que enriquecen la percepción, comprensión e interpretación de los ya existentes. Esto es lo que determina el carácter acumulativo del patrimonio, no solo el incremento en la cantidad y variedad de bienes protegidos.
Lógicamente, los sistemas de expertos, instituciones (museos, universidades, etc.) y organismos nacionales e internacionales, como la UNESCO, se encargan de canalizar estas sensibilidades, estableciendo marcos valorativos comunes y garantizando la conservación de la herencia colectiva. Como recoge el Documento de Nara sobre autenticidad (1994), «todos los juicios sobre valores atribuidos pueden diferir de cultura en cultura e incluso dentro de la misma cultura; por lo tanto, no es posible realizar juicios de valor con un criterio fijo. Por el contrario, el respeto debido a todas las culturas requiere que el patrimonio cultural sea considerado y juzgado dentro del contexto cultural al cual pertenecen» (art. 11). De ello se deduce la dificultad que entraña identificar los múltiples valores y atributos que caracterizan a los bienes patrimoniales.
Es necesario, por ello, implicar a todos los agentes, no solo a expertos o técnicos, sino también a las distintas disciplinas (arquitectura, historia, arqueología, antropología, conservación/restauración, etc.). Se trata, en definitiva, de una labor de consenso donde se objetivan las apreciaciones personales o colectivas y se justifican las decisiones.
El patrimonio no es una vitrina llena de objetos antiguos. Es un espejo que cambia según quién lo mire. Cada generación decide qué merece la pena conservar, qué nos emociona, qué nos representa, y qué y cómo queremos proyectarlo al exterior. Por eso, los monumentos no son solo piedras; son paisajes, recuerdos, ritos, miradas cruzadas entre el pasado y el presente. En este artículo te invitamos a descubrir cómo la Alhambra, la Mezquita-Catedral de Córdoba o el Alcázar de Sevilla revelan valores nuevos cada vez que la sociedad vuelve a preguntarse qué significan. Spoiler: el patrimonio está mucho más vivo de lo que parece.