Francisco Romero Robledo (1838-1906) fue uno de los máximos exponentes de la política española durante el periodo que abarca la última fase del reinado de Isabel II, el Sexenio Revolucionario y la Monarquía liberal de la Restauración. Considerado ya en su época como el «político puro», el antequerano hizo aportaciones fundamentales a la modernización de la vida pública en aspectos como la estructuración de los partidos, la intensificación de la propaganda, la cohesión de los grupos parlamentarios, la organización de las elecciones y la política territorial y ultramarina. Romero Robledo fue el verdadero artífice del Partido Liberal-Conservador, al que dotó de una estructura nacional y al que convirtió, para todo el medio siglo siguiente, en el partido hegemónico del centroderecha en España.
Francisco Romero Robledo nació en Antequera (Málaga) el 8 de marzo de 1838. Quedó huérfano de madre a los dos años, pero un hermano de ésta, Vicente Robledo Checa, era un destacado notable de la localidad y supo detectar las aptitudes de su sobrino para la vida pública. Robledo se encargó de los estudios del joven Francisco y le ayudó a transitar por los escalafones iniciales del cursus honorum. La pasarela más directa a la política era la carrera de Derecho, que Francisco cursó en Madrid. Se licenció en 1859 y se doctoró dos años más tarde, simultaneando la tesis con el ejercicio de la abogacía. Tan importante como los estudios era formar una tupida red de relaciones. Romero se inició en la vida social de la capital con la ayuda de notables oriundos de su Málaga natal. Pronto se codeó con la elite política de la última etapa del reinado de Isabel II, y se haría reconocer como un posible candidato a diputado.
No lo habría conseguido sin una serie de cualidades que hacían atractivo al joven Francisco, y que le acompañarían de por vida: elocuencia, audacia, cortesía, charme, una facilidad asombrosa para hacer amigos y conservarlos… en definitiva, una desarrollada inteligencia emocional que hoy se califica de «carisma». Aunque Cánovas había demostrado que el físico no era imprescindible para ser carismático, hasta esta cualidad acompañaba a Romero: rubio, apuesto, de buen porte, parecía «un pollo cortado para las empresas amorosas» y no un severo padre de la patria. El «pollo de Antequera»: así iba a conocérsele en adelante.
LA FORJA DEL POLÍTICO PURO. El joven Francisco había llegado a Madrid en el apogeo del «Gobierno largo» de la Unión Liberal, el partido al que permanecería adscrito hasta la Restauración. Cuando el escaño de su distrito natal quedó vacante, en 1862, presentó su candidatura al Congreso de los Diputados y, en una reñida elección, logró la victoria. Ya no abandonaría la Cámara hasta su fallecimiento en 1906, pues las dos elecciones a las que decidió no concurrir por el retraimiento de su partido, las de 1867 y 1872, generaron Cortes de escasa duración. Romero logró el escaño 29 veces en 21 elecciones, pues en seis de ellas consiguió un acta doble y en una elección, la de 1891, un acta triple. Fue diputado diecisiete veces por Antequera, cinco por Madrid, dos por La Bañeza (León), una por Montilla (Córdoba) y por Archidona (Málaga), y tres por Matanzas (Cuba), a donde extendería su influencia a través de la familia de su esposa.
Se incide en que Romero era un político empírico, que otorgaba poca relevancia a las doctrinas y mucha más a la tribuna callejera y a las maniobras en los comités y los Parlamentos. En realidad, era la imagen que quería proyectar, más mundana que académica, un recurso para acrecentar su popularidad; de modo que, para que su buena posición no le hiciera parecer inaccesible, el joven político quiso asimilarse la llaneza del español común. Sin embargo, al mismo tiempo, Romero fue mecenas de académicos y artistas, y miembro de la Academia de Ciencias Morales y Políticas, de la de Jurisprudencia y del Círculo de Bellas Artes, y hasta presidió las dos últimas. Todo ello refleja unas inquietudes no tan comunes, más propias de la elite de su tiempo. Lo que le diferenciaba de Antonio Cánovas del Castillo, con quién hizo tándem en la Restauración, es que, mientras Cánovas fue un historiador de vocación devorado por la actividad política, Romero fue un «político puro», un apasionado de la vida pública a la que se dedicaba en cuerpo y alma. Por eso ambas figuras se complementaban: Cánovas se ocupaba de la alta política y se solazaba en sus investigaciones y disertaciones históricas, mientras Romero guardaba el partido y el Gobierno.
La Ilustración Española y Americana (1875) retrataba a Francisco Romero Robledo en la cúspide de su poder, como ministro de la Gobernación del Gobierno de Cánovas.
El político antequerano obtuvo, entre 1862 y 1905, el escaño en el Congreso en 29 ocasiones a lo largo de 21 elecciones. En seis de ellas consiguió acta doble y en una, acta triple