Columnas

El último recuerdo

Fotografía post mortem en Andalucía

Las sociedades occidentales del siglo XXI viven el momento de mayor longevidad de la historia. Esa vitalidad se proyecta en imágenes que compartimos a diario: la fotografía se ha convertido en un lenguaje casi universal. La utilizamos también en los instantes más difíciles, como la pérdida de un familiar, cuando acudimos a una imagen del pasado para evocarlo. Sin embargo, en algunos rincones de nuestro país pervivió hasta hace apenas unas décadas una tradición de raíz decimonónica: retratar a los difuntos. Una práctica hoy olvidada que permitía a las familias fijar la memoria del ser querido. Imágenes que, vistas desde nuestra sensibilidad actual, resultan sorprendentes y que a las nuevas generaciones remiten, no sin extrañeza, a escenas propias del cine de terror.

Antonio Jesús González
Fotoperiodista

En el mundo actual, el valor de la imagen es indiscutible, tanto como herramienta de comunicación como modo de representación individual y colectivo. El exhibicionismo fotográfico en las redes sociales es una conducta universal que raya en lo obsesivo entre las generaciones más jóvenes. Sin embargo, ese relato gráfico que construimos es muy sesgado, ya que solo enaltece los momentos de alegría. Si la vida real de una persona fuera su timeline, se podría afirmar que hoy vivimos en uno de los tiempos más felices de la historia de la humanidad. Rara vez, un amigo virtual cuelga en su muro una imagen de un instante triste o desagradable, salvo quizás en el aniversario del fallecimiento de un ser querido. Una efeméride en la que recurrimos a la galería de nuestro teléfono para rescatar una de las innumerables instantáneas que conservamos de ese familiar en el dispositivo. Hoy, gracias a la revolución de los móviles inteligentes, todos nos hemos convertido en fotógrafos, produciendo, coleccionando y consumiendo cientos de imágenes a diario.

No obstante, en sus orígenes, la fotografía era una práctica muy compleja solo al alcance de los profesionales. De hecho, durante todo el siglo XIX los fotógrafos debían poseer profundos conocimientos de física y química para fabricar sus propias placas. Además, por su elevado precio, la inmensa mayoría de la población —con suerte— conservaba una o dos fotografías de toda su vida. Por ejemplo, la retratista suiza Madama Fritz, en 1844, cobraba 50 reales en su estudio de Cádiz por un daguerrotipo —primera técnica fotográfica de la historia que solo permitía la obtención de una sola copia con cada disparo—. Un importe equivalente al sueldo mensual de un obrero en la España de la época, por lo que durante décadas el retrato fotográfico fue un símbolo de estatus social y económico. Pero, aún disponiendo de esa cantidad, solo las grandes capitales de provincia andaluzas contaban con profesionales estables donde poder fotografiarse. Y eso solo a partir de la década de 1860, cuando las galerías fotográficas comenzaron a ser negocios económicamente sostenibles. 

A pesar de ello, según fue avanzando la centuria la fotografía se convirtió en una de las modas más populares y todo el mundo quería poseer su retrato, así como el de sus familiares y amigos más queridos. Aunque si alguien fallecía sin haber tenido la ocasión de inmortalizar su efigie ante la cámara del fotógrafo, las familias encargaban un retrato del difunto. Hay que tener en cuenta que en Andalucía las tasas de mortalidad de la población durante toda la segunda mitad del siglo XIX no bajaron del 30% y, en el caso de la infantil, este porcentaje se disparaba hasta más del 40%. Una incidencia más elevada que en otros países de nuestro entorno, pero aún así la esperanza de vida en Europa apenas alcanzaba los 40 años. Una mortandad que favoreció en todas las sociedades desarrolladas occidentales este nuevo hábito: el del retrato post mortem. Gracias a este revolucionario invento, se podía realizar rápida y fielmente una imagen imperecedera del fallecido para que su recuerdo pudiera permanecer vivo para sus deudos en una placa de metal. La fotografía, como teorizaba el semiólogo francés Roland Barthes (Cherburgo 1915-París 1980), «tiene la capacidad de congelar un instante del tiempo y cuando las contemplamos nos muestran ese momento de forma inmutable, expresando la muerte en el futuro».

Si alguien fallecía sin haber tenido la ocasión de inmortalizar su efigie ante la cámara del fotógrafo, las familias encargaban un retrato del difunto

imagen

Retrato de un bebé post mortem. Málaga, hacia 1875. Fotógrafo: José Oses y Cruz.

Para acceder al contenido completo es necesario realizar la suscripción