Columnas
Jóvenes valores

Ecos periodísticos de la Exposición Iberoamericana de 1929

La mirada de la prensa sobre un certamen de luces y sombras

Álvaro Andrade Blanco
Grado en Historia. Universidad de Sevilla

En 1929, Sevilla se lanzó a conquistar el futuro. Levantó palacios imposibles, abrió avenidas monumentales y se vistió de modernidad para seducir al mundo. Pero tras el brillo de la Exposición Iberoamericana latían sus viejas heridas: barrios sumidos en la pobreza, inundaciones devastadoras y una ciudad que, entre el sueño y la supervivencia, luchaba por no quedar rezagada. Este es el relato de aquel certamen que deslumbró, dividió y transformó para siempre a la capital del sur.

A comienzos del siglo XX, Sevilla experimentó una notable transformación demográfica y urbanística, dejando atrás su imagen de urbe anclada en el pasado. Uno de los momentos clave llegó en la segunda década, cuando surgieron expectativas en torno a la celebración de la Exposición Iberoamericana, percibida por los habitantes de Sevilla como un gran proyecto. Aunque aún faltaban algunos años para su celebración, la idea impulsó inversiones y planes que auguraban una etapa de modernización para la capital hispalense.

Este desarrollo urbanístico tuvo que lidiar con graves problemas de habitabilidad: la contaminación del agua potable, afectada por pozos negros y corrientes subterráneas, representó uno de los mayores desafíos higiénicos. Además, la mayoría de la población, especialmente aquellos obreros con escasos recursos residían en los conocidos como «corrales» o casas de vecinos, donde el hacinamiento y la insalubridad elevaban la mortalidad. El arquitecto Víctor Pérez Escolano la describió como una «ciudad estática, insana y con servicios públicos ineficientes», marcada además por las periódicas avenidas del Guadalquivir.

Estas frecuentes inundaciones y riadas, especialmente entre 1891 y 1917, ocasionaron cuantiosos daños materiales y personales, convirtiendo al Guadalquivir en una amenaza constante que castigaba a los barrios más expuestos a sus desbordamientos, como Triana. En 1917, El Noticiero Sevillano se hizo eco de la situación con un lenguaje que mezclaba orgullo y pesar: «Sevilla. Qué hermosa eres. ¡Pero qué desgraciadita!», seguido de la amarga queja de que «la mayor parte de tus hijos te dan la espalda y dejan indefensa». 

El nivel del río era vigilado en lugares como el puente de Triana o la casa de Tagua, convertidos en «termómetros que día y noche eran consultados [...] para apreciar hasta dónde era posible conservar la tranquilidad». El artículo concluía: «El día infausto en que no se logre detener el ímpetu de esos desbordamientos, Sevilla marcará una fecha que perdurará por siglos». Un mensaje que buscaba sacudir conciencias, pero también reclamaba un gran proyecto capaz de transformar la imagen de la ciudad, modernizar su entramado urbano e insuflar confianza y progreso en sus habitantes. Ese proyecto, sin duda, era el que Sevilla necesitaba, y que acabaría materializándose una década después con la llegada de la Exposición Iberoamericana de 1929.

Cartel anunciador de la Exposición Iberoamericana, por Gustavo Bacarisas (1928). Navarra Archivos.

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Sevilla soñó con la modernidad en 1929: la Exposición vistió la ciudad de esplendor, pero dejó al descubierto desigualdades, carencias urbanas y un legado tan brillante como frágil

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