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Editorial

CAJITAS DE RECUERDOS

«Sería largo enumerar uno por uno a quienes consumieron su vida jugando a las damas, a la pelota o tostándose al Sol. No son ociosos aquellos cuyos placeres dan mucho trabajo. Nadie dudará, por ejemplo, que con su penosa tarea nada hacen los que se entregan al inútil estudio de las letras, los cuales ya forman una nutrida tropa entre los romanos. Fue una manía de los griegos investigar cuántos remeros tuvo Ulises, si se escribió la Ilíada antes que la Odisea, si ambos poemas son del mismo autor y otras cuestiones del mismo género que, si te las reservas, no sirven de nada a la conciencia interior, y si las manifiestas, no parecerás más sabio, sino más inoportuno. He aquí que también a los romanos les ha invadido el vano afán por aprender cosas superfluas». 

Hoy no parece prudente arrojar sombras sobre las Letras, que ya sufren la incomprensión de quienes sólo valoran lo utilitario. Pero como el autor es Lucio Anneo Séneca, juguemos un poco más al despiste con aquellos que nos querrían ociosos. Volvamos al cordobés. El estudio del pasado —prosigue— es «una ciencia inútil, pero nos atrae con la brillante vanidad de las cosas». Y he aquí el problema que le preocupaba: aunque los imitadores de los griegos escriban verdades probadas y de buena fe, «¿de quién frenarán las pasiones? ¿A quién harán más valiente, a quién más justo, a quién más generoso?». 

Esas mismas preguntas se han hecho muchos historiadores durante generaciones. El italiano Guglielmo Ferrero, por ejemplo, en los años de entreguerras, escrutó el pasado con verdadera angustia para encontrar enseñanzas que armaran la defensa de la democracia liberal. Otros, como el alemán Oswald Spengler, para justificar la llegada del César Despótico. «Ducunt fata volentem, nolentem trahunt», leyeron sus lectores en la última línea de La decadencia de Occidente: «Al que está resuelto los hados lo conducen, al que se resiste lo arrastran». Quien haya leído a Séneca sabe que esa enseñanza estoica sobre la aceptación de la providencia poco tiene que ver con el fatalismo determinista que Spengler le dio a esta famosa cita. Esto nos lleva a lo fundamental al hablar de las enseñanzas de la historia. No es lo mismo hurgar en el pasado buscando leyes históricas para forjar un hombre nuevo —quienes así proceden son gente peligrosa que exigirán ser juzgados por sus intenciones y no por sus actos—, que buscar argumentos para ilustrar el peligro de ciertas conductas equivocadas. Ya lo dijo Amos Oz en Las cuentas aún no están saldadas: «los enfermos de reconstritis buscan en el espacio físico algo que han perdido en el tiempo».

Recuerdo, Francisco Torras (1874). Museo del Prado.

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Sin embargo, al descender de las grandes tribunas y apartar la Historia que forja naciones o ideologías, descubrimos que el pasado posee una escala íntima, a ras de suelo y menos enrevesada. Es ahí donde reinan los objetos cotidianos: una fotografía, el anillo de madera que nunca fue de oro, un recuerdo de quien se esfumó de nuestro lado, un mueble en un rincón. Basta contemplarlos para evocar un tiempo que ya no es. Un secreto, una vivencia, la voz que volvemos a escuchar, el olor que no hemos olvidado. Recordamos porque somos y somos porque hemos vivido. Así, por mucho que algunos vean en nuestro oficio un empeño por acumular inútiles cajitas de recuerdos, el pasado convive con nosotros y, por lo tanto, es algo que necesitamos. Ya sea para conocer nuestras raíces, para viajar en el tiempo y comprender cómo se construyeron aquellos restos que aún nos sobrecogen o bien para aprender sin caer en las miserias del historicismo.

Esto es lo que encontrarán en este número: rigurosos artículos donde un destacado elenco de especialistas pone a nuestro alcance el esfuerzo concienzudo que sostiene nuestros monumentos. Auténticas puertas al pasado, declaradas Patrimonio de la Humanidad, a través de cuyas páginas podremos comprender y celebrar la labor callada de los servidores públicos que las hacen posibles.

José Antonio Parejo Fernández
Director de Andalucía en la Historia
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