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Una historia de amor en el Real Alcázar de Sevilla

El encuentro del Emperador con Isabel de Portugal

A lo largo de los siglos, el Real Alcázar de Sevilla ha sido testigo y escenario de muchas historias de amor protagonizadas por reyes, reinas, príncipes y amantes de muy distinto carácter. Algunas de ellas tuvieron un fin trágico o inesperado. Otras han inspirado a cronistas y poetas tanto cristianos como musulmanes. Sin embargo, ninguna resulta tan evocadora como la que protagonizaron Carlos V e Isabel de Portugal.

JUAN LUIS CARRIAZO RUBIO
UNIVERSIDAD DE HUELVA

Las probabilidades de que un matrimonio real del siglo XVI se convirtiera en una historia de amor eran realmente escasas. La unión de los esposos servía para establecer o fortalecer alianzas políticas, resolver conflictos y, ocasionalmente, alcanzar algún objetivo económico. Conservamos una nota autógrafa de Carlos V, escrita el 24 de febrero de 1525, en la que explicaba los motivos por los que había decidido casarse con Isabel de Portugal. El emperador reconocía que su campaña en Italia constituía una vía idónea para mejorar su situación en aquellos momentos, aunque «se podrá argumentar en contra de ella la falta de dinero, la cuestión de la regencia de la nación y también otros motivos».

Como remedio a todo ello, confesaba que no veía «otro medio mejor sino que, desde ahora, se tratase el matrimonio de la hija del rey de Portugal conmigo, y su inmediata venida a España». E insistía: «Que la dote que ella aporte sea la mayor suma de dinero contante y sonante que fuese posible, debiendo pensarse también si convendría o no tratar al mismo tiempo de las especias». Además, con motivo de la boda, esperaba «obtener de esta nación (de España) una buena cantidad y reunir para este y otros asuntos las Cortes; y disolverlas luego, dejando a la infanta de Portugal, que para entonces será mi esposa, la regencia de estos reinos, para bien gobernarlos, según sabias indicaciones de aquellos que deje a su lado».

Confirmaba estos planes la carta escrita por el embajador Martín de Salinas al infante don Fernando de Habsburgo, hermano menor de Carlos, el 3 de abril: «Su Majestad ha determinado de se casar y para lo concertar ha enviado a Monseñor de Laxao en Portugal. Y el fin porque se hace es porque Su Majestad quiere pasar en Italia a se coronar y quiere dexar en la gobernación a su mujer; y piensa haber con ella tanta suma de dineros que baste para hacer su viaje».

No solo el emperador tenía especial interés en esta boda, sino también los representantes de su reino. Gonzalo Fernández de Oviedo comenta en su Relación de lo sucedido en la prisión del rey de Francia que, en el contexto de las Cortes de Toledo de 1525, se habló de la futura boda del emperador. Al parecer, los procuradores allí reunidos habían suplicado al monarca que tomase por esposa a la infanta de Portugal, «así por la buena información e loores que de su bondad se publicaban, como porque era de edad condecente, e porque era nieta como él de los Reyes Católicos, e porque este matrimonio era muy grato a todos sus súbditos, e más al propósito que otro alguno».

El enlace se celebró por poderes el 1 de noviembre de 1525, en el palacio portugués de Almeirim y en presencia del rey Juan III de Portugal, hermano de Isabel. La ausencia de Carlos, representado por un embajador, no impidió que las celebraciones resultaran muy lucidas. Puesto que se había detectado algún defecto en el documento de dispensa papal, se celebró una nueva ceremonia cuando llegó corregido, en enero de 1526. A final de mes, Isabel partió hacia Castilla. Ni ella ni su esposo podían imaginar que aquella no sería una boda más en la historia de sus respectivas familias.

EL ENCUENTRO DE LOS ESPOSOS. Isabel llegó a Sevilla el día 3 de marzo, mientras que Carlos, ocupado en acordar la paz con el monarca francés, Francisco I, no lo hizo hasta el 10. La entrada de la emperatriz causó expectación. Desde la Macarena se dirigió a la catedral; y de allí, al alcázar, «donde se aposentó en una torre que estaba junto a la puerta de la iglesia por do entró, que llaman la torre del Aceite». Al día siguiente, domingo por la tarde, Isabel dejó sus habitaciones «para ver lo alto del alcázar». Si el día anterior lució un espectacular vestido de raso blanco, ahora iba vestida de terciopelo negro. Al llegar al patio del crucero, «estaba tan lleno de gente que apenas cabían de pies, y como vieron asomar a Su Majestad, todos se quitaron los bonetes». Gonzalo Fernández de Oviedo, el célebre cronista de Indias, apunta que la emperatriz se rió porque «pareció holgarse de ver tanta gente como allí estaba junta». Pero faltaba aún su esposo, que no llegaría hasta el sábado siguiente.

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