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Un palacio que fue de los reyes moros

Ecos de la boda imperial en el Real Alcázar de Sevilla

La boda del emperador Carlos V con Isabel de Portugal tuvo como escenario principal el Real Alcázar de Sevilla, donde se produjo la ceremonia nupcial y residieron los novios durante su estancia en la ciudad. Los ecos de aquel extraordinario acontecimiento aún resuenan en los espacios de la vieja residencia real, donde la historia y la leyenda se enredan conformando un relato único. En un intento por arrojar un poco de luz, cabría preguntarse qué dicen los textos sobre aquel celebrado episodio, cómo era el palacio que vieron y disfrutaron los novios y, finalmente, en qué medida el paso de la pareja imperial por Sevilla contribuyó a su transformación.

JUAN CLEMENTE RODRÍGUEZ ESTÉVEZ
UNIVERSIDAD DE SEVILLA

En su estudio clásico, Juan de Mata Carriazo da cuenta de todo lo acontecido a partir del análisis de las fuentes disponibles. Así, recurre a Gonzalo Fernández de Oviedo y a Pedro Mexía para narrar los detalles del primer encuentro entre los novios, producido el 10 de marzo de 1526, después de que el emperador fuera agasajado por la ciudad como lo fue una semana antes Isabel de Portugal.

Tras culminar su itinerario en la catedral, caída la noche, el emperador se dirigió al Real Alcázar donde le esperaba Isabel. El emotivo encuentro se produjo en el aposento de ella. Luego, tras retirarse él al suyo propio —donde se vistió para la ocasión— se desposaron de la mano del cardenal Salviati, en lo que hoy conocemos como el Salón de Embajadores. Finalmente, después de cenar el arzobispo de Toledo ofreció una misa y los veló, como era tradición, antes de consumar el matrimonio en lo que había sido una intensa noche marcada por la premura y la improvisación.

Durante los días siguientes, el emperador permaneció en el alcázar, donde no hubo lugar para grandes celebraciones. La reciente muerte de su hermana Isabel, reina de Dinamarca, y la llegada de la Semana Santa condicionaron todos los preparativos. Con posterioridad, se retomaron los festejos pero nada se vuelve a decir del alcázar, aunque allí residió la pareja hasta el 13 de mayo, día de su partida hacia Córdoba.

Como puede advertirse, son pocas las referencias al lugar en el que se produjeron los hechos narrados. Más allá del salón de Embajadores, donde se celebró la boda, el resto de las escenas se habrían desarrollado en los aposentos de los reyes, donde incluso se instaló un pequeño altar con con objeto de velar a los novios y donde cenaron en la más absoluta intimidad. Poco más sabemos de lo ocurrido durante los dos meses de estancia en el Real Alcázar. Los cronistas reparan en la amorosa relación de los recién casados y, sobre todo, en los hechos políticos que rodearon a aquel episodio. Tan sólo tangencialmente aparece ante nosotros el testimonio del embajador veneciano, el humanista Andrea Navagero, quien nos regala una breve descripción de «un palacio que fue de los reyes moros, muy bello y muy rico, labrado a la morisca», del cual destaca sus ricos mármoles, el agua abundante que fluye por sus cámaras y sus hermosos jardines poblados de limoneros. El resto de lo que ha llegado hasta nosotros lo conforma un cúmulo de noticias procedentes de textos literarios, especulaciones y chascarrillos para turistas. Como es sabido, en todo lo que rodea al alcázar, la leyenda viene a cubrir, con mayor o menor fortuna, los espacios mudos que ha dejado la historia, alimentando la imaginación y la memoria colectiva.

EL ALCÁZAR QUE CONOCIERON LOS NOVIOS. Andrea Navagero define con acierto aquel lugar. En lo esencial, los hechos narrados se produjeron en un edificio medieval marcado por el legado islámico, el cual fue observado por el humanismo renacentista, tanto en Italia como en España, con respeto e interés. En cierta medida, este movimiento supo ver en él un fenómeno no exento de nobleza, en el cual se vislumbraba la herencia de un pasado clásico al que, como sabemos, le rendía culto.

Cuando la comitiva imperial se dirigía al alcázar, se elevaba ante ella un complejo arquitectónico ceñido por recios muros almenados, conformado por estructuras de muy diversa condición erigidas durante siglos por príncipes musulmanes y cristianos. La vasta superficie disponible, sin embargo, había llegado al siglo XVI con un orden dispuesto por los monarcas castellanos tras la conquista de la ciudad. En el seno del conjunto almohade, Alfonso X construyó un palacio en el cual se manifestaban con pericia los atributos del gótico cortesano del siglo XIII. Junto a este ambicioso edificio, Pedro I erigió un nuevo palacio, concluido en 1366 con el concurso de maestros sevillanos, toledanos y nazaríes. Considerado como la joya de la arquitectura palatina mudéjar, este edificio pasaría a convertirse en el núcleo residencial de la Corona hasta nuestros días, para lo cual debió someterse a un proceso continuo de rehabilitación.

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