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Un mundo en transición

Política y religión en la década de 1520

El matrimonio de Carlos V tuvo lugar en un contexto singular, tanto en lo referente al orden interno peninsular como en lo concerniente a las relaciones políticas con otros países europeos. Por su carácter de matrimonio de estado, el enlace tenía una notable repercusión internacional, ya que afectaba al sistema de alianzas y equilibrios que se registraba en el continente.

JUAN JOSÉ IGLESIAS RODRÍGUEZ
UNIVERSIDAD DE SEVILLA

Carlos V fue el emperador del Sacro Imperio Romano Germánico y el monarca más poderoso de la Europa de su tiempo, no sólo por ostentar la dignidad imperial, sino también porque acumulaba en su persona un amplio conjunto de herencias que comprendían la totalidad de los territorios de las coronas de Castilla y Aragón, así como de las casas de Borgoña y Habsburgo.

EL DESCONTENTO EN LA PENÍNSULA. En el plano interno peninsular, el matrimonio del emperador con Isabel de Portugal contribuía a dar satisfacción a una sentida demanda de los castellanos, ya manifestada en las Cortes de Valladolid de 1518 y, de forma más contundente, durante la rebelión comunera: la hispanización del monarca. Nacido y educado en los Países Bajos, Carlos era visto a los ojos de los castellanos como un extranjero. Su llegada a España en 1517, acompañado de un séquito de cortesanos flamencos que se mostraron ávidos por adueñarse de oficios, beneficios y recursos propios de Castilla, provocó una reacción adversa entre los naturales del reino.

Los castellanos temían convertirse en un mero apéndice del imperio y solicitaron al rey que residiera en el país, que aprendiera el castellano (lengua que desconocía), que no dejase el gobierno de Castilla en manos de extranjeros, y que no permitiera la saca de dinero castellano fuera del reino, entre otras peticiones. El proyecto de contraer matrimonio con una princesa española resultaba también algo recomendable en este mismo orden de aspiraciones y razonamientos.

Por esto último podía entenderse también una princesa portuguesa, pues la tradición de matrimonios reales entre Castilla y Portugal se remontaba mucho tiempo atrás, al menos hasta el reinado de Fernando IV, casado en 1302 con Constanza de Portugal. Posteriormente, Alfonso XI, Juan I, Juan II y Enrique IV se casaron también con infantas portuguesas. Del mismo modo, la política matrimonial de los Reyes Católicos incluyó enlaces con la casa real portuguesa: el de su hija Isabel con el infante don Alfonso —heredero de la corona de Portugal—, en primer lugar y, más tarde, al quedar viuda de éste, con Manuel I el Afortunado; y el de su hija María con este mismo rey luso, tras la muerte de su hermana Isabel.

Pero no sólo se registraron turbulencias en Castilla. En paralelo al movimiento comunero se alzaron también las germanías de Valencia, protagonizadas por los menestrales de esta ciudad y extendidas al campo valenciano, con un visible componente antiseñorial. Este levantamiento tuvo igualmente una secuela en el reino de Mallorca que se prolongó hasta 1525, en vísperas del matrimonio del emperador.

HABSBURGOS CONTRA VALOIS. Ya por entonces, las exigencias de la política internacional eran muy altas para el emperador y pesaban de una manera gravosa sobre los recursos de su hacienda. En vísperas de su matrimonio concluía la primera de las guerras que mantuvo con el rey de Francia, Francisco I de Valois. Las buenas relaciones con el país vecino, certificadas por el tratado de Noyon de 1516, se quebraron por el enfrentamiento que ambos monarcas mantuvieron con ocasión de la elección al trono imperial, a la muerte del emperador Maximiliano de Habsburgo. Francisco I también se postuló como candidato, compitiendo con Carlos, quien finalmente se hizo con la dignidad imperial que había ostentado su abuelo en competencia con el rey de Francia.

Esta circunstancia causó la rivalidad personal entre ambos monarcas, alimentada también por otras causas de carácter territorial que los distanciaron y que provocaron el estallido de una larga guerra (la primera de las cinco que mantuvo el emperador con Francia a lo largo de su reinado) entre los años 1521 y 1526, que comenzó con el ataque francés a Luxemburgo y Navarra, ambas posesiones de Carlos V, aprovechando la agitación interna existente en Castilla con ocasión de la rebelión comunera.

En 1525, Francisco I fue derrotado y hecho prisionero en la batalla de Pavía. Ello concedió al emperador una ventaja que no desaprovechó: como condición para ser liberado, el rey de Francia se vio forzado a firmar, a comienzos de 1526, el tratado de Madrid, que le impuso duras condiciones, entre las cuales se encontraban la renuncia a sus pretensiones sobre Nápoles y el Milanesado, así como al intento de revertir la situación de Navarra, anexionada por Fernando el Católico en 1512, y la devolución del ducado de Borgoña.

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