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Sevilla, 1526

La ciudad que recibió a un emperador

¿Cómo era la Sevilla que recibió a Carlos V en 1526? ¿Cómo se veía a sí misma? ¿Qué impacto tuvo en la ciudad la visita del emperador? Aquella fecha no recuerda únicamente la boda de Carlos V con Isabel de Portugal, marca además el comienzo del proceso de transformación de una ciudad medieval a otra renacentista.

RAFAEL M. PÉREZ GARCÍA
UNIVERSIDAD DE SEVILLA

La Sevilla que en marzo de 1526 recibió al emperador Carlos V era una ciudad tan gigantesca como única en la Europa de su tiempo. Sobre su enorme silueta, acostada en la vega del Guadalquivir y ceñida por la larguísima muralla almohade, sobresalían el alcázar real y la mole de la nueva catedral gótica con su esbelta torre de época islámica, todavía no coronada por la obra renacentista que hoy la preside. Alcázar y catedral no solo eran ya los principales edificios y símbolos de la ciudad, sino que además recordaban su carácter regio. Si aquel alcázar se vinculaba en el imaginario ciudadano con el pasado árabe, el inmenso templo tardogótico servía de custodia del cuerpo del rey Fernando III, ya tenido en la urbe por santo: no en vano él había sido quien, en 1248, había conquistado la ciudad reintegrándola en la cristiandad. Sevilla no solo guardaba sus restos mortales, también su memoria. Así, tan cierto como que los vestigios islámicos seguían siendo omnipresentes en sus calles, baños y monumentos, lo era que Sevilla era ante todo la ciudad de Fernando III, cuya figura de rey y santo constituía el basamento político de una ciudad castellana y cristiana asentada en un marco urbanístico almohade. Así, la ciudad, que en 1526 recibió al emperador, era una metáfora de la victoria de la cristiandad sobre el Islam. Y si sus jardines y belleza le conferían una llamativa singularidad, su grandeza pasada y presente resultaba asimismo evidente para los viajeros extranjeros que pasaban por ella, como el alemán Jerónimo Münzer en 1494, o el embajador veneciano Andrea Navagero, que acudió a la ciudad en aquel mes de marzo para asistir a la boda del emperador Carlos V con Isabel de Portugal. Ante los ojos de aquellos forasteros, el alcázar de Sevilla era parangonable con la Alhambra de Granada, su catedral con la de Toledo, y la torre de ésta con el campanario de la basílica de San Marcos de Venecia, doblando las desmedidas proporciones de su casco urbano al de Nüremberg, una de las más ricas ciudades de Alemania.

SEVILLA: PUERTA DE LAS INDIAS. El Guadalquivir era el otro gran elemeto que permitía comprender a la Sevilla del año 1526. Durante los siglos anteriores, el río había sido la arteria que conectaba la ciudad con el mar, siendo su puerto un punto fundamental de las grandes rutas comerciales que unían el Mediterráneo con el norte de Europa. Ahora, desde que Cristóbal Colón llegase en 1492 al Caribe y comenzase el asentamiento español en el Nuevo Mundo, Sevilla se había convertido en la cabecera del comercio con éste y sede de la Casa de la Contratación, el organismo que desde 1503 se encargaba de regir el tráfico mercantil y la navegación hacia las Indias. Como institución dependiente de la Corona, la Casa fue establecida en dependencias del alcázar. Y Sevilla, cada vez más, fue llenándose de mercaderes venidos de Toledo, Burgos, Valencia y Barcelona, así como de Inglaterra, Génova o Florencia, todos ellos atraídos por los extraordinarios productos de su tierra (como el aceite o los vinos) y por las promesas de los nuevos negocios que ofrecían las exploraciones oceánicas.

Tres décadas de estrecha relación con América habían transformado a Sevilla en un centro económico internacional de primer orden. En ella se habían asentado varios bancos genoveses vinculados a grandes familias como los Centurione, Vivaldi, Grimaldi o Cataño quienes, además de enriquecerse como banqueros del joven emperador, perseguían hacerse con la mayor parte del oro que arribaba desde el Caribe. Por ello, y a pesar de que hasta hacía muy pocos años la presencia española en América había estado limitada a las principales islas caribeñas y a la costa de Panamá, el primer ciclo del oro del Caribe y la llegada de otros productos americanos —como el palo brasil, estratégico para la industria textil, o las perlas y el aljófar— habían tenido un impacto enorme en la economía de la ciudad, situándola en el mapa de las grandes plazas financieras y mercantiles de Europa.

Y, aunque a mediados de la década de 1520 el oro del Caribe parecía agotarse, la conquista de Tenochtitlán y del imperio azteca por Hernán Cortés (1521) abrió un nuevo horizonte de insospechadas oportunidades en América. De la misma manera que la culminación de la primera vuelta al mundo parecía abrir la ruta de las islas de las Especias en Asia después de que Juan Sebastián Elcano hubiese arribado al muelle de Sevilla comandando la nao Victoria el 8 de septiembre de 1522.

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