El rey Carlos I de Castilla y Aragón, soberano de los Países Bajos, fue elegido en 1520 como Sacro Emperador Romano, lo que le situaba a la cabeza de los reinos de la Europa cristiana. Diez años después sería el último emperador coronado por el papa. Su boda con Isabel de Portugal fue un elemento más de una amplia red continental de alianzas familiares que le unió con numerosos países europeos.
El 31 de marzo de 1520, en Santiago de Compostela, el rey Carlos I, recién elegido Emperador, hacía pronunciar por el obispo Pedro Ruiz de la Mota un discurso dirigido a los procuradores de las Cortes de Castilla, en el que se jactaba:
«[En verdad, S.M. no tiene necesidad de dignidades, pues tiene la mayor que hay en el mundo que, aunque hay muchos Príncipes y muchos Reyes, Emperador no hay sino uno]
No tiene necesidad de Reinos, pues tiene muchos y buenos...
[contento estaba con la grandeza de España, y con la mayor parte de Alemania, con todas las tierras de Flandes, y con otro Nuevo Mundo de oro fecho para él, pues antes de nuestros días nunca fue nacido]»
La conquista de México, otro imperio rico en oro y plata, ya había comenzado y un primer presente áureo de Hernán Cortés se había recibido en diciembre de 1519. Meses después del discurso, el 23 de octubre en Aquisgrán, junto a la tumba de Carlomagno, Carlos juraba defender a la Santa Iglesia y recibía la corona imperial por parte de los arzobispos electores de Colonia y Tréveris. Sería su primera coronación. Diez años más tarde recibiría en Bolonia la coronación imperial definitiva de manos del papa, así como la corona de hierro del reino de Italia.
Como tal emperador y rey, Carlos se convertía en soberano de un vasto territorio que abarcaba desde las costas del Mar del Norte y el Báltico hasta el Mar Tirreno y las fronteras de los Estados Pontificios, comprendiendo los actuales países de Alemania, Austria, la República Checa, Suiza, los Países Bajos, Bélgica, Luxemburgo y partes de Italia, Eslovenia, Polonia, Dinamarca y Francia. Sin embargo, el poder efectivo que podía ejercer el Emperador era limitado, pues la constitución del Imperio dotaba de una autonomía muy amplia a los príncipes y las ciudades imperiales. Además, el título imperial era electivo, con lo que se fortalecía el poder de los príncipes, sobre todo los siete electores. Incluso los avances que el abuelo de Carlos, el emperador Maximiliano I, había conseguido con la reactivación de las instituciones imperiales estaban disminuidos por las concesiones que Carlos tuvo que hacer a los electores.
La dignidad imperial comportaba la jefatura civil de la cristiandad occidental. Ahora bien, este poder universal del Emperador, compartido con el Papa (jefe religioso), no era reconocido de hecho por los demás reyes, quienes se consideraban emperadores dentro de su reino y sólo le aportaba una preeminencia honorífica.
Así, la corona imperial no le daba a Carlos V un poder efectivo. Este poder provenía realmente de sus estados hereditarios y de sus conquistas. Los estados hereditarios fueron la base de su autoridad real y dotaron de contenido los vacíos de sus rimbombantes títulos imperiales.
Otra cuestión era la enorme influencia política derivada de la red de alianzas matrimoniales con las principales dinastías de Europa. Carlos era sobrino y cuñado de Manuel I y Juan III de Portugal. Las bodas reales de 1526 con la infanta Isabel respondían a esta lógica de alianza peninsular, siguiendo la práctica de los Reyes Católicos. Carlos era también pariente de los reyes de Inglaterra, Dinamarca, Noruega y Suecia, Hungría y Bohemia, y hasta de su contrincante el rey de Francia. Sólo quedaron fuera de su alcance los reinos de Polonia y Escocia, y la Rusia del zar Iván el Terrible.
BORGOÑA: NUESTRA PATRIA. La personalidad de Carlos V se conformó en su país natal, el condado de Flandes, perteneciente a los dominios del ducado de Borgoña («Borgoña, nuestra patria» le dirá Carlos a su hijo Felipe, muchos años después). El joven Carlos, aunque nacido en Gante, fue criado y educado en la corte de su tía y regente, Margarita de Austria, radicada en Malinas, y en el universo cultural flamenco donde el arte, el lujo y esplendor del ceremonial cortesano borgoñón se entrelazaban con los ideales caballerescos de la nobleza bajomedieval y la resurgencia de la mitología clásica. Allí nació la más prestigiosa de las órdenes militares —la del Toisón de Oro— cuyo maestrazgo heredó Carlos de su padre Felipe el Hermoso en 1506, al mismo tiempo que el conjunto de territorios y pretensiones que constituían ese singular estado de Borgoña.