Sevilla fue, en tiempos de Carlos V, un hervidero de actividad económica y cultural. Una red de talleres tipográficos surtió de textos impresos a instituciones y lectores, sirviendo de cauce a la difusión tanto de los productos librarios ya asentados como de los innovadores. En ese contexto emergieron figuras que destacaron en sus respectivos campos: la traducción (Diego López de Cortegana), la bibliofilia (Hernando Colón), la divulgación (Pedro Mexía), la creación poética (Gutierre de Cetina) o la actividad teatral (Lope de Rueda).
En el arranque de la Edad Moderna, el libro impreso se convirtió desde su aparición en factor clave de la educación y de la cultura. Ahora bien, su incidencia en la sociedad estaba sujeta a factores diversos: unos de orden técnico-empresarial, y otros derivados del contexto socio-económico y educativo. Con todo, un esfuerzo sostenido de alfabetización permitió ampliar el número de lectores potenciales que nunca dejó de ser bastante escaso, particularmente entre las mujeres —limitación que se vio paliada, en parte, por el mantenimiento de prácticas del pasado como la transmisión oral de los textos y la lectura colectiva en voz alta—. A ello contribuyó el desarrollo de las instituciones educativas, un proceso que estuvo estrechamente ligado a la actividad de la Iglesia, en su doble función formativa y de control. Así, en Sevilla, existía —desde antes de 1400—, el colegio de San Miguel, como fundación del Cabildo eclesiástico, en cuyas aulas se formaban los muchachos que cantaban durante los rezos litúrgicos. La primera fundación universitaria andaluza también tuvo lugar en Sevilla, a expensas de Rodrigo Fernández de Santaella, canónigo magistral en la sede hispalense. El colegio de Santa María de Jesús fue autorizado como centro superior por el papa Julio II en 1505, aunque no recibió a sus primeros estudiantes hasta 1517. Mientras éste se ponía en marcha, el arzobispo fray Diego de Deza promovió la creación del colegio de Santo Tomás, atendido por los dominicos y destinado a la formación de miembros de esa orden.
IMPRESORES Y LECTORES. No es casual que la implantación de los talleres de imprenta tuviese lugar en ciudades que eran importantes centros eclesiásticos o educativos ya que aquellos debían suministrar los textos necesarios tanto para el estudio como para la actividad catequética y litúrgica de la Iglesia. El caso de Sevilla es, con todo, excepcional, ya que a las características mencionadas se unía la de metrópoli comercial y financiera por su condición de puerto de Indias y sede de la Casa de Contratación (1503). La conjunción de estos factores hizo de la imprenta sevillana una de las más importantes de España durante la primera mitad del siglo XVI. Buena parte de ese predominio se debe a la actividad de la saga Cromberger (Jacobo, 1504-1528; Juan, 1528-1540; y Jácome, 1540-1560), que publicó más de 550 impresos conocidos, entre pliegos y libros de diferente extensión. Además, Juan fue el responsable de llevar la imprenta al Nuevo Mundo (ciudad de México, 1539), poniendo al frente de ese taller a uno de sus empleados, Giovanni Paoli o Juan Pablos. La producción de la saga abarcó el amplio espectro de los textos disponibles en la época, teniendo en su base aquellos de venta asegurada (misales y otros libros litúrgicos, diccionarios, cartillas y catecismos, indulgencias, leyes y ordenanzas, etc.). Si nos centramos en lo literario, en sentido amplio, se percibe la insistencia en obras, géneros y autores del Medievo castellano o seguidores de ellos; mención particular merecen las dos ediciones, en 1535 y 1540, de un renovado Cancionero General.
En la esfera religiosa se observa, de un lado, la pervivencia de algunos títulos consagrados del periodo precedente, caso de la Vita Christi de Ludolfo de Sajonia o la Imitatio Christi de Tomás de Kempis. De otro lado, es patente la introducción de títulos y autores que reflejan una espiritualidad renovada y, en no pocos casos, problemática a ojos de los guardianes de la ortodoxia. En efecto, Jacobo Cromberger imprimió algunas de las primeras traducciones españolas de Erasmo de Rotterdam (Sermón del niño Jesús, 1516; Querella de la paz; 1520) y él, o sus sucesores, dieron acogida a autores situados en el campo del reformismo católico (Girolamo Savonarola, Bernardino de Laredo, Francisco de Osuna), cuando no en los límites mismos de la ortodoxia, caso de Constantino Ponce de la Fuente, canónigo magistral de la sede hispalense que acabó muriendo en la cárcel de la Inquisición (1560).
Otros impresores sevillanos destacados del periodo fueron Juan Varela de Salamanca (1509-1539), quien también vivió una breve etapa granadina; Bartolomé Pérez (1529-1543), especializado en la impresión de menudencias; Dominico de Robertis (1533-1549 y 1550-1554, asociado con Pedro Luján), quien priorizó en sus prensas la materia caballeresca; Martín de Montesdoca (1553-1558), del que se conocen algo más de treinta impresiones, entre ellas diversas obras del dominico Domingo de Valtanás, luego procesado por la Inquisición; o Sebastián Trujillo (1549-1569), responsable de la publicación de siete opúsculos de fray Bartolomé de las Casas entre 1552 y 1553, así como algunos títulos del citado Valtanás, entre otros ejemplos.