Durante los trece años que Isabel de Portugal vivió en España, entre 1526 y 1539, su existencia transcurrió en el marco de la suntuosidad que requería su condición de hija del monarca europeo más rico de su momento, Manuel I de Portugal (1469-1521), llamado El Afortunado, y de esposa del soberano que fue reconocido con la mayor dignidad de su momento, el emperador Carlos V (1500-1558). Tan privilegiada situación de emperatriz se expresó visualmente mediante los recursos disponibles de su momento, proporcionados por las diversas contribuciones de las artes puestas al servicio de la excelsa categoría de su persona.
El matrimonio del emperador Carlos V (1500-1558) con la infanta Isabel de Avis (1503-1539), hija de Manuel I de Portugal (1469-1521), El Afortunado, y de su segunda esposa, María de Aragón (1482-1517), propició el funcionamiento de una corte de singular magnificencia, como correspondía al elevado rango imperial del monarca. Su esposa se convirtió en su principal impulsora, asistida por excelentes artistas y artífices que formaron parte de su casa o que trabajaron eventualmente para ella.
LA SUNTUOSA CORTE PORTUGUESA. La princesa Isabel procedía de una corte donde las artes suntuarias, particularmente la platería y la joyería, habían conocido un extraordinario desarrollo, lo que propició un lenguaje de poder basado en la magnificencia. Numerosas materias primas preciosas llegaban por entonces a Lisboa, gracias al desarrollo de la navegación y del comercio ultramarino portugués, que en 1498 ya había alcanzado la India. De allí procedía un collar que le regalaron a los dieciséis años, cuando se consideró que ya estaba en edad casadera, y que se componía de varias piezas de oro con rubíes y once pinjantes adornados con zafiros y aljófar.
Antes de que Isabel de Portugal llegara a España, ya se había enviado a la corte carolina un retrato de la futura esposa. Juan Dantisco, embajador del rey de Polonia, afirmó haber visto la pintura y calificó de «hermosísima» a la novia. Se desconoce el paradero de esta obra, pero se trata de un «retrato de presentación» que se enviaba al otro contrayente para avanzar el aspecto del cónyuge cuando no había sido posible que la pareja matrimonial se conociera en persona antes de desposarse.
El retrato era de pequeño formato y la imagen representada debió de asemejarse a la que muestra la miniatura del siglo XVII conservada en la Galería Nacional de Parma (Italia), en la que se reproducía una pintura —o una copia de ella— realizada del natural antes de la partida, y que habría permanecido en la corte portuguesa.
La joven de rubios cabellos aparecía vestida de negro, como era usual en la corte lusa. Su aspecto juvenil y el posado sugerían que el retrato original se realizó con motivo del acuerdo matrimonial, extremo que corroboran los eslabones en forma de C —inicial del nombre de su esposo— que conforman el collar que luce al cuello. Más adelante, el simbolismo matrimonial expresado mediante el enlazado de las iniciales de los cónyuges imperiales se representó de modo seriado en los aposentos más privados de la Alhambra de Granada.
El modo en el que fue figurada Isabel de Portugal en su pequeño retrato —de busto y ligeramente girada— se repitió posteriormente en algunos dípticos con las representaciones afrontadas de la pareja imperial, atribuidos al pintor flamenco Jan Vermeyen (1500-1559), quien trabajó para el emperador. La imagen de la joven también pudo constituir el modelo para las pinturas realizadas por Tiziano años más tarde —sobre todo para el retrato desaparecido, en 1604, durante el incendio del Palacio del Pardo, conocido por un grabado— así como para el retrato pintado por William Scrots (activo entre 1557 y 1573) que se conserva en el Museo de Poznan (Polonia). Los epígonos de este modelo serían las esculturas en diverso formato, realizadas en bronce y mármol por los Leoni, y la versión del modelo tizianesco que hizo Rubens en la pintura de la pareja real, perteneciente a la Casa de Alba y conservada en el Palacio de Liria, en Madrid.
LA MEMORIA ARTÍSTICA DEL ENLACE IMPERIAL EN SEVILLA. El retraso —probablemente intencionado— de Carlos V en llegar a Sevilla, con respecto a las fechas previstas, permitió que, en su ausencia, la emperatriz fuera la protagonista de la «entrada real» preparada para él, según el ceremonial que se desplegaba cuando los reyes llegaban oficialmente a una ciudad por primera vez y eran recibidos solemnemente por las autoridades locales y el júbilo popular. Diversas referencias heráldicas y epigráficas, así como ciertas figuras alegóricas relativas a la emperatriz, se distribuyeron en los arcos y decoraciones repartidas a lo largo del recorrido. La recién llegada emperatriz lució con su propio esplendor y se presentó a la vista de sus súbditos en un marco triunfal.