Los fastos imperiales que se celebraron en Sevilla con motivo del himeneo entre el rey Carlos I y la infanta Isabel de Portugal estuvieron condicionados por el luto de la corte. La ciudad compensó, sin embargo, la relativa sobriedad de la fiesta palaciega con un extraordinario recibimiento de siete arcos de triunfo al romano que celebraban las virtudes del nuevo e invicto César. Pasada la Semana Santa se ejecutaron suntuosas justas y torneos, una ocasión para el lucimiento de la nobleza andaluza y europea.
Cuando se celebraron los fastos nupciales sevillanos en la primavera de 1526, las casas de Austria, Borgoña y Portugal compartían con el reino de España estrechos vínculos familiares y una cultura caballeresca común. Un siglo antes del acontecimiento que vamos a relatar, en 1430, otra infanta portuguesa de nombre Isabel, tía bisabuela de la novia, había desposado con Felipe el Bueno, duque de Borgoña, abuelo de María de Borgoña que, a su vez, lo era del emperador. Aquella boda se celebró en los jardines del castillo de Hesdin, con una escenografía inspirada en la historia de Jasón y el vellocino de oro, motivo legendario que tomaría por divisa la orden del Toisón. Esta hermandad de la más alta nobleza europea estuvo presidida, desde 1477, por el emperador Maximiliano de Austria, abuelo de Carlos, quien quiso perpetuar sus propias experiencias como caballero en un libro ilustrado, el Turnierbuch Freydal o Libro de torneos de Freydal, en el que resumía sus ejercicios militares con otros combatientes.
Las fiestas y alegrías que se celebraron en Sevilla, en abril de 1526, fueron esencialmente juegos ecuestres que participaban de esta tradición caballeresca borgoñona y alemana, aunque con modalidades —como las cañas y los toros— propiamente ibéricas. Una mentalidad deportiva que comenzaba con el desafío de palacio y terminaba en el mismo enclave, después de la refriega, con danzas y saraos que se prologaban hasta altas horas de la noche. Ninguna huella ha quedado, sin embargo, de la celebración de momos, entremeses o farsas, actividades propias asimismo del fasto nobiliario, para disgusto de los estudiosos del teatro que esperaban hallar en Sevilla un ambiente teatral receptivo semejante al de la corte lusitana de Gil Vicente o la castellana de los duques de Alba.
LOS SIETE ARCOS TRIUNFALES. Mucha más relevancia tuvo, en cambio, el aparato escenográfico que construyó la ciudad para recibir a los reyes embelleciendo con arcos de triunfo el recorrido que habían de transitar los monarcas. Isabel entró en primer lugar, el 3 de marzo. Y su joven esposo, entretenido en asuntos diplomáticos con Francia, lo hizo una semana después, el día 10. Se alzaron siete arcos de gran porte al estilo italiano situados entre la puerta de la Macarena, el primero, y las gradas de la Catedral, el último, siguiendo la antigua calle real, de acuerdo con la tradición medieval que había iniciado Alfonso XI y culminando en las suntuosas entradas de los Reyes Católicos. Las descripciones conservadas de la ornamentación y letras latinas del recibimiento carolino (no disponemos, en cambio, de dibujos ni grabados) permiten recuperar el significado del programa de las virtudes políticas que debían inspirar al regio gobernante, empezando como proponía Cicerón en el De Republica por la Prudencia que, unida al ánimo activo, hacían ligera cualquier carga incluida la ingratitud de los ciudadanos. Le seguían la Fortaleza, la Clemencia, la Paz —hija de las dos anteriores— y, por fin, la Justicia entendida como equidad y concordia, indispensable para alcanzar la Gloria a la que asistían las virtudes teologales en su oficina, labrando las coronas que iban a lucir los jóvenes esposos. No es este lugar para tratar con detalle cada uno de estos monumentos efímeros pero el interesado encontrará abundante información en las lecturas que recomendamos.
De toda esta narrativa visual resulta significativo que el arco final estuviese inspirado en el tema de la cuarta égloga de Virgilio, al que Francis A. Yates dedicó un benemérito trabajo. El poeta romano exalta la Gloria anunciadora de la edad de oro de la Justicia y de la Paz que la tradición medieval gibelina identificó con el emperador divinizado, Dominus mundi, a su vez fuente de Justicia imperial y divina. Es decir, las figuras alegóricas elegidas para los arcos culminaban en el triunfo final —o triunfo eterno, si seguimos la concepción de Petrarca—, donde la propia Gloria coronaba al Divvs Carolvs y a la Diva Elisabet con las preseas forjadas por las virtudes teologales en el arco-hito precedente, situado en la plaza del Salvador. En resumen, letras capitales para altos soberanos que anunciaban un reinado de paz universal bajo el imperio cristiano.