Columnas

Pietro Torrigiano

Muerte en las cárceles de Sevilla

Coetáneo de Rafael Sanzio, Pinturicchio, Leonardo da Vinci o Giulio Romano, el escultor florentino Pietro Torrigiano vivió en Italia la efervescencia del Renacimiento protegido por Lorenzo El Magnífico. Fue en su jardín donde dejó marcado, para siempre, a Miguel Ángel Buonarroti al propinarle un puñetazo en la nariz. Expulsado de Florencia por aquel suceso, Torrigiano se enroló en algunas guerras de Italia, marchó a Inglaterra para ponerse al servicio de la familia real y, al final de su vida, llegó a Andalucía, donde murió víctima del fanatismo de la Inquisición.

MONTSERRAT RICO GÓNGORA
ESCRITORA

La vida de Pietro Torrigiano aparece apenas deshilachada en la autobiografía que Benvenuto Cellini comenzó a dictar al jovencísimo Michele de Goro Vestri —hijo de su administrador— en 1558, mientras intentaba matar el tedio durante un arresto domiciliario por un delito de sodomía; en la ingente colección de biografías que escribió Giorgio Vasari en 1550 para complacer a monseñor Giovio y en los apuntes, acaso fríos, de muchos documentos y de una sola carta conservada escrita por su mano en 1518, cuando era protegido en Inglaterra por el cardenal Wolsey, capellán de Enrique VIII y primer ministro. Todo lo que se escribió después bebió de aquellas fuentes. Sinceramente, no parece mucho para poder arrojar luz a su etapa andaluza, pero es necesario hacer el esfuerzo de encontrar otros hilos con los que urdir esta trama.

Pietro fue hijo de Antonio de Torrigiano y Dianora Ducci. Nació en Florencia, el 24 de noviembre de 1472, cuando en la ciudad del Arno brillaba la estrella de los Médicis. Fue precisamente en el jardín de San Marcos, propiedad de Lorenzo de Médicis —apodado El Magnífico— donde comenzó su actividad artística. Este lugar, adyacente al convento de San Marcos, fue confiado al viejo Bertoldo, un escultor que había sido discípulo de Donatello. Allí los jóvenes modelaban el barro, esculpían el mármol y labraban los adornos que el Magnífico quería destinar a la futura biblioteca que acogería los miles de volúmenes que él y sus ancestros habían recopilado por todo el mundo.

Fue Cellini quien describió mejor su aspecto porque ambos frecuentaron los ambientes de la corte de los Médicis y porque Torrigiano se dirigió a él, en el taller de cierto Marcone, cuando en 1519 viajó de Inglaterra a su ciudad natal para reclutar artistas dispuestos a colaborar en la fábrica del sepulcro de Enrique VIII: «Era este hombre de bella apostura, muy arrojado; tenía más aire de soldado que de escultor, sobre todo por sus admirables gestos y su sonora voz, con un fruncir de cejas capaz de espantar a cualquier hombre hecho y derecho; y todos los días hablaba de sus bravuconerías con aquellas bestias de ingleses».

También Vasari incide en su mal carácter, aunque resulta difícil que lo hubiera conocido personalmente dado que todos sus biografiados ya habían fallecido en el momento de la redacción de Le vite de´piu eccellenti pittori, scultori et architetti..., salvo Miguel Ángel Buonarroti. «Torrigiano, escultor florentino, demostró tener más soberbia que arte, aunque tuviera muy buenas aptitudes». Hay que decir al respecto que Vasari no era imparcial y, aunque su obra no intentaba desprestigiar al resto de biografiados, en ella era evidente que ocupaba un puesto de honor el provecto Miguel Ángel del que había sido discípulo. Tanto él como Cellini recogen el suceso del puñetazo que Torrigiano dio a Miguel Ángel, a resultas del cual la nariz del maestro quedó desfigurada. Torrigiano, tres años mayor que Miguel Ángel, por pura rivalidad parece que no pudo soportar el reconocimiento que su condiscípulo estaba cosechando, después de dibujar las pinturas de Masaccio que se hallaban en la iglesia de Santa María del Carmine. En aquella primera juventud, como vemos, estaba ya bastante definido el carácter impulsivo de Torrigiano que tantos disgustos había de causarle.

Nació en Florencia, el 24 de noviembre de 1472, cuando en la ciudad del Arno brillaba la estrella de los Médicis. Fue precisamente en el jardín de San Marcos, propiedad de Lorenzo de Médicis —apodado El Magnífico— donde comenzó su actividad artística

Para acceder al contenido completo es necesario realizar la suscripción