Mariana de Pineda no sólo fue: la hicieron. Estudiada por los historiadores, y elevada a la memoria colectiva, es la mártir liberal por excelencia. Desde su trágica muerte hasta la proclamación de la Segunda República, en abril de 1931, se desplegó uno de los siglos más convulsos de la Historia española. Un periodo que no sólo moldeó el país, sino también la forma en la que su recuerdo ha llegado hasta nosotros. En este artículo vamos a ocuparnos de cómo la heroína se convirtió en mito.
¿De qué está hecha la Historia? Si cogiéramos una lupa para observar de cerca las hebras del pasado, veríamos que está compuesta, en gran parte, de relatos. Existen de muchos tipos: orales, escritos, algunos infundados y otros inventados. La construcción de las memorias colectivas se alimenta de todos ellos, porque de todo se hace Historia, aunque no siempre con mayúsculas. Roland Barthes decía que «el relato está presente en todos los tiempos, en todos los lugares, en todas las sociedades; el relato comienza con la historia misma de la humanidad; no hay ni ha habido jamás en parte alguna un pueblo sin relatos; todas las clases, todos los grupos humanos, tienen sus relatos». La literatura ha servido de alimento para la narración histórica y, el hecho histórico, de alimento para la literatura. Y entre todos esos relatos que tejen la gran bandera que es la Historia, hay uno que pertenece a Mariana Pineda.
Los hechos fueron así. Durante el Trienio Liberal se acercó a la causa liberal y, una vez viuda, ofreció su casa como lugar de acogida para varios liberales perseguidos. Demostrando un gran ingenio y valentía ayudó a un primo suyo, Fernando Álvarez de Sotomayor, a escapar de la cárcel donde cumplía condena por haber participado en conspiraciones políticas, disfrazándole de fraile. La granadina, de tan sólo veintiséis años, fue ajusticiada por garrote vil en 1831, tras habérsele descubierto una bandera con la inscripción «Libertad, Igualdad, Ley». Tuvo la oportunidad de escapar a la muerte, pero sus convicciones le llevaron a preferir afrontar su destino antes que delatar a sus compañeros. Portaría este inusual valor, como un estandarte, hasta el momento de su muerte. Desde entonces, su figura ha traspasado el marco de los hechos para fundirse con la creación literaria y, sobre todo, el mito.
Monumento a Mariana de Pineda en la actualidad, ubicado en la céntrica plaza que lleva su nombre en Granada. Fotografía de la autora.
EN 1836 SE RECUPERA LA MEMORIA: MONUMENTO EN GRANADA Y TRASLADO DE LOS RESTOS. Cuando murió Mariana no habían pasado ni cincuenta años de la Revolución Francesa, el momento en el que nació el culto a las personalidades civiles. Pronto se extendió a otros países. España no fue una excepción. La Guerra de la Independencia fue el germen de una importante hornada de héroes civiles, reconocidos como mártires de la patria, tomando así el relevo a las figuras religiosas y reclamando para sí ese altar de la memoria colectiva. Tan sólo pasaron dos años de la muerte de Mariana cuando muere Fernando VII. Con eso se demuestra que la vida política española había notado la pérdida de la influencia eclesiástica, de la mano de aquel ambiente romántico europeo, y que los liberales eran tan o más patriotas que el resto. Tres años más tarde, en el palacio de La Granja de San Ildefonso —donde veraneaba la Familia Real—, se sublevó un grupo de sargentos de la guardia y obligó a la regente a restaurar la Constitución de 1812. Es en medio de este despertar liberal en el que el nombre de Mariana Pineda empezó a adquirir un tono, podríamos decir, legendario. Desde que murió en el cadalso hasta que volvieron a hablar de ella pasaron, más o menos, cinco años, tras los cuales José Peña de Aguayo, quien fue el padre de una de sus hijas, publicó la primera biografía sobre Mariana y a ella le dedicaría unas palabras tan bonitas: «Doña Mariana Pineda debe contarse entre la mujeres célebres no sólo de su siglo, sino de los más heroicos de la antigüedad. [...] Su nombre se pronunciará por la posteridad con respetuosa veneración, y su memoria, cubierta de una gloria inmarcesible, pasará de generación en generación para no olvidarse jamás».