Francisco de Saavedra (Sevilla, 1746-1819) es un gran desconocido de nuestra historia. Su nombre apenas nos dice nada a pesar de haber sido ministro de Hacienda y Estado con Carlos IV, después de una brillante carrera en España y en América. Si bien, alcanzó su mayor significación política durante la guerra de la Independencia. De la noche a la mañana, sin proponérselo ni soñarlo, se vio convertido en presidente de la Junta Suprema de Sevilla y, después, se alzó como el principal inductor para la formación de la Junta Central de la que, en contra de su voluntad, fue nombrado ministro de Hacienda y de Estado. En las circunstancias más dramáticas de la historia de España, en la noche del 31 de enero de 1810, fue elegido regente de España en la Isla de León. En aquella hora tan desesperada, su amigo Jovellanos lo proclamó «el salvador de la patria».
Nacido y fallecido en Sevilla, ningún otro hombre de Estado de su época conoció tan bien Andalucía desde su más temprana juventud, a través de innumerables viajes por la mayor parte de su geografía, ni adoptó después medida de tanta trascendencia para su territorio. Entre los ministros españoles que ostentaron la cima del poder —desde Ensenada o Grimaldi hasta Floridablanca, el conde de Aranda o Godoy—, Francisco de Saavedra distó mucho de ser un aventurero o un intrigante favorecido por la fortuna. De joven aspiraba a ser nombrado sargento mayor de las Milicias Granadinas. Hombre de natural sencillo y humilde, siempre atribuyó su ascenso hasta la cumbre a la «suerte o muy bien la Providencia que, llevándome por sendas extraordinarias, nunca me ha concedido lo que procedía y después mucho más de lo que deseaba, y aún de lo que merecía».
Fue nombrado ministro de Hacienda y, después, de Estado, sin buscarlo. De la misma manera que fue elegido presidente de la Junta Suprema de Sevilla y, luego, ministro de Hacienda y de Estado de la Junta Central sin quererlo. Por su conocimiento de los asuntos de América, a él le correspondió la responsabilidad de tomar medidas de especial trascendencia. Elegido después regente por unanimidad, desempeñó un papel fundamental en la defensa de Cádiz frente a los ataques del mariscal Victor durante el asedio más grande de todas las campañas napoleónicas. Él fue el principal artífice de la resistencia que hizo posible que las Cortes pudieran reunirse en la única ciudad invicta ante la invasión.
Agustín de Argüelles, que lo trató entonces, llegó a escribir que Saavedra era «uno de los más celebrados hombres de Estado de su tiempo». Hasta fue propuesto como diputado de las Cortes gaditanas, a lo que se opuso de forma frontal.
A diferencia de muchos de sus amigos, no sufrió el resquemor de la envidia que minaba a tantos de ellos. Vio caer los imperios, y luego asistió a las escenas más terribles y sangrientas sin desesperarse ni dejarse arrollar por ellas. Fue la única personalidad de primer nivel de la política española que, en una crisis tan desgarradora como la que supuso la guerra de la Independencia, no fue víctima de esta. Hasta el punto de volver a ser respetado por todos cuando la contienda terminó, y pasar a ser paño de lágrimas de liberales y afrancesados. En las páginas que siguen vamos a referirnos brevemente a algunas vinculaciones del gran estadista con Andalucía.
El sevillano Francisco de Saavedra, «salvador de la pa- tria» a decir de Jovellanos, Anónimo, Museo del Prado.
Vista de Sevilla desde Triana (1738). Universidad de Sevilla, Fondo Antiguo (A Caj. 04/26).