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Entender la democratización

El legado intelectual de Luis Arranz

MANUEL ÁLVAREZ TARDÍO
UNIVERSIDAD REY JUAN CARLOS

Un gran historiador francés, François Furet, escribió que la comprensión del siglo XX «sólo es posible si nos liberamos de la ilusión de la necesidad: el siglo solo es explicable —en la medida en que lo sea— si le devolvemos su carácter imprevisible». Esas palabras respondían al determinismo económico que había inundado el estudio de la historia por influencia del marxismo. Bajo este enfoque, la democracia era una simple etapa de dominación. A los ojos del socialismo, la democracia, que no podía ser más que «burguesa» en esa etapa, era execrable y estaba destinada a desaparecer; y, con ella, el empeño, también liberal, de establecer mecanismos que evitaran la concentración y el abuso del poder. Constituciones, parlamentos, reglas electorales y derechos formales eran monsergas «burguesas», que sólo podían acabar en el cubo de la basura de la historia cuando la revolución diera paso a una sociedad sin clases; sólo entonces, habría libertad y democracia reales.

LA LOSA MARXISTA. Con el tiempo y los avatares de la historia del siglo XX, el suflé del marxismo se pinchó. El socialismo europeo no tuvo otra que travestirse poco a poco hasta alcanzar la madurez socialdemócrata. El proceso se completó sin demasiadas honduras teóricas, revisitando vagamente a Eduard Bernstein y tomando nota parcialmente de la crítica de Karl Kautsky al leninismo. Eso que llamaban capitalismo resultó ser un mecanismo perdurable de creación de riqueza y el despreciado liberalismo burgués, una herramienta necesaria para proteger los derechos individuales. El estalinismo soviético y el nacionalsocialismo alemán mostraron el precio del lenguaje antiliberal y del culto a la violencia como partera de la historia. Un crítico del marxismo y uno de los economistas más influyentes del siglo, John Maynard Keynes, había advertido ya que «el valor económico» del análisis de Marx «era nulo» y que el comunismo ponía en peligro «cada pizca de libertad civil y política que las generaciones anteriores habían conseguido de forma dolorosa».

Que el socialismo europeo occidental dejara de ser mayormente marxista y se reconvirtiera en una especie de socialcristianismo laico de izquierdas resultó útil para forjar el llamado consenso de posguerra. Sin embargo, siguió viva una pasión latente por el determinismo económico. Para el caso español resulta evidente.

El lenguaje del marxismo acabó relegado a minorías tras la caída del Muro, pero la forma de contarnos la llegada de la democracia española en el siglo XX ha seguido preñada de determinismo. Se aprecia a menudo en los manuales de enseñanza secundaria: en España, la democracia se retrasó porque el sistema político de la Monarquía era del tipo liberal-oligárquico y el objetivo de las «clases» que lo controlaban era poner la política parlamentaria al servicio de intereses particulares. Por eso durante el reinado de Alfonso XIII no se permitía una verdadera competencia por el voto y las elecciones estaban controladas por los caciques. Los grupos que se oponían a eso lucharon para cambiarlo, imbuidos de la esperanza de un proceso revolucionario que nunca acababa de llegar pero que finalmente abriría la puerta a la modernización del país.

CÁNOVAS Y LA CONSTITUCIÓN

La democracia española no se fraguó por un simple ejercicio de voluntad modernizadora, ni por una ruptura revolucionaria. Su historia no se puede reducir a un enfoque moral. Otros casos europeos muestran una pauta de éxito que, en España, no cuajó entre 1900 y 1939: ampliación del gobierno parlamentario, incentivos para la modernización de los partidos, competencia leal e izquierda no revolucionaria. El historiador Luis Arranz Notario fue pionero explicando esa pauta.

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Conferencia de Luis Arranz en la Real Academia de la Historia en marzo de 2019.

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Conferencia de Luis Arranz en la Fundación Areces en octubre de 2021.

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