En 1872 estalló nuevamente una guerra entre liberales y carlistas, la cual se dilató en el tiempo sobre todo por la inoperancia de la retaguardia republicana, enfrentada a tres conflictos bélicos a la vez, pues al carlista se sumaba a la insurgencia cubana y el movimiento cantonal. A partir de la restauración de la monarquía constitucional en la figura de Alfonso XII, su principal ministro, Antonio Cánovas del Castillo, decidió acabar con la guerra por dos vías: el acuerdo y la represión. Se prometieron indultos a los carlistas que abandonaran las armas, con garantías de reintegración al Ejército para sus oficiales y perdón para los guerrilleros. La propaganda alfonsina actuó con suma precisión, notificando el reconocimiento del hijo de Isabel II por el mítico general Ramón Cabrera y algunos altos militares legitimistas.
Aún más trascendental fue el reconocimiento que la Santa Sede realizó del monarca y su régimen, lo que restó legitimidad a los carlistas para presentarse como los únicos defensores de la Iglesia Católica frente a la revolución. No obstante, la guerra se decidió en los campos de batalla y, al ejército liberal, no le resultó nada fácil su victoria final. En enero de 1875, las fuerzas alfonsinas emprendieron una ofensiva definitiva a la que concurrió el propio monarca. El ejército liberal se propuso liberar Pamplona del cerco que le agobiaba desde hacía tiempo. Consiguió despejar el Carrascal y penetrar en la capital navarra.
Ya fuera debido a la presión de sus tropas, a una orden del monarca legitimista, Carlos VII, o a una decisión particular, el carlista Mendiri decidió atacar la columna del general Bargés, acantonada en Lácar a comienzos de ese mes. Al frente se puso el propio Carlos VII, mientras que Alfonso XII se hizo aconsejar por su ministro de la Guerra, el capitán general Joaquín Elío. Pese a las objeciones y reparos que puso Mendiri, el Pretendiente comprendió que resultaba preciso mantener la iniciativa y señaló como objetivo el pueblo de Lácar. Tras dos horas de combate, la derrota de los alfonsinos fue completa y a poco estuvo el joven rey de ser hecho prisionero. Pero la falta de disciplina de los voluntarios carlistas, y la ausencia de caballería ligera, impidieron consolidar su victoria.
No obstante, los carlistas consiguieron armas y pertrechos, y se hicieron más de quinientos prisioneros. Los alfonsinos decidieron suspender las operaciones hasta que tuvieran aseguradas las líneas del Arga y del Monte Esquinza, reduciendo al mismo tiempo los focos del Centro, Levante y Cataluña, para poder disponer de más soldados para atacar el fuerte reducto carlista del Norte. En compensación de la derrota de Lácar, Alfonso XII entró triunfalmente en Pamplona el 7 de febrero y, dos días más tarde, pasó el río Ebro por Castejón, visitando en Logroño al general Espartero el anciano líder progresista, todo un calculado guiño político para ganarse la opinión pública liberal.
Para lograr el final de la tercera guerra carlista, la monarquía constitucional utilizó tanto la promesa de indultos con garantías como la victoria de sus soldados en los campos de batalla. En Andalucía, los carlistas formaron partidas de guerrilleros cuya eficacia dependió de la presencia de fuerzas de la Guardia Civil y militares. Algunos edificios andaluces sirvieron como cárceles para prisioneros carlistas y los gobernadores intentaron evitar la fuga de dinero de los simpatizantes andaluces de Carlos VII hacia sus bases en el norte.
"¿Qué motivos tenéis para proseguirla? Si acudisteis a las armas movidos de la fe monárquica, ved ya en mí el representante legítimo de una dinastía que fue con vosotros lealísima hasta su pasajera caída. Si ha sido la fe religiosa la que ha puesto las armas en vuestras manos, en mí tenéis ya al rey católico como sus antepasados. Soy a la verdad también, y seré rey constitucional, pero vosotros, que tan grande amor tenéis a vuestras libertades veneradas, ¿podéis abrigar el mal deseo de privar de sus legítimas y ya acostumbradas libertades a los demás españoles?"
Fotografía de Carlos VII rodeado de sus oficiales, 1875.