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El malagueño que sirvió a su país

Cánovas y el aprendizaje de la libertad

JOSÉ ANTONIO PAREJO FERNÁNDEZ
UNIVERSIDAD DE SEVILLA

La libertad se ansía, se construye, se sufre, se añora cuando vencen sus enemigos y, sin libertad, los países fracasan. Su historia es tan antigua, está jalonada de tantos momentos fundantes y tantos fueron sus defensores a lo largo del tiempo, que se hace muy difícil componer un podium con sus campeones. Más que elaborar una lista de grandes nombres, quizás sea más ilustrativo comenzar estas líneas con una de las defensas más emocionantes que jamás se hicieron en su nombre y que inspiraría a muchos en el futuro. Aconteció un mes de febrero de 1819, en el Ateneo Real de París. Por entonces corrían tiempos poco propicios para hablar de Libertad. Hacía escasos años que los franceses habían dejado atrás la revolución, por lo que aún estaban muy presentes los crímenes que se cometieron en nombre de la santísima trinidad ilustrada: Liberté, égalité, fraternité.

Por aquellos años triunfaba Joseph de Maistre, un escritor saboyano, pensador, harto inteligente, muy culto y acaso el más vehemente enemigo de cuanto había significado la Ilustración. Era violento en el estilo. En su defensa de los inquisidores españoles, Cartas a un caballero ruso sobre la inquisición española publicada en 1819, nos da idea de su estilo combatiente: «Todos los grandes hombres han sido intolerantes y es menester serlo. Así el sermón en que Voltaire machaca tanto sobre la tolerancia, es un sermón para bobos, para gente engañada». Un último apunte: cuando los antimodernos, luego llamados reaccionarios, cargaron las tintas, no mintieron ni exageraron. Había que ser muy valiente, por tanto, para tomar la palabra en defensa de la Libertad en aquel tiempo. Y Benjamín Constant lo fue. Aquel 19 de febrero de 1819 lo primero que hizo fue recordar los crímenes de la revolución. Espantosos. Estaba claro que no cometería la indignidad de minorar lo ocurrido. Eso le armó para explicar luego cómo los antiguos (los griegos que inventaron la democracia) sacrificaron sus derechos individuales con tal de conseguir los derechos políticos para la comunidad y cómo, en nombre de grandes principios pero sin ningún límite ni contrapeso, en tiempos de la Revolución se volvió a ahogar la libertad igual que se hizo en tiempos de la Atenas Clásica: aplastando al individuo. Y, sin embargo, aún merecía la pena alzar la voz en su nombre: «¡Eh, señores! Somos los modernos que queremos disfrutar, cada de uno de nosotros, de nuestros derechos; que queremos desarrollar, cada uno de nosotros, nuestras facultades como mejor nos parezca, sin dañar a los demás, que queremos velar por el desarrollo de estas facultades en los niños que la naturaleza ha confiado a nuestro afecto, tanto más ilustrado cuanto más vivo, y que no precisa de la autoridad salvo para que nos proporciones los medios generales de instrucción que puede suministrar, igual que los viajeros reciben de ella las carreteras sin que les digan qué dirección han de tomar». Cánovas leyó a Constant.

EL APRENDIZAJE DE LA LIBERTAD. La independencia individual fue la primera necesidad de los modernos. Sin tutelas del pasado podrían desarrollar la libertad de empresa, podrían comerciar. Si eran independientes podrían decidir, por fin, a qué dedicarse, con quién reunirse, profesar el culto que quisiesen y disponer de sus propiedades. Y, si la independencia del individuo se garantizaba mediante leyes justas, podrían influir en la administración del gobierno sin ser arrestados o maltratados por los poderosos. Podrían, en definitiva, perseguir la felicidad porque, cuando reinaran la libertad y la independencia individual, la felicidad ya no tendría un único rostro.

CANOVAS Y LA CONSTITUCIÓN

¿Puede un político conservador ser también un defensor de la libertad? En tiempos de revoluciones, pronunciamientos y sueños rotos, Antonio Cánovas del Castillo apostó por algo tan revolucionario como el orden, el pacto y la legalidad. En una España desgarrada por décadas de inestabilidad, este malagueño supo leer el pasado con inteligencia y construir un régimen para aprender a convivir con el adversario. Fue historiador, pensador y estratega; pero, sobre todo, un andaluz pragmático que sirvió bien a su país. Su legado, a menudo caricaturizado, sigue siendo clave para entender los cimientos de la democracia liberal. A 150 años de la Constitución de 1876, su figura merece una mirada más justa, más matizada. Porque no existe democracia sin la tradición liberal. Y porque, como él mismo supo, sin libertad, los países fracasan.

Urna de madera noble, decorada. Cuidaban los símbolos, pero era opaca. Para garanti- zar elecciones limpias hubo que habilitar garantías y controles.

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Un jovencísimo Cánovas, aunque ya con un notable prestigio intelectual. En 1854 redactó el Manifiesto de Manzanares, un texto clave en el que asoman ya ideas que marcarían su pen- samiento futuro.

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