Eran las 12 de la mañana del 14 de enero de 1875 cuando Ramón de Navarrete escribió: «¿De qué hemos de hablar hoy sino de la idea que llena la mente de todos, del sentimiento que conmueve todos los corazones, del nombre que está en todos los labios?». Así arrancaba su crónica para La Ilustración Española y Americana, una revista dedicada al arte, la cultura y las noticias internacionales (un altar al buen gusto y al mejor periodismo fundada por un gaditano) que, en aquella ocasión, abrió con las crónicas que narraban la nueva coyuntura política española.
Llegaron adhesiones de todas partes. En muchos pueblos y ciudades se organizaron festejos, «desde la heroica Cádiz hasta la fiel Irún»; pero quizás lo más ilustrativo sean estas palabras: «¡Dios le bendiga! —exclamaba una anciana con lágrimas en los ojos al verle pasar». Una jovencita reparó en lo «joven y gallardo» que era y un artesano, que también lo vio de cerca, sentenció: «tiene cara de bueno». Hubo más comentarios, muchos pareceres en la misma línea; pero yo vuelvo al testimonio de la anciana porque su bendición, de alguna manera, conectaba con un estado de ánimo bastante extendido por aquellos días. El país deseaba –necesitaba– dejar atrás los años convulsos. Muchos cargaron las tintas contra los seis años anteriores, el llamado Sexenio Revolucionario; pero no fueron seis, habían sido décadas de revueltas, revoluciones, dictaduras, odios forjados a sangre y fuego. La España que venció a Napoleón no era la misma que daba la bienvenida a aquel nuevo rey. Demasiadas cosas habían pasado y estaban pasando (la guerra civil contra los reaccionarios carlistas continuaba), como para no comprender el anhelo que encerraban las palabras de aquella buena mujer. Muchos esperaban mucho de Alfonso XII.
En unas circunstancias como ésas el tiempo pasa demasiado lento para los que esperan el cambio. Alfonso XII debía merecer aquellas esperanzas. No bastaba con nombrar a un nuevo gobierno. De ésos habían existido muchos. El país necesitaba unas nuevas reglas del juego y todo el mundo sabía ya a qué dieron lugar en el pasado las numerosas constituciones de unos contra otros. Quizás, por eso, La Ilustración Española y Americana publicó en el primer número de 1876 un grabado sobre el Año Nuevo verdaderamente sobrecogedor: en la escena aparentemente principal se representa la fiesta del fin de 1875. Un anciano sentado que mira hacia la puerta, apuestos señores que alzan su copa, mujeres con niños, un perro y lo que parecen ser unos soldados que vuelven del frente para conocer al hijo pequeño. Decía aparentemente porque en la parte superior del grabado está lo inquietante: hay un reloj que marca las doce de la noche y el diablo que ha parado el tiempo para lanzar la maza de la discordia contra aquellos que festejan el nuevo año. A un lado de la gran campana negra carlistas que marchan al exilio y, al otro, soldados alfonsinos sin rostro que ondean una bandera en la que se lee «Paz». Y hubo paz, gracias a un rey que tuvo el acierto de elegir a una figura de enorme talla política. Un andaluz cuya actividad le hizo merecedor de figurar entre los más destacados del panteón de políticos ilustres de la historia de España, junto a figuras como el Cardenal Cisneros, el Conde-Duque de Olivares o Francisco de Saavedra: el malagueño Antonio Cánovas del Castillo.
Construyendo el tiempo, Fernando Alberti Barceló (1870-1950), Real Academia de Bellas Artes de San Fernando.
Sobre Cánovas, la Constitución de 1876 y la Restauración se ha escrito mucho y bien. Por supuesto, no han faltado críticos ni estudios que han aquilatado, con luces y sombras, su obra. Incluso ha servido como arma política. Ahora bien, 150 años después, cuando la polarización y los odios se reactivan, deberíamos recordar su logro más importante: sentar las bases para la convivencia, el pacto, la transacción, el cambio pacífico de gobierno y, sobre todo, abrir la puerta al aprendizaje de la Libertad. Fue Cánovas el que hizo posible la bendición de aquella anciana. De este buen andaluz escribe en este número un prestigioso grupo de historiadores. Adéntrense en sus páginas y vean cómo construyó un nuevo tiempo.