La etapa más activa y densa de la vida política de Cánovas, grosso modo el último cuarto del siglo XIX, coincidió con un periodo sobresaliente del parlamentarismo británico, el del llamado victorianismo tardío. Años en los que estadistas y diputados de su misma generación, como William Gladstone o Lord Salisbury, gestionaron asuntos tan complejos como ordenar y regir el imperio o encauzar las demandas de mejora material e igualdad social efervescentes en la sociedad inglesa, el primero con criterio liberal y el segundo desde principios conservadores. Sobre un subsuelo de prácticas electorales, dicho sea de paso, donde no todo lo que brillaba era oro.
Cánovas hubo de administrar problemas similares, en su caso con un imperio no en expansión sino en crisis, y un panorama abigarrado de fuerzas proclives y contrarias a la modernización social. Salvadas las distancias, que no fueron pocas, podrían encontrarse semejanzas entre los tres: todos hombres cultos con inquietudes intelectuales, cautos, realistas y fieles (cuanto la política práctica permite) a un núcleo de principios explícitos.
Es sabida la inclinación de Cánovas por la actividad intelectual y literaria, que le llevó a interesarse por las novedades de la filosofía, la economía, la sociología, la historia y otros campos, así como cierto prurito de exhibir su erudición en actos académicos. Su polimatía y lo exigente en tiempo de sus ocupaciones se advierte muchas veces en lo liviano de algunas exposiciones y en la dificultad de profundizar en determinadas materias o cuestiones pero fue, sin duda, uno de los políticos más cultos de la Europa de su tiempo.
En el curso 1884-1885 pronunció en el Ateneo de Madrid una conferencia sobre la historia de la institución y sus más destacadas personalidades y, dándole cuenta de ello, escribía Menéndez Pelayo a Valera que había sido un discurso «enciclopédico», «desigual y atropellado como todas las cosas de Cánovas cuando se pone a filosofar», «con mucho caudal de doctrina mejor o peor asimilada», pero concluía: «es obra de un hombre de talento y conozco a pocos en Madrid capaces de hacer otro tanto».
Como la casi totalidad de los políticos e intelectuales españoles de su siglo, Cánovas tuvo el francés como lengua de acceso al movimiento intelectual europeo, y franceses fueron en su mayor parte los autores más leídos y las teorías filosóficas y políticas que les fueron más familiares. La influencia de las corrientes intelectuales alemanas fue limitada y, por el predominio del krausismo, España fue poco receptiva a las de mayor enjundia. Si se leyó a Kant y Hegel, y Cánovas lo hizo, fue entre la inmensa mayoría en versiones francesas o en retraducciones del francés.
Algo similar cabe decir del pensamiento en lengua inglesa que llegó para la generalidad en traducciones, más que directas, a través del francés. Sería el caso del propio Cánovas quien, sin embargo, mostró sobre todo en los años culminantes de su carrera un interés y un aprecio sobresalientes por la teoría política cultivada en Inglaterra, especialmente por lo concerniente al parlamento y su función en la monarquía liberal o constitucional. En este orden de cosas cabe hablar de una auténtica anglofilia canovista, explícita más de una vez.
Por ejemplo, en enero de 1877, durante un debate parlamentario, se confesaba «anglómano» porque «el moderno sistema parlamentario, los modernos sistemas representativos, toman todos por modelo el gobierno inglés». En una intervención en las Cortes del Sexenio proclamó a la inglesa «madre de las constituciones modernas» y modelo para todas.
Aunque los exiliados en Inglaterra después de 1823 pudieron tener cierto grado de conocimiento sobre ella, la teoría liberal cultivada en Gran Bretaña influyó limitadamente sobre los liberales españoles. Cánovas no fue excepción, pero sí mostró un interés por la política y el pensamiento político británicos poco común entre sus contemporáneos. Aun normalmente por traducciones francesas tuvo un conocimiento más que aceptable de los textos de referencia en aquella tradición política. Apreció en particular a Burke, con quien las coincidencias no son sólo las presumibles en un común substrato conservador, y sobre todo a Bagehot, con cuyas consideraciones sobre la formación del Parlamento y la universalización del sufragio tuvo clara concomitancia.
Retrato de Burke. National Portrait Gallery, Londres.
Ex libris de la biblioteca de Antonio Cánovas del Castillo. Real Academia de Bellas Artes de San Fernando.