Cánovas no fue el primer jefe del alfonsismo para la Restauración. Antes fracasaron algunos, como Montpensier —tío de D. Alfonso— más atentos a la revancha sobre los revolucionarios o a intereses personales que al establecimiento de una monarquía liberal con la dinastía histórica. Además, existió una trama militar vinculada al viejo moderantismo que tenía intención de restaurar a los Borbones a través de un golpe o un pronunciamiento. De hecho, lo intentaron en cinco ocasiones antes de febrero de 1873 militares como Cheste, Gasset, Calonge o Lersundi. A éstos se unieron los que protagonizaron el alfonsismo militar en los dos años de República: Balmaseda y Martínez Campos. Finalmente, estaba el general Serrano, en quien confió Isabel II hasta bien entrado el año 1873, y que distorsionaba los planes para una Restauración sin tutelas.
Entre 1868 —momento del destronamiento con la revolución— y el verano de 1873 —cuando se produjo el levantamiento cantonal contra la República—, el alfonsismo carecía de estructura política. El Partido Moderado había conseguido grupo parlamentario en 1872, pero no tuvo peso alguno. Tampoco había coordinación entre los círculos alfonsinos —existentes desde 1870— y los Círculos Hispano-Ultramarinos, nacidos a finales de 1872. Contaban con periódicos, todos ellos financiados por Isabel II desde París, como eran El Eco de España, La Política, El Tiempo y El Diario Español, y tres publicaciones de provincias. Fuera de este grupo estaba La Época, de Ignacio Escobar, que no recibía financiación y era uno de los de más influencia y circulación en el país.
En esta situación se encontraba el alfonsismo en plena República, caracterizada no por la libertad con orden, la paz y el progreso sino por la inestabilidad combinada con la violencia. Recordemos que el 23 de abril de 1873, Pi y Margall dio un golpe de Estado que separó a radicales y conservadores del régimen definitivamente, que las elecciones de mayo no interesaron a más del 30% del electorado y que, en julio, se inició el levantamiento de cantones en Andalucía y el Levante. A esto le siguió una irremediable dictadura, iniciada por Pi y Margall antes de su dimisión, en la que profundizaron Salmerón y Castelar con sus presidencias. Al tiempo, los carlistas seguían en guerra, como los independentistas en Cuba, y Europa no reconocía a la República.
Con este panorama, el marqués de Alcañices aconsejó a Isabel II que nombrara a Cánovas jefe del alfonsismo. Hacía falta una organización con un proyecto: la Restauración en D. Alfonso debía simbolizar el establecimiento de una monarquía liberal y católica que forjara la esperanza en un futuro mejor que el presente republicano. Isabel II decidió dar a Cánovas la jefatura el 4 de agosto de 1873, lo que se formalizó a finales de mes. El nuevo jefe puso dos condiciones: la carta del nombramiento debía estar firmada por Isabel II y el príncipe Alfonso y, además, la reina no podía volver a España hasta que el trono no estuviera asentado. Cánovas contaba con la ventaja de que Alcañices, jefe del Cuarto del Príncipe, había procurado una buena educación para Alfonso, primero en el Teresianum de Viena por indicación de Montpensier en 1872, y luego en el Real Colegio Militar de Sandhurst, en el Reino Unido.
Cánovas construyó un alfonsismo conciliador para la Restauración de los Borbones en la persona de D. Alfonso. Su trabajo se desarrolló —entre 1873 y 1874— coordinando a la prensa para crear una opinión pública favorable, organizando a sus partidarios en círculos, controlando a Isabel II en París e intentando conducir el ímpetu de los militares golpistas que procedían del Partido Moderado y que querían volver a 1867 para ajustar cuentas con los revolucionarios de 1868. Martínez Campos se pronunció en Sagunto el 29 de diciembre de 1874 sin la aprobación de Cánovas, que ya había planeado cimentar la Restauración de la dinastía legítima para un régimen constitucional basado en la constitución interna e histórica del país: las Cortes y la Corona.
El arquitecto de la Restauración, el mala- gueño Antonio Cánovas del Castillo. Aquí en una instantánea tomada en 1846. Fuente: Biblioteca Nacional.
El príncipe preparado. Alfonso XII, educado en Viena y Sandhurst, encarnaba la esperanza de una monarquía moderna y conciliadora, Julián Gállego Serrano, 1876, Museo del Prado.