Columnas

Armando Luna, poeta olvidado del 27

El acta fundacional del 27 se gestó en un manicomio andaluz

En el silencio de la noche se oyen los cascos del caballo acercándose. Sánchez Mejías amarra al animal bajo la palmera de la puerta. La silueta del joven doctor sale a recibirle. Hoy no le ha esperado en su despacho de la entrada. Tiene prisa por hablar con él. En el cobijo de la noche, torero y poeta hablan prácticamente de todo. Hablan de Freud, de Nietzsche, por supuesto de toros, de poesía e incluso de fútbol. Ambos son buenos aficionados y socios de número del Sevilla F.C. Pero esta noche, José María Romero le hace una propuesta muy especial al torero. Quiere que hable con Rafael Alberti para invitarle a que vengan a Sevilla él y sus amigos los poetas, para homenajear a Góngora en el tercer centenario de su muerte. Ignacio no ha tardado en responderle: «eso está hecho doctor». Acababa de empezar a escribirse el Acta Fundacional de la Generación de 27.

JUAN CASTRO PRIETO
ASOCIACIÓN PROFESORES POLITÉCNICO SEVILLA

Este relato comienza a mediados de la segunda mitad del siglo XX. El catedrático de Historia de la Universidad de Sevilla, Francisco Morales Padrón, leyendo el Catálogo de académicos de Buenas Letras de Sevilla se topó con una pequeña biografía de un tal Manuel Blasco Garzón. La breve reseña despertó la curiosidad de Francisco. A pesar de las indagaciones del catedrático, nadie supo darle más información. Era como si el personaje hubiera desaparecido. El catedrático decidió colocar al personaje en el apartado de Sevillanos del Silencio. Durante años nadie le dejó más señales de Blasco Garzón.

De izquierda a derecha: Alberti, Lorca, Chavás, Bacarisse, José María Romero Martínez (Armando Luna), Blasco Garzón (presidente del Ateneo), Guillén, Bergamín, D. Alonso y C. Diego. Fototeca ICAS (color Punto Rojo Libros).

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Unos hechos posteriores descubren al personaje. Así lo describió Francisco Morales Padrón. La historia afloró y recomenzó paseando por las playas de Punta Umbría, en el verano de 1998, acompañado de mi entrañable amigo y colega, el profesor argentino E. Óscar Acevedo. Inesperadamente me preguntó si yo conocía a un autor llamado Manuel Blasco Garzón. Mi sorpresa no tenía límites: ¿a cuenta de qué mi viejo amigo me inquiría por alguien que momentos antes hubiera jurado que yo siquiera conocía?

Morales Padrón le contó a su amigo lo que sabía y éste, una vez en Argentina, se hizo con un ejemplar de Evocaciones Andaluzas que hizo llegar a su conocido. La curiosidad del catedrático le llevó a investigar aún más sobre el personaje. A finales de 1998, los catedráticos Macarro Vera y Álvarez Rey lo pusieron en el punto de partida para conocer al autor de Evocaciones.

A medida que profundizaba en su estudio se sorprendía, pues ese hombre lo había sido todo en Sevilla. Abogado, poeta, político, miembro del Ateneo, académico de Buenas Letras, concejal, incluso presidente de la Federación Sur de Clubs de Fútbol. Morales Padrón quedó sorprendido de que Blasco Garzón fuera el presidente del Ateneo cuando vinieron a Sevilla los poetas de la Generación del 27. ¿Por qué este hombre había traído este grupo de poetas a Sevilla? Esta es la parte más desconocida de la historia.

UN ATENEO EN EL CENTRO DE LA HISTORIA. El 22 de mayo de 1927 aconteció un hecho que cambiaría la historia de la literatura. Ese día del mes de mayo se procedió a la elección de la junta directiva del Ateneo de Sevilla. La presidencia recayó en el prestigioso abogado Manuel Blasco Garzón. A él se unieron una serie de personalidades sevillanas como Aníbal González, Hermenegildo Gutiérrez, Luis Ibarra, José Manuel Puelles de los Santos, Pablo Gotor y, presidiendo la sección de Literatura, el joven poeta José María Romero Martínez.

En esas mismas fechas un grupo de jóvenes poetas celebraban en Madrid un homenaje a Francisco de Góngora, entre ellos Alberti, Lorca, Cernuda, Dámaso Alonso, etc. Los actos conmemorativos fueron un fracaso para las pretensiones de los jóvenes poetas. Estos dos acontecimientos, las elecciones en el Ateneo y la poca repercusión del homenaje a Góngora, fueron las circunstancias que iban a provocar un desenlace inesperado: la toma de la dirección en el Ateneo sevillano de un grupo de jóvenes, también vanguardistas e idealistas que, junto a los hechos acontecidos en Madrid, conllevarían una coincidencia histórica.

José María Romero Martínez estaba bien informado de los acontecimientos celebrados en Madrid, por ello propuso a Blasco Garzón —amigo, poeta, intelectual, e ideológicamente afín— traer al grupo gongoriano a Sevilla como acto de comienzo del Curso Literario del Ateneo 1927-1928.

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