En el umbral entre siglos XVIII y XIX, la reflexión ilustrada sobre los derechos de la mujer encontró un eco inesperado en los territorios meridionales de Europa. Andalucía, y en particular Cádiz, se convirtieron en escenarios privilegiados para la emergencia de nuevas voces femeninas que desafiaron los límites sociales y culturales de su tiempo. Entre estas figuras destaca Victoria Martín Barhié, pintora y académica, cuya trayectoria revela la compleja imbricación entre arte, género y modernidad. Su biografía permite rastrear los caminos de acceso al conocimiento, las redes de sociabilidad ilustrada y romántica, y los espacios de legitimación artística que se abrieron —aunque de forma restringida — a las mujeres. Su obra, atravesada por los códigos neoclásicos y por una voluntad de afirmación personal, constituye un testimonio singular del tránsito entre tradición y emancipación. Acercarse a su legado no solo significa rescatar a una artista olvidada, sino comprender cómo las mujeres empezaron a tejer, desde el arte, un discurso propio dentro de la cultura decimonónica.
A pesar de las contradicciones de la sociedad ilustrada, en el tránsito entre los siglos XVIII y XIX se reavivó el debate sobre la igualdad de los géneros y, con ello, la reivindicación de los derechos de la mujer. Así, la actividad intelectual femenina potenció el movimiento colectivo a partir de textos como los de Olympe de Gouges o Mary Wollstonecraft, convirtiéndose en discursos de referencia en un espejo donde todos los territorios europeos tuvieron su reflejo.
Una de las más nítidas imágenes que nos ofrece la escena cultural y artística de Andalucía se dibuja en el perfil de la pintora Victoria Martín Barhié. Cádiz fue la ciudad que vio nacer a la artista, en un período donde la urbe latía con los últimos impulsos del comercio colonial y anticipaba, gracias al cosmopolitismo y dinamismo de la sociedad de su tiempo, la acogida de las ideas liberales que dominarían el panorama político decimonónico.
Entre las gaditanas que despuntaron, no solo por la práctica artística sino por su labor pedagógica y su impacto en las principales instituciones de la zona, se prefigura como pionera nuestra artista. Procedente de una acaudalada familia burguesa, su padre, Sebastián Martín —comerciante- ejerció como cónsul de Cerdeña en Cádiz, siendo su madre, Claudia Barhié, de origen francés. Conocida indistintamente como Victoria Martín Barhié o Martín del Campo dado el cambio de apellido y la adopción del de su segundo cónyuge-, quedó huérfana siendo niña de manera que su formación, como la de sus hermanos, corrió a cargo de la que fuera la segunda esposa de su padre, quien también fallecería prontamente.
Teniendo en cuenta estas circunstancias familiares, Victoria pasó de la tutela parental a la matrimonial, dado su casamiento con el también comerciante y cónsul Álvaro Jiménez Basurto. Con su enlace se generó una interesante conexión, por parte de nuestra protagonista, con las instituciones rectoras de las artes gaditanas. Y es que Basurto, autor del tratado Método de grabar al aguafuerte sobre cobre a imitación de la tinta china, conocido como grabado a la aguada (1823), ejerció, entre "ros cargos, como miembro numerario : la Junta de Gobierno en la Escuela de Bellas Artes. Tras el fallecimiento de éste en 1829, la artista contrajo matrimonio con Antonio María del Campo, oficial de la Contaduría de la Aduana, con quien convivió hasta 1859, año de fallecimiento del esposo.
A pesar de las contradicciones de la sociedad ilustrada, en el tránsito entre los siglos XVIII y XIX se reavivó el debate sobre la igualdad de los géneros y, con ello, la reivindicación de los derechos de la mujer
Antigua sede de la Academia de Bellas Artes y de la Escuela de Artes de Cádiz.
Aunque los matrimonios de Victoria Martín Barhié generaron notables fortunas gracias a sus negocios, fue más cuantioso el patrimonio heredado de sus familias paterna y materna, con el cual la artista pudo asegurar y administrar sus propios recursos económicos. Pocos datos fehacientes se conocen acerca de los procesos inherentes a su formación artística. A pesar de la vinculación de su primer cónyuge a la Escuela de Bellas Artes, teniendo en cuenta las fechas de sus obras de iniciación, el aprendizaje de los rudimentos de la pintura y sus primeras prácticas estuvieron relacionados con la Academia de Bellas Artes. Fue discípula del afamado pintor Manuel Montano, insigne maestro gaditano, al amparo del cual se formó principalmente en arte y literatura.