Cuando la vida es difícil, cuando no hay más horizonte que la búsqueda de sustento, cuando el ayer no existe y el futuro aterra, cuando falta la sensibilidad ante lo que fue importante (porque es un lujo incompatible con tiempos de necesidad), lo que antes fue ahora se ha convertido en una cantera con la que sobrevivir. Fue así como la piedra y el metal mudaron su utilidad. Porque el reaprovechamiento siempre existió; pero una cosa fue reaprovechar y otra convertir en cal las sobrecogedoras estatuas de mármol. Las páginas de Gregorovius son demoledoras. En descargo, debe decirse que esto pasó en incontables ocasiones en la historia. Como también la vuelta de la conciencia, la sensibilidad, el gusto por la belleza y la angustia por lo perdido. Estas palabras le serán familiares a quienes hayan leído las memorias de Edward Gibbon: «Mi temperamento no es muy propenso al entusiasmo, y nunca me he rebajado a fingir el entusiasmo que no siento. Sin embargo, no puedo olvidar ni expresar las emociones intensas que se agitaron en mi mente cuando por primera vez me aproximé y entré en la Ciudad Eterna». «Tras una noche sin dormir, caminé con paso noble por las ruinas del Foro; cada lugar memorable donde estuvo Rómulo, donde habló Tulio o donde cayó César enseguida se presentaba ante mis ojos y disfruté de varios días de embriaguez antes de poder descender a un examen tranquilo y minucioso». Tanto lo cautivó Roma que quiso saber por qué aquella grandeza, la belleza desbordante y lo sublime tuvieron un final como el de los Dioscuros Cástor y Pólux: rotos en mil pedazos. El resultado fue una obra cumbre que aún se recomienda en las facultades de historia.
La historia de las ruinas es algo que acompaña el devenir de las civilizaciones. Antes o después hay un final. Y es tan impactante que o existe la sensibilidad de la que antes hablaba o ese final acaba modelando nuestra percepción del pasado y el presente. Porque ruina es final y final más ruina es fracaso. Pero si nos detenemos un instante y, por ejemplo, nos acordamos de las enseñanzas de Schumpeter para analizar nuestro tiempo, la fórmula ya no arroja el mismo resultado. La destrucción creativa es lo propio de las sociedades industriales. Se emprende, se invierte, se innova para competir y crear riqueza. Unos ganan y otros pierden. Y los que pierden pueden ganar más adelante, del mismo modo que los ganadores del principio pueden perder. Para avanzar hay que cambiar, adaptarse. Y en ese cambio se avanza por una senda repleta de los testigos de ese proceso. La clave está en la seguridad jurídica, en la protección del individuo, en la libre empresa. Acemoglu y Robinson, premio Nobel de economía en 2024, lo han explicado con claridad. O dicho de otra forma. Las ruinas industriales que existen en Andalucía no son un testigo de una industrialización fracasada, sino de una actividad antigua, fructífera, que atravesó momentos difíciles, como en otras partes, pero que continuó hasta nuestros días. Son las evidencias de la pujanza y el emprendimiento que siempre existieron en esta tierra.
Tras los muros de una vieja fábrica aún resuenan los pasos de quienes trabajaron, innovaron y construyeron oportunidades. Allí se guardan lecciones de éxito y fracaso y pistas muy valiosas para entender nuestro presente. Testigos materiales e inmateriales. Preservar estos espacios requiere conocimiento, pedagogía, liderazgo, sensibilidad y el deseo de conservar las huellas para las generaciones futuras. Sólo así se puede mirar atrás, hacer preguntas con las que obtener respuestas para valorar la herencia recibida y tomar impulso para seguir avanzando. Gibbon añoró; pero en Andalucía, gracias al trabajo de muchos colectivos, profesionales e instituciones se han conseguido éxitos importantes, que no ocultan el largo camino que aún queda por recorrer. En estas páginas encontrarán los frutos de ese esfuerzo. Un recorrido por el patrimonio industrial andaluz, guiado por un equipo comprometido con la conservación y la transmisión de lo que fuimos, somos y seremos.