En las antiguas Enciclopedias españolas (Diccionario Enciclopédico Hispano-Americano de 1897 y en El Espasa de 1925) se dice erróneamente del padre Gil —sin que se nos dé su nombre de pila, ni su segundo apellido— que nació en Aracena en 1747. También nos dan otros datos vagos que no hemos podido comprobar como que, presentándose en la corte, «continuó predicando con el mayor éxito», que se encargó de continuar la Historia de España del padre Mariana y que, durante la guerra de la Independencia, «quiso hacerse nombrar presidente de la Regencia de Cádiz y, no habiéndolo conseguido, se retiró a la vida privada».
Menéndez Pelayo caricaturizó al padre Manuel Gil severamente, tildándolo de fraile «inquieto y revolvedor» por haberse visto complicado en la lucha política. Pero, por debajo de la capucha, se advierte la personalidad de un político nato que se valió de la demagogia y la actividad conspiratoria para la obtención del poder por cualquier medio. También fue un polemista consumado y un auténtico agitador de masas. Un miembro del claustro de la Universidad de Sevilla amigo suyo, el agustino Miguel Mira, le reprochó que hubiera sucumbido al «ídolo de la política y del Estado».
Hoy sabemos muchas más cosas de él, empezando por su nombre completo que fue el de Manuel Gil Delgado, y que nació en Zalamea la Real, en la actual provincia de Huelva, en 1742. Se ordenó sacerdote en 1765. Se hizo clérigo menor y se dice que, a los dieciocho años, ya era latino, filósofo y teólogo, llegando a obtener las cátedras de Artes y Teología en el Colegio de Santo Tomás de Málaga. Su paso por el convento del Espíritu Santo implicaba aceptar el legado del famoso predicador ciego, clérigo menor, Domingo Máximo Zacarías Abec, el padre Zacarías, poeta popular cuyos romances se cantaban en la ciudad. Pero Gil, hombre ambicioso y con mayores pretensiones, no se redujo al campo exclusivo de la predicación pues, en este tiempo, escribió diversas disertaciones teológicas aunque su actividad más descollante fue la de orador sagrado, llegando a convertirse en uno de los predicadores más famosos de su tiempo hasta el punto de ser conocido en la ciudad como Pico de Oro.
Poco sabemos de sus años de formación aunque parece que, en un principio y en contra de la mayor parte del elemento eclesiástico, abrazó el bando novator en el que se mantuvo hasta una época bastante avanzada. Por lo menos así lo creía el padre Alvarado en sus Cartas filosóficas, en las que le consideró como adicto a la nueva filosofía «sensualista» del momento. Sin citarle por su nombre, el autor de las Cartas arremetió contra él y sus compinches a quienes ridiculizó por los enormes lapsus, no ya de filosofía sino de latinidad elemental. Según el parecer muy crítico de Blanco White, adquirió dudosa fama de ser un portento de sabiduría.
Hacia 1771 —año en que el convento de clérigos menores se convirtió en un centro de acusaciones contra los «ignorantes novadores»— asistió en Roma a un capítulo general de su orden. Fue examinador sinodal de Toledo, Sevilla y otros obispados. Fue miembro de la Academia de Medicina de Sevilla, en la que ingresó el 5 de diciembre del año indicado. El hecho de ausentarse de Sevilla, y su carácter egotista, explican que tuviera poca relación con los académicos de la Universidad o con los miembros de la de Buenas Letras, constituida lo mismo una que otra, en su mayor parte, por clérigos más o menos ilustrados.
Por debajo de la capucha, se advierte la personalidad de un político nato que se valió de la demagogia y la actividad conspiratoria para la obtención del poder por cualquier medio
El Padre Manuel Gil, Fuente: Biblioteca
OPOSICIÓN A OLAVIDE. No es difícil adivinar su pronta oposición al nuevo asistente de Sevilla, Pablo de Olavide, por su oposición frontal a su política de expansión del teatro. Pues, como es bien sabido, en los casi doce años en la asistencia de Olavide, se representaron en Sevilla más de 400 obras teatrales, entre óperas, zarzuelas, comedias y tragedias. Presentó denuncia ante el Tribunal de la Inquisición por la sátira contra la falsa devoción titulada La hipocresía castigada, que se estrenó en Sevilla en 1777 y que fue la gota que culminó el vaso para, poco después, prohibirse el teatro en la ciudad. Así que, cuando se procesó al asistente, tomó represalia y declaró en su contra en el cargo de impiedad y por su nuevo plan de estudios para la Universidad.