Aunque esencialmente se tratase de un conflicto armado terrestre, la guerra civil inglesa, que entre los años 1642 y 1648 enfrentó a los monárquicos leales al rey Carlos I Estuardo con una oposición aglutinada en el Parlamento de Westminster, también se libró por mar. Uno de los frentes marítimos más insólitos por su lejanía fue el perímetro litoral andaluz, desde Ayamonte hasta Tarifa —en su vertiente atlántica— y desde Gibraltar hasta Almería —en la mediterránea—, cuyas poblaciones se vieron convertidas en un involuntario escenario de la quiebra política que había conducido al pueblo inglés a la guerra fratricida.
De igual modo que las restantes potencias del continente, tampoco la Monarquía Hispana pudo mantenerse ajena a los acontecimientos internos que, a partir de 1640, sumieron a las islas británicas en una concatenación de guerras intestinas de diversa índole, sobresaliendo entre ellas la lucha armada entre los monárquicos (cavaliers) y los parlamentarios (roundheads). Ya en la paz o en la guerra, como socios comerciales o enemigos declarados, España e Inglaterra habían mantenido unos estrechos lazos de comunicación desde los albores de la temprana modernidad europea. Relación que, si bien no exenta de bruscos movimientos pendulares, había obligado a ambas monarquías de la periferia atlántica europea a entenderse. Para 1640, la situación crítica por la que atravesaba la España de Felipe IV (rebeliones en Cataluña y Portugal, derrotas en el exterior y enflaquecimiento económico) obligó a la diplomacia española a adoptar un perfil estrictamente neutral en relación con la guerra civil inglesa. También se intentaba con ello garantizar la continuidad de los tratos comerciales con cualquiera de los bandos enfrentados, ya que no estaba claro cuál se alzaría con los laureles del triunfo.
Si bien los asuntos políticos internos de Inglaterra pudiesen parecer lejanos a la sociedad española, y concretamente a la andaluza, no conviene olvidar cómo Andalucía era un destino preferencial para las inversiones del capital mercantil británico. Debido a su orientación geográfica, el litoral andaluz cobró un carácter de encrucijada para la navegación comercial inglesa, como se reflejaría durante la guerra civil, pues servía de entrada acuática al Mediterráneo y a los lucrativos mercados de Italia y Levante. Por ende, los ecos de la guerra entre realistas y parlamentarios necesariamente resonaron en las plazas litorales andaluzas, donde recalaban barcos ingleses de uno y otro signo político. A las autoridades portuarias andaluzas les fue imposible abstraerse de un conflicto que tenían en sus propios muelles. Tales situaciones, muy frecuentes en los primeros años del enfrentamiento armado, condujeron a momentos de tensión en los puertos de Sanlúcar, Cádiz y Málaga, dadas las susceptibilidades que despertaba el riesgo de potenciales prendimientos. En el mejor de los casos, motivaron las quejas de los agentes de cualquiera de las partes enfrentadas, que reprochaban a los oficiales españoles la admisión de barcos enemigos en sus puertos.
'The Eve or the Battle or Edge Hill, 1042 (1845), oleo sobre lienzo de Charles Landseer que muestra a Carlos I y su junta militar en la víspera de la batalla de Edge Hill, Walker Art Callery, Liverpool. Dominio público.