El estudio del patrimonio industrial en Andalucía, más allá de sus huellas materiales —fábricas, talleres, infraestructuras—, requiere incorporar las memorias, saberes y vivencias de quienes protagonizaron su historia. En este sentido, la historia oral se ha consolidado como una metodología fundamental. No solo permite documentar hechos desde la perspectiva de quienes los vivieron, sino que construye un relato alternativo al de las fuentes escritas tradicionales recuperando voces, muchas veces, marginadas por la historiografía oficial.
La historia oral es la especialidad de la ciencia histórica que utiliza los testimonios orales como fuente primaria para la reconstrucción del pasado. A pesar de que la tradición oral ha sido vehículo de transmisión desde tiempos antiguos —Heródoto y Tucídides ya la utilizaron para narrar guerras y conflictos—, su sistematización como método científico es relativamente reciente. En 1948, Allan Nevins fundó el primer centro de historia oral en la Universidad de Columbia, con el objetivo de conservar las experiencias de comunidades ignoradas por los grandes relatos. Desde entonces, universidades e instituciones de todo el mundo han creado archivos orales que recogen la historia desde abajo, partiendo de la experiencia cotidiana de los trabajadores, las mujeres, las minorías y los colectivos excluidos.
Así, la historia oral no busca una verdad absoluta sino que valora la subjetividad, el contexto emocional y el marco simbólico de quien la recuerda. Esa subjetividad, lejos de ser un obstáculo, enriquece la comprensión de los procesos históricos al ofrecer múltiples perspectivas sobre un mismo hecho. Como afirmó Paul Thompson, uno de sus mayores impulsores, «la historia oral es la más nueva y la más antigua forma de hacer historia», precisamente porque se basa en escuchar y en dar valor a la palabra, al gesto y al recuerdo.
Aplicada al patrimonio industrial, la historia oral permite reconstruir las formas de organización del trabajo, las culturas obreras, los procesos de aprendizaje técnico, los vínculos sociales entre trabajadores y la relación emocional existente con los lugares productivos. También revela dimensiones olvidadas de ese patrimonio, como los saberes femeninos, el papel de las redes familiares en la transmisión de oficios o la conflictividad laboral vivida desde dentro. En este sentido, se trata de una vía de entrada a la historia de los sin voz: mujeres trabajadoras, sindicalistas, aprendices, obreros migrantes o cooperativistas cuyas vivencias enriquecen una visión integral de la historia industrial andaluza.
El río Guadalquivir es una vía fluvial que se alza como un eje cultural, productivo y simbólico que vertebra Andalucía desde la Sierra de Cazorla hasta Sanlúcar de Barrameda. A lo largo de sus 657 kilómetros ha modelado paisajes, oficios e identidades. En Córdoba, su presencia se manifiesta en los molinos históricos, las huertas ribereñas, los antiguos muelles y en los relatos de quienes vivieron en contacto con sus aguas.
Miembros de la familia Caballero junto al Molino de San Antonio (Córdoba), ca. 1930. Esta imagen forma parte del testimonio oral de Soledad Carrasquilla, nieta del úl- timo molinero, recogido en el proyecto Do- cumenta. Un retrato colectivo que encierra memoria de trabajo, vida fluvial y tradición molinera en el Guadalquivir. Fuente: Archi- vo familiar Soledad Carrasquilla.
Tertulia intergeneracional en el Pozo n° 5 de Villanueva del Río y Minas, en el marco del proyecto Pozo de Memoria. Una conversación en- tre antiguos mineros, vecinas y jóvenes sobre el trabajo, la vida cotidiana y el legado patrimonial del enclave minero. Fotografía: L. Vasco.