Columnas

Una base de datos medieval en la Catedral de Sevilla

La historia del célebre 'Libro blanco' y de su 'hermano' olvidado

En el archivo de la Catedral de Sevilla se conservan muchos tesoros. Uno de los más importantes es el Libro Blanco, un códice de principios del siglo XV confeccionado para utilizarse en un momento muy concreto, crucial en la historia de la Iglesia sevillana: la construcción de la propia Catedral. Concebido como una enorme base de datos, fue la mitad de un proyecto escrito casi tan ambicioso como la edificación del templo gótico. Sin embargo, su otra mitad, otro códice con el que se completaba su contenido, cayó muy pronto en el olvido.

DIEGO BELMONTE-FERNÁNDEZ
UNIVERSIDAD DE SEVILLA

De entre todos los códices manuscritos que se conservan en el archivo de la Catedral de Sevilla destacan dos, los conocidos como Libro Blanco y Libro de Dotaciones Antiguas de Aniversarios y Pitanzas. Se trata de unos volúmenes singulares que, pese a poseer hoy nombres y aspectos muy diferentes, forman una unidad compacta de información recopilada en un momento muy concreto, crucial en la historia de la Iglesia sevillana.

Debemos situar el origen de estos manuscritos a comienzos del siglo XV. En ese momento, en una fecha desconocida pero que los autores clásicos sitúan en torno a 1401, fue cuando el Cabildo Catedralicio sevillano decide emprender una complicada empresa que se prolongó durante más de un siglo: la sustitución de la vieja mezquita cristianizada por la nueva fábrica gótica, actual catedral de la ciudad. «Construyamos una iglesia tan grande que, los que la vieren acabada, nos tengan por locos», cuenta la leyenda que proclamaron los miembros del cabildo. 

La tarea no se presentaba sencilla desde ningún punto de vista, y mucho menos el económico. De entre las opciones con las que contaba el cabildo para obtener ingresos con los que financiar su magno proyecto, uno de los más beneficiosos era el proporcionado por las rentas que se obtenían del arrendamiento de las propiedades que habían sido antes donadas por los particulares a la Iglesia. 

Muchos de estos bienes habían llegado a manos de la catedral a través de testamentos y dotaciones de capellanía. Estos últimos recogían el acuerdo entre un particular y la Iglesia por medio del cual la catedral se obligaba a permitir que se enterrase en su espacio, normalmente en una capilla, y a cumplir una serie de servicios establecidos a perpetuidad, unas misas por su alma. Como contrapartida, el particular donaba una propiedad o una cierta cantidad de dinero para que la propia Iglesia adquiriera dicha propiedad, que luego se arrendaba. Con el dinero de esta renta era con el que se financiaban y sostenían esas obligaciones. Y, a partir de entonces, también una parte de los ingresos con los que levantar la nueva catedral gótica.

Y es que, desde la Reconquista de la ciudad de Sevilla llevada a cabo en 1248 por el rey Fernando III de Castilla y la restauración del culto cristiano, fueron muchos los particulares que firmaron con la catedral este tipo de contratos, siendo luego sus cuerpos enterrados en las capillas que se disponían en el interior del templo. Sin embargo, debemos recordar que ese templo no era otro sino la mezquita aljama almohade que, reconvertida, había hecho las veces de catedral cristiana desde la conquista castellana hasta ese mismo momento. 

Tomada ahora a principios del siglo XV la decisión de construir un nuevo edificio, la demolición de la vieja mezquita se mostraba prácticamente insalvable (salvo el Patio de los Naranjos y la Giralda, poco más se conserva hoy) y, con ella, el obligado traslado de las sepulturas que supuestamente debían permanecer ahí durante toda la eternidad, según se estipulaba en esos contratos firmados. Pero había más. Se daba la paradoja, tal y como hemos dicho, de ser precisamente las propiedades donadas por aquellos particulares lo que constituiría una de las fuentes de ingresos más importantes para la construcción de esa nueva catedral. Había que organizar esta información procedente de esa ingente cantidad de documentos y saber exactamente con qué recursos iba a contar la institución para afrontar esta colosal empresa constructiva.  

Fueron esas dos motivaciones la que provocaron la elaboración de estos dos manuscritos: el Libro Blanco y el Libro de Dotaciones.  De un lado, la necesidad de la organización económica y, del otro, el deseo de rendir un marcado respeto a la memoria de aquellas personas que iban a ser trasladas, muchos de cuyos cuerpos acabaron descansando al final en una fosa común en el vecino cementerio de San Miguel, hoy desaparecido.

Aspecto exterior del Libro Blanco en la actualidad. Cabildo Catedral de Sevilla.

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Ambos volúmenes forman una unidad compacta de información, recopilada en un momento muy concreto, crucial en la historia de la Iglesia sevillana

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