En el verano de 2023, en una subasta de la madrileña Sala Retiro, se vendió el óleo Aquelarre de brujas volando, cuya autoría se adjudicaba a un "seguidor de Gustavo Adolfo Bécquer". Medio año más tarde, un dibujo atribuido al poeta de las Rimas, titulado "Aquelarre", y lo que se presentaba como una carta de uno de sus hermanos –en realidad un poema– también se subastaron allí. Sin embargo, el análisis de los tres objetos, y la consiguiente certeza de que todas son obra del romántico sevillano, destapan una interrelación entre plástica y literatura poco conocida de este autor.
El hecho de que en las Rimas de Gustavo Adolfo Bécquer se encuentren, sin duda, algunos de los poemas más célebres de la literatura española, ha motivado que la imagen de su autor como el poeta romántico por excelencia haya eclipsado el resto de sus facetas vitales y creativas. Sucede, por ejemplo, con la especial relación que mantuvo con el dibujo y la pintura. Nacido en una familia de artistas, desde muy joven trató de abrirse camino en ese terreno, ejercitándose en los talleres de Antonio Cabral Bejarano y de su tío Joaquín Domínguez Bécquer y, aunque pronto le dominó su pasión por las letras, nunca abandonó del todo los lápices y pinceles. Pero, por encima de esa continuada actividad a la que él mismo alude a veces en relatos como «Tres fechas» y de la que dan testimonio los dibujos salidos de su mano que se conservan o esos otros con los que su hermano Valeriano nos lo representó ante un caballete o dejando unos trazos en un cuaderno, lo relevante para el caso es que, desde una concepción integradora y de una forma natural, para él la pintura y la literatura estuvieron siempre íntimamente unidas.
Como pone de manifiesto Jesús Rubio en Pintura y Literatura en Gustavo Adolfo Bécquer, libro de revelador título y verdadera piedra angular de lo estudiado en esta cuestión, «el ir y venir de unas artes a otras, de la literatura a las artes plásticas o de éstas a la literatura, forma un juego inacabable en el poeta sevillano». Haciendo suyo el tópico horaciano del Ut pictura poesis, su imaginación plástica se convierte en ingrediente indisociable de su percepción poética y nos permite algunas veces visualizar lo que escribe, salvando así las limitaciones del lenguaje. En ocasiones, son sus textos los que nos describen sus representaciones artísticas. En el seno de esa correlación, los manuscritos de algunas de sus rimas y cartas están ribeteados de dibujos, aunque donde la asociación entre ambos ámbitos alcanza su mayor referente es en el Libro de cuentas que perteneció a su padre y que, tanto él como Valeriano, se apropiaron a su muerte para seguir completándolo de manera desbordante. De este modo, la versión de Hamlet que el poeta nos dejó en sus páginas se acompaña de varios dibujos de sus personajes y escenas. Curiosamente, el titulado "Hamlet. El aburrido" y bajo el que las iniciales G. B. indican quién es el autor, es idéntico a otro que figura en una hoja con diferentes apuntes de Valeriano y que fue vendido en 2018 por la casa de subastas Subarna, de Barcelona. Firmado por el pintor en 1852, en la misma época en la que el Libro de cuentas se colmaba de escritos e imágenes, este dibujo demuestra que la interrelación creativa de los hermanos Bécquer no se limitó a los comentarios y descripciones que años después Gustavo haría de las obras de Valeriano en sus artículos periodísticos.
Su imaginación plástica se convierte en ingrediente indisociable de su percepción poética y nos permite visualizar lo que escribe, salvando las limitaciones del lenguaje
Aquelarre. Dibujo a lápiz sobre papel, 22 X 30 cm. Fuente: Sala Retiro.