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Editorial

Oro y sal

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En Andalucía hay oro; hay plata; hay inmensas reservas de cobre; hay uranio; yeso; el mármol almeriense. De las costas andaluzas sale la mitad de la producción nacional de sal, que unas veces consumimos en la cocina y otras en las carreteras heladas. Tal vez nuestros productores debieran empaquetar la sal que llega a los fogones en bolsitas estampadas con fotografías tomadas en origen, para que los anónimos consumidores sepan de dónde proviene. Probablemente haya muchos que no se imaginan lo que les espera en las salinas andaluzas. Pasear por ellas al atardecer deja mudo al visitante. El agua quieta, las aves, las montañas de sal. En Sanlúcar de Barrameda hay un rincón que se vuelve mágico cuando el Sol se retira: las salinas. Carmen Laffón las pintó incansablemente. La sal es un mineral. El oro, también. Unos le dan más valor al preciado metal, lo tienen; pero no deberíamos olvidarnos de la sal. La sal es antigua. Con ella los romanos hacían sus salazones en Baelo Claudia. De sal están hechos nuestros marineros. A sal saben las lágrimas. Y con sal convertimos en inmortal nuestra gastronomía. Abunda en Andalucía. Igual que otras muchas cosas. Luego la pregunta es: ¿somos ricos?

En febrero de 1819, en plena Francia de la Restauración, cuando muchos intentaban olvidar la Revolución, Benjamin Constant pronunció una conferencia que aún resuena entre nosotros. Por aquellas fechas estaban muy recientes los sucesos revolucionarios. Eran los años en los que Joseph de Maistre ensalzaba las virtudes del verdugo o en los que Barruel pontificaba sobre los errores del jacobinismo. La Ilustración estaba desacreditada. Y, sin embargo, en aquellos difíciles días, en los que se intentaba recuperar los corsés del Antiguo Régimen, este francés, amante de Madame de Stäel, tomó la palabra en defensa de un principio en nombre del cual muchos cometieron terribles desmanes: la Libertad.

«Somos los modernos. Queremos disfrutar, cada uno de nosotros, de nuestros derechos. Queremos desarrollar nuestras facultades como mejor nos parezca, sin dañar a los demás. La libertad individual es la verdadera libertad moderna. Y la libertad política es su garantía. Por lo tanto, dicha libertad política resulta indispensable. No hay que debilitar las garantías, sino extender su goce». O dicho de otra forma: protegiendo los derechos individuales, impidiendo el aplastamiento de las mayorías surgirían las oportunidades, el tiempo libre, la iniciativa individual. Protegiendo la libertad individual, que es política, nos explica Constant, surge todo lo que nos hace progresar. El comercio es su hijo más aventajado. Lo dice Constant: «El comercio no es más que el tributo que el aspirante a la posesión rinde a la fuerza del poseedor. Es un intento de obtener de común acuerdo aquello que no se espera ya conquistar mediante la violencia». El comercio; la llegada de forasteros; los intercambios; las transacciones; el Monte Testaccio en Roma, con 50 millones de toneladas de ánforas, el 80% procedentes de la Bética; la Sevilla y el Cádiz de la Carrera de Indias, la Málaga de los Larios, la Andalucía de hoy abierta al mundo. El comercio, como el foráneo que llega, son riqueza. Y todo se basa en lo que nos explicó Constant: proteger la libertad política. Andalucía es tierra de libertad.

Ésa es la fórmula. Constant tenía razón. La prueba es la Andalucía de ayer y hoy. Cuando no ha habido freno al emprendimiento esta tierra ha sido el Epicentro del Mundo. Y la prueba es este dosier. El profesor Mark Hunt, andaluz, lidera un dosier que les hará sentirse orgullosos. Un retrato, desde la prehistoria a nuestros días, de lo que fue esta tierra y de lo que es. En palabras del último articulista del dosier, Iván Carrasco, Andalucía tiene un brillante presente y un prometedor futuro. Y no por el oro, sino por la Sal.

JOSÉ ANTONIO PAREJO FERNÁNDEZ
DIRECTOR DE ANDALUCÍA EN LA HISTORIA
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