Columnas
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Sierra de Segura, Jaén, 16 de mayo de 1740

Bosques ultramarinos por el Guadalquivir

EVA DÍAZ-PÉREZ
PERIODISTA Y ESCRITORA

En el siglo XVIII los árboles de la Sierra de Segura sirvieron para construir los barcos de la Armada Real que eran transportados por el Guadalquivir. Las pinadas navegaban en una odisea fluvial desde Jaén a Sevilla donde se almacenaban antes de alcanzar el destino final en el arsenal de Cádiz.

Amanece en los bosques de la Sierra de Segura. Apenas se oye más que el murmullo de los pájaros y el viento sobre las hojas. Hay un silencio tan profundo que casi podríamos oír la savia subiendo por el tronco de los árboles y las raíces que horadan el corazón de la tierra. Unos hombres se acercan al lugar en el que crecen los ejemplares más altos. Ya han supervisado los pinos salgareños, que son los de más calidad, incluso más que los de Flandesy, y también los pinos resineros y los donceles, que llaman piñoneros o albares. Son los más característicos de este paisaje mediterráneo, aunque también hay robles, encinas, fresnos, nogales, álamos blancos y negros. Uno de los hombres observa la gran altura de uno de los pinos que alcanza las cuarenta varas. Es un ingeniero naval que adivina la pieza del barco que se esconde en el tronco, porque esta es la historia de un árbol que se convierte en barco. A su lado, un contramaestre se acerca a la madera para oír la historia que le cuenta ese pino doncel: cómo soportó fuertes vientos, un mar de lluvia que cayó el otoño pasado y demasiados veranos de soles despiadados. También descubre la huella que la umbría dejó en las largas tardes del invierno. El contramaestre hace una señal con un hacha marcando el destino ultramarino de ese árbol. Un árbol que será cortado y que navegará por el Guadalquivir hasta llegar al mar y allí se convertirá en galeón, navío o goleta. Luego servirá en batallas que se contarán en crónicas históricas. Y, tal vez, quede herido por un cañonazo enemigo y se hunda para siempre en un silencioso bosque submarino.

Guadalquivir en 1778 por Francisco Antonio Pizarro.

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