Hasta hace pocos años, el estudio de un yacimiento o yacimientos arqueológicos se reducía al análisis de los distintos materiales recuperados en el proceso de la excavación (cerámica, metal, piedra, etc.), mientras que los restos de plantas, fauna y sedimentos, entre otros, eran ignorados. Actualmente se considera importante insertar a los distintos yacimientos arqueológicos en su contexto paisajístico, observando los procesos geomorfológicos y biológicos que se produjeron en y en torno a ellos. El medio ambiente es una variable que cambia a lo largo del tiempo y del espacio. Y, aunque esta afirmación parece obvia, no ha sido tenida en cuenta en el análisis de las sociedades prehistóricas hasta fechas muy recientes.
El conocimiento del medioambiente en el que se desenvolvieron las distintas sociedades humanas en el pasado es abordado desde múltiples disciplinas científicas y naturalistas. Todas estas disciplinas tienen varias escalas de estudio que van desde la planetaria, en la que se intenta establecer una serie climática mundial (fases glaciares, interglaciares, etc.), a la que estudia el microentorno del yacimiento. Los restos botánicos recuperados en las excavaciones arqueológicas, tradicionalmente, se dividen por una parte en microrrestos (polen y esporas, cutículas, fitolitos y diatomeas) y macrorrestos (semillas, frutos, carbón-madera, y hojas).
EL OLIVO Y LA ARQUEOBOTÁNICA. El origen del olivo cultivado no está muy claro, pues si bien se acepta que la domesticación del olivo comenzó en el Cercano Oriente hace aproximadamente 6.000 años, aún sigue siendo un tema de debate. Con importantes preguntas como: ¿cuándo y dónde se domestico el olivo? ¿Cómo se dispersó? ¿Hubo mezcla entre variedades cultivadas y domésticas? ¿Hubo un solo evento de domesticación o han sido varios?
La variedad silvestre del olivo, el acebuche (Olea europea subs. europaeae. var. sylvestris), es el ancestro del olivo cultivado (Olea europea subs europaeae. var. europea). El acebuche es una planta característica y destacada de la vegetación mediterránea actual. La aparición de macrorrestos (carbón y semillas) y microrrestos (pólenes) en las excavaciones arqueológicas es un indicador de su presencia, así como de su utilización por parte del hombre en los distintos períodos culturales.
En Andalucía, la aparición de carbones del género Olea en yacimientos del Paleolítico Medio como Gorham’s Cave en Gibraltar o el Boquete de Zafarraya (Granada) nos indican que fue una zona refugio de esta especie. A partir del Holoceno su presencia se hace constante en multitud de yacimientos arqueológicos, como Cueva de Nerja (Málaga), Montefrío (Granada), Cueva de los Murciélagos de Zuheros (Córdoba) y muchos más de distintas cronologías. Dada la importancia cultural y económica y el interés arqueológico del cultivo del olivo en el ámbito mediterráneo, especialmente en Andalucía y más concretamente en la provincia de Jaén, desde el Laboratorio de Paleoambiente del Instituto de Arqueología Ibérica de la Universidad de Jaén hemos abordado el tema desde varias perspectivas.
Si hay un árbol con mayor simbología desde la Antigüedad y en todas las religiones es el olivo. Desde hace muchísimos años, al olivo y a su fruto, la aceituna, así como al aceite, se le han atribuido una gran cantidad de significados debido a todas las características y cualidades que posee este árbol. Si a nivel arqueológico, en las últimas décadas se ha dado un gran salto en el conocimiento de las estructuras asociadas a la implantación del olivar, como son las almazaras tanto de época romana como andalusí, no son, sin embargo, tan conocidos los estudios arqueobotánicos que tratan los restos de la planta. Entre estos vestigiuos, susceptibles de ser estudiados de manera científica, tenemos que citar los pólenes, los carbones y restos de madera y los huesos de aceituna que encontramos en los yacimientos arqueológicos.
Ejemplos de imágenes enmascaradas en blanco y negro de los huesos de aceituna de las distintas variedades actuales.