Antes de sumergirnos en la historia de la evolución del paisaje del Bajo Guadalquivir, es importante entender qué tipo de materiales usamos los arqueólogos para estudiar el medio ambiente del pasado. Como bien dice Eloísa Bernáldez, los yacimientos arqueológicos actúan como ‘cajas negras’ que conservan información valiosa sobre cómo era el mundo natural en el que vivían las primeras comunidades humanas. Aunque muchos de los restos vegetales y animales que podríamos estudiar son frágiles y se desintegran fácilmente con el paso del tiempo, aún es posible encontrar vestigios, como carbones, semillas, polen o incluso diminutas partículas, que revelan qué plantas y animales habitaban la zona.
Los yacimientos arqueológicos son una fuente de información invaluable no solo para entender el pasado de nuestras culturas sino también el medio en el que vivían. Entre el repertorio de objetos arqueológicos, también hallamos evidencias de la comunidad vegetal y animal. Sin embargo, estos restos son muy frágiles y no todo se conserva hasta nuestros días. Para explicar mejor esta fragilidad, pensemos en una reflexión común: seguro que todos ustedes han tenido la oportunidad de participar en una barbacoa o han hecho una fogata utilizando ramas y troncos recolectados en el entorno. Si analizamos lo que queda de la madera tras la quema, comprobaremos que la materia vegetal casi ha desaparecido, dejando solo cenizas y pequeños carbones. Ahora bien, ¿con esos restos se puede saber qué vegetales se han utilizado? Evidentemente la situación se ha complicado, el material se ha deteriorado o destruido y no se ha conservado ni una hoja, ni una rama, ni una semilla reconocible. Pero aún hay más, porque a esto debemos añadirle cientos o incluso miles de años de enterramiento, con los consecuentes cambios en la humedad, temperatura y reacciones químicas del sustrato, procesos que afectan aún más a la conservación de los materiales. Desde que los humanos recolectan o cortan la madera hasta que los arqueólogos y paleobiólogos la estudian, se pierde mucha información y material, lo que hace que el hallazgo de estos restos en los yacimientos arqueológicos sea algo excepcional. Esta ‘caja negra’ guarda información valiosa que los especialistas pueden interpretar, como es el caso del estudio de los carbones, semillas, partículas de polen e incluso pequeñas partículas de sílice o calcio características de distintas especies vegetales, los llamados fitolitos.
Lo mismo ocurre con la fauna. En este caso, los restos de huesos y conchas son los mejor conservados. A primera vista, podría parecer que los vestigios vegetales son más frágiles que los huesos y conchas. Aunque un hueso es duro (intenten cortar un hueso del jamón en casa, verán lo resistente que es), también es un material frágil, más aún cuando pertenece a especies de pequeño tamaño. Además del proceso de fosilización, los huesos y las conchas pueden haber sido utilizados en otras actividades, como fabricar objetos, promover la combustión o alimentar a otros animales.
Para ilustrar mejor esto, les contaré una experiencia que viví. Cerca de mi casa hay un mastín de buen tamaño al que los dueños a veces le dan huesos de jamón. El perro invierte semanas en obtener alimento de esos huesos para luego ser roídos por otros perros, como mi pequeño yorkshire, hasta que finalmente quedan abandonados. A lo largo de este proceso, los huesos conservan aún su forma, aunque presentan marcas de dientes y disoluciones producidas por la saliva.