Bajo la rotunda e historiada tipografía aparece una ilustración. Se encuentra en la cubierta de la edición impresa del ‘Proyecto de canalización y aprovechamiento de energía del Guadalquivir entre Córdoba y Sevilla’, firmado por el ingeniero de caminos Carlos Mendoza. La ilustración de la cubierta de la obra, que se trata de un resumen del proyecto presentado por Mendoza al ministro de Fomento en marzo de 1919, está cargada de simbolismo: orlados por dos cornucopias, aparecen escudos festoneados relativos a las ciudades de Córdoba y Sevilla que se bañan en aguas calmas contenidas por la piedra de un recio muro. Contener las aguas del Guadalquivir entre Córdoba y Sevilla, ‘domar’ al río, para alcanzar la prosperidad de la región. Tal era el objetivo idílico que se proponía el inquieto y emprendedor ingeniero madrileño.
Lo que no podía imaginar Carlos Mendoza es que dos mil años antes de la elaboración de su proyecto los miembros del senado de la ciudad romana de Ilipa, que se asentó bajo el suelo de la actual Alcalá del Río, hubiesen elegido como símbolo para representar a su ciudad un elemento similar: cuatro cornucopias enlazadas que presidían el suelo del edificio de la curia y que simbolizaban la riqueza y la prosperidad obtenida gracias a la navegación del río grande de Andalucía. Una elemental coincidencia.
Porque sería allí, en Alcalá del Río, localidad situada a unos 15 kilómetros aguas arriba de Sevilla, donde se darían los primeros pasos de un proyecto con el que un ingeniero audaz y enérgico pretendía la modernización industrial de Andalucía por medio de la energía hidroeléctrica y, de camino, culminar un anhelo tan demandado como había sido la navegación entre Córdoba y Sevilla por las aguas del río Guadalquivir.
Carlos Mendoza, junto a sus socios Antonio González Echarte y Alfredo Moreno, habían puesto en marcha a principios del siglo XX la empresa de ingeniería Mengemor, nombre formado por el acróstico de las primeras sílabas de los apellidos de sus fundadores, que desde sus orígenes se decantaron hacia el negocio de la generación de energía eléctrica a través de instalaciones hidráulicas. Pronto fijaron sus miras en Andalucía, primero en las provincias de Almería y Jaén; seguidamente, en las de Córdoba y Sevilla. Así fueron posicionándose en el mercado eléctrico como una de las tres compañías matrices del sector eléctrico en Andalucía junto a Sevillana y Chorro, como dejó recogido en sus estudios el profesor Antonio Miguel Bernal.
El aumento del consumo eléctrico en las primeras décadas del siglo XX llevó a las compañías a impulsar la generación de energía, siendo la de origen hidráulico la más rentable en ese momento. De ahí que Mengemor, bajo la dirección de Mendoza, guiada por esta necesidad, buscase nuevos emplazamientos para sus instalaciones de generación. De las primeras ubicadas en afluentes del Guadalquivir en la zona de cabecera, buscó nuevas ubicaciones en el cauce principal del río, como la de Mengíbar (Jaén) o El Carpio (Córdoba).
UN MOMENTO CLAVE. El siguiente paso lógico en este proceso era continuar avanzando en el cauce del río hasta llegar a la zona de cuenca de captación más amplia, hacia las campiñas cordobesas y sevillanas, donde el Guadalquivir se convierte en un río fiero e impredecible en relación con sus crecidas, pero cuyo gran potencial energético no dejó de ser visualizado por el perspicaz Mendoza.