La segunda también acontece en un instituto; pero treinta años atrás. Un buen día, la jovencita escuchó que las letras eran inferiores a las ciencias. Aprobó primero de BUP, segundo, con magníficas calificaciones. Cuando llegó la hora de elegir itinerario, se decantó, más bien se vio obligada a elegir ciencias. Se arrepentirá toda su vida. Muchos años después, aquella niña, convertida en una mujer que analiza su pasado con altura intelectual, se hizo estas preguntas en un artículo publicado en un prestigioso diario andaluz: «¿Acertaste al elegir tus estudios? ¿Cómo habría sido la historia que podríamos o deberíamos haber vivido si las circunstancias, elecciones, creencias o consejos hubieran sido diferentes? ¿Y si nos hubiéramos atrevido a conocernos mejor? ¿Cuántos sueños has cumplido? ¿Has vivido viviendo?». Y la tercera experiencia. Por aquellos mismos años, 1992, otro adolescente (al que esa niña conocía desde siempre) se vio abocado a la misma elección y por idéntico motivo: sería una lástima —le dijeron— que eligieses letras. Sucumbió a la presión. Al año siguiente, estando en tercero, comprobó su error: le encantaba el latín. Pero hubo una diferencia con respecto al caso de su amiga: aquel niño contó, en el momento justo, con el consejo de una madre que le animó a elegir lo que verdaderamente quería. Hoy disfruta de lo que hace, añora la pérdida del latín y da gracias por haber tenido a la persona adecuada en el momento adecuado.
¿Cuántos niños experimentaron y siguen experimentando esta situación? ¿Cuántos resistieron y cuántos se arrepienten? ¿Cuántos tuvieron el apoyo necesario y cuántos no? Cuenta Cécile Ladjali en el prefacio de un librito hablado con George Steiner, titulado Elogio de la transmisión, esto: «No hay duda de que cualquier mente en periodo de formación sucumbe al mimetismo con enorme facilidad. Basta observar las miradas de los alumnos cuando un profesor se vuelca en una clase magistral: es una forma de enseñanza que les resulta fascinante. Cuanto más sofisticado sea el discurso, más atentos escucharán ellos». Tiene razón: todos recordamos a Alfonso Lazo en sus clases. Un poco más adelante, Cécile prosigue así: «La responsabilidad del profesor es enorme, porque el alumno se fija, de forma precisa, en el tono mantenido y en el punto de vista innovador». Steiner fue un virtuoso de la docencia. O, dicho de otra forma, en las aulas de nuestros institutos hay que abrir las puertas de par en par al conocimiento con mayúsculas. Porque de la misma manera que los alumnos admiran a sus profesores, también recordarán siempre a los que traicionaron la profesión más bonita que la Humanidad ha inventado: el magisterio.
El dosier que ustedes tienen entre sus manos va en la dirección adecuada. Nos muestra los nuevos tiempos. En las páginas siguientes les esperan los resultados que se producen cuando las distintas disciplinas cooperan sin más ánimo que avanzar. Es la prueba de que esa brecha (que nunca debió abrirse) se está cerrando. Está coordinado por una investigadora de primer nivel, andaluza, que no ha cejado jamás de animar al reencuentro de las Ciencias y las Humanidades. Andalucía, gracias, entre otras, a investigadoras como la Dra. Bernáldez, es hoy una tierra de vanguardia en este asunto tan importante como el fin de una separación que ya duraba demasiado. Rompamos ese hilo invisible.