Las 'Ciencias del Pasado', es decir, las Ciencias Experimentales aplicadas a la Historia, tienen el objetivo de reconstruir algunos períodos del pasado natural y entre esos episodios están los vividos por los humanos. Es evidente la gran longitud temporal que abarca esta ciencia paleontológica (desde que existe vida), de la que el Laboratorio de Paleobiología del Instituto Andaluz del Patrimonio Histórico (IAPH) acota su intervención en los últimos 8.000 años del Holoceno (últimos 11,700 años). En este período son los humanos los protagonistas de muchos de los grandes cambios de la Tierra producidos por los descubrimientos e inventos que han hecho posible la existencia de más de 8.000 millones de personas, sin contar con los ya desaparecidos. La agricultura, la ganaderia, la pesca y el resto de las actividades antrópicas que practica la Humanidad desde hace miles de años han favorecido nuestra expansión espacial y numérica, aunque no siempre esto ha ido a favor del resto de los componentes de la naturaleza.
La Paleobiología no sólo se centra en este período del Holoceno, que está tan conectado a nuestra realidad, donde hallamos las mismas especies que siguen siendo fundamentales para nuestra supervivencia. En realidad, su alcance es mucho mayor. En el período donde es perceptible la actividad de los humanos, el Cuaternario que comprende los últimos 2,56 millones de años, se observa nuestra evolución desde el humano recolector, carroñero, cazador y domesticador, y también la que han experimentado los ecosistemas que habitamos, con especies ya extinguidas por causas climatológicas y antrópicas, sin dejar de lado que todo tiene fecha de caducidad.
El hallazgo de materiales orgánicos en los yacimientos arqueológicos del Holoceno es, sin embargo, el objetivo de estudio de nuestro laboratorio del Instituto Andaluz del Patrimonio Histórico porque para reconstruir la vida de una población, de una cultura y del medio en el que sobrevivieron necesitamos conocer los recursos de los que se valieron nuestros antepasados, y esto es una demanda que los arqueólogos y los historiadores nos hacen a los paleobiólogos (paleozoólogos, paleobotánicos y paleoecólogos).
Muchos de los huesos, conchas, tejidos, semillas, carbones, pólenes, fitolitos (réplica de células vegetales cristalizadas cuyas formas determinan las especies de hierba, arbusto y árbol) y otros elementos químicos procedentes de los animales y vegetales de otros tiempos, perduran en el tiempo y la Biología, la Química, la Física y hasta las propias Matemáticas llevan décadas aportando información que van cubriendo los huecos de ese rompecabezas que es nuestro pasado. Cuando finalizamos la determinación de miles de fragmentos de huesos o granos de polen, lo que aportamos es una lista de animales y vegetales que no llaman aparentemente la atención. Hablar de vacas, conejos o cerdos, de olivos, pinos o jaras no es nada que no conozcamos; pero lo importante es el hecho de que siguen formando parte de nuestro territorio y de nuestro tiempo; mientras los ya desaparecidos mamuts, bisontes u osos de las cavernas estimulan más nuestra imaginación. Pues a pesar de la supuesta simplicidad de esas vacas, cerdos y olivos, lo interesante del Holoceno es que con él y con estas especies comenzó lo que hoy somos, "domadores domados del medio".
En este artículo quiero explicar cómo la Paleobiología, junto a otras disciplinas científicas, contribuyen al conocimiento de la vida cotidiana de nuestros antepasados. Para ello aportaré algunos ejemplos de los resultados obtenidos recientemente en yacimientos arqueológicos emblemáticos de Andalucía, en los que hemos utilizado los métodos y las técnicas científicas experimentales. Como dijo Karl Marx: "La Historia siempre ocurre dos veces..."; en nuestro caso, diríamos que una fue la que ocurrió y la otra la que intentamos reconstruir con las máximas garantías científicas. Pues a pesar de que la Paleobiología satisface, en parte, la necesidad del arqueólogo que requiere más información, ésta no implica ni un mayor conocimiento ni éste adquirir más sabiduría (cuyo significado es "saber ser"), como explica Jorge de los Santos en un artículo de divulgación científica. Para alcanzar al menos ese conocimiento, los científicos y los humanistas debemos trabajar conjuntamente de manera que lleguemos a esa sabiduría que hace una historia más fiable; sin dejar de lado que los paleobiólogos tenemos nuestra propia meta: reconstruir, a través de los animales y vegetales, otros mundos de otros tiempos cuyos vestigios hayan sobrevivido y que van a ayudar a entender éste que vivimos.