El avance investigador en los estudios de género nos permite tener cada vez más claro que las mujeres decididas a ejercer como artistas de pleno derecho no se doblegaron ante cuantos obstáculos, injusticias, trabas, presiones, humillaciones o 'trampas' legales les fueron interpuestas por el sistema y el patriarcado, aunque de cara a la galería pudiera parecer lo contrario. Fueron ninguneadas, anuladas, relegadas o condenadas a la invisibilidad y al olvido; pero, en efecto, nunca cambiaron su pensamiento ni se dejaron apartar de lo que ellas quisieron ser. Una mirada a los talleres andaluces nos ayudará a entender mejor su posición.
"Las mujeres gozan de la ventaja de ser dueñas de sus propios deseos. Ni con palizas ni con injurias se os puede cambiar el corazón". Estas palabras, escritas por Guillaume de Lorris y Jean de Meun entre 1225-1278, forman parte del Roman de la Rose y condensan siglos de sórdida misoginia. Sin embargo, adquieren un particular sentido simbólico cuando hablamos de las mujeres y los talleres artísticos en el ámbito europeo, español y, por supuesto, andaluz.
NADANDO ENTRE LAS SOMBRAS MEDIEVALES. Cuando Christine de Pizan respondió en 1405 al despiadado ataque del Roman de la Rose inicia la Querelle des Femmes o "querella de las mujeres", se abrió un debate académico y literario que, durante siglos, no dejó de reivindicar y defender la valía intelectual, profesional y política de las mujeres. Desde posiciones netamente feministas, la escritora evocó el papel de numerosas heroínas y mujeres célebres en varios campos a lo largo de la Historia, lanzando un aviso a navegantes que a nadie deja indiferente: "¿Cómo se van a entender las vidas de las mujeres, si todos los libros los escriben los hombres?".
Con esta reacción las mujeres tomaban por primera vez la palabra y la iniciativa en el espacio público, exigiendo el legítimo reconocimiento social a unas capacidades que nada tienen que ver con la naturaleza y todo con las cualidades o aptitudes de la persona. Obviamente, todavía quedaba (queda) mucho camino por recorrer, pero se abría la puerta a un proceso (aún no concluido) de sucesivas conquistas. El factor clave sería la educación, entendida como vehículo de progreso y cultura para el ser humano que contribuyó a incrementar decisivamente la autoestima y autoconciencia de las mujeres; algo fundamental para las artistas.
Muy lentamente, las mujeres fueron el ariete que impulsó la evolución del sistema educativo en general y de las enseñanzas artísticas en particular. La brecha fue abierta en el Medievo por aquellas que obtuvieron una formación intelectual bien por pertenecer a las élites aristocráticas o concentrarse en las clausuras conventuales. Desde esa cúspide de la pirámide social, la formación fue calando gradualmente entre las mujeres de las clases medias, al comenzar a cuestionar con su actitud la mirada paternalista instaurada por el patriarcado. Ante la ley humana y divina se las convertía en seres débiles, en segundo plano, destinadas a un irrenunciable objetivo: casarse, crear un hogar y gestar una prole a la que cuidar. Sus compañeras de los estratos más humildes tardarían bastante más en romper con ese modelo de aislamiento, conformismo y sumisión. Ese momento llegaría bien entrado el siglo XX, conforme el analfabetismo femenino iba erradicándose al expandirse los centros escolares para niñas y adolescentes desde finales del XIX.